jueves, 14 de mayo de 2026

UN NUEVO ARCOIRIS

 


UN NUEVO ARCOIRIS


En una recóndita aldea de Nueva Maryland, en el seno de una familia humilde, Blackie, un gatito recién nacido de una gran camada es adoptado. El único benjamín de un matrimonio llamado Tommy sale a la calle para brincar por unas vastas praderas que dejan irradiar rayos de luz de colores sicodélicos, que se funden en sus tonalidades singulares. El niño sueña algún día con tener un arca de animales en el que pueda rescatar todas las múltiples clases existentes en aquella tierra prometida. Sus padres, algo sobreprotectores, son alfareros y la mayoría de sus días fabrican más de veinte barreños, cuencos y jarrones con un lodo muy adherente. Tienen fama de ser honrados, diestros y competentes con los recipientes asimétricos que crean, variados en sus proporciones. Tommy prefiere desnudar su alma deslizándose a través de unas llanuras donde roedores, reptiles, felinos salvajes y simios desvergonzados desfilan tranquilamente con paso intrépido mientras le saludan.

Dory, una ardilla trepidante se acerca a Tommy royendo una piña exageradamente gigantesca y le dice:

 –¿Por qué siempre nos visitas a la misma hora?

A pleno sol del mediodía, los animalitos saltarines, desmadrados, alborotados y con ánimo de romper con las reglas de un tiempo condicionado por las horas concurren para darse un festín.

En aquellos caminos siempre encuentran frutos, raíces, bellotas e insectos apenas perceptibles por el ojo humano que pueden ser capturados al azar. Tommy, con un semblante dubitativo y pegando el dedo pulgar a su mentón, le responde:

 –Me gustaría pertenecer a vuestro club. Sois juguetones, simpáticos, espontáneos e ingeniosos. ¿Qué más podría pedir?

–Es tu percepción. De hecho, solamente nos dedicamos a gozar del ocio que nos ofrece esta frondosa vegetación. Pero sí es cierto que nos sentimos renovados y felices.

Y sin pensarlo, desaparece trotando como si se desvaneciera a través del camino estrecho en la lejanía, hacia el infinito. Tommy regresa a casa rememorando la respuesta de la jovial ardilla. Con nueve años no comprende que los animales, todos conviviendo en comunidad como seres de naturaleza gregaria, puedan ser tan remolones. Parecen aterciopelados, como hechos de un material sintético, pero en realidad son de carne y hueso. Tienen sentimientos transparentes que relucen y dejan entrever su delirio más afanoso por las acrobacias y ejercicios físicos, en el que la liviandad y la supresión de obligaciones cotidianas residen en el reino que ocupan.

 Por un instante casi mágico, Tommy es acechado por una idea prodigiosa que decide revelar a sus padres. Quiere construir una casa de madera maciza colgada por un soporte plano al nivel de la copa de un tulipanero. La idea que persiste y se vuelve recurrente en su mente es incrementar el núcleo familiar con un felino. Él conoce un camuflado lugar, cerca de una madriguera, en la que una gata está criando a cuatro retoños. Los padres, sorprendidos por la idea, no parecen reacios frente a su petición, pero la madre más ocurrente, con una reacción improvisada, le pregunta:

–¿Y cómo lo protegerás del mundo hostil que nos sobrecoge e invade?

 Y Tommy contesta sin dudar:

–Le construiré una casita para que esté protegido de los salvajes carnívoros que merodean al acecho para capturar presas con facilidad.

 –Pero hablas de una ilusión porque cuando crezca, ¿cómo impedirás que se enfrente a los peligros más evidentes?

–Será inevitable que el gatito, al madurar, quiera explorar por su cuenta el respetable territorio en que vivimos –reta su padre.

 –No os preocupéis tanto. Yo sabré como encauzarlo por el buen camino sin que nada ni nadie perturbe ni arriesgue su seguridad más preciada.

Muchas palabras emergen mientras Tommy reflexiona con testarudez cómo acercarse al paradero escondido donde la gata amamanta cuatro crías entrañables. Él sabe que no debe acercarse demasiado, pues un ruido estrepitoso estorbaría la responsabilidad de la gata madre frente a la protección de sus pequeños. Por otra parte, debe conseguir una estrategia para poder penetrar en el perforado lugar y agarrar el gatito para acogerlo en su casa. Pero el resto de los animales del frondoso paraje, siempre vigilantes para agredir blancos fáciles, pueden conllevarle problemas.

Destellos de luz presumen radiantemente atravesando la ventana más próxima al cobertizo. La madre de Tommy parece leer sus pensamientos ya que lo interrumpe:

 –¿De verdad quieres velar por el bienestar de un mamífero que ya tiene una familia y todas las necesidades de subsistencia cubiertas?

 En aquel momento Tommy queda algo desconcertado. Reconoce el razonamiento de su madre como lúcido y elocuente. Su corazón, sin embargo, lo atiza sin cesar, ya que lo impele sin reservas ni retrospección alguna a realizar este acto, para él, benevolente bajo cualquier circunstancia.

Aquella mañana resplandeciente y fulgurante gracias a un sol que arde como la fuerza de un volcán en erupción Tommy, antes de levantarse, se despereza. Mira por la ventana y escucha como las aves exóticas pian sin cesar, con una melodía que retumba, pero, a la vez, complace los oídos.

Tommy, algo adormilado todavía, ve el horizonte con algunas líneas nebulosas que interceptan la claridad absoluta de un cielo azulado y se pregunta si es el momento oportuno para vestirse y salir en dirección a la madriguera. Él, desde el caserío, puede percatarse del sendero que conduce hacia la diminuta cueva. Seguramente, la madre gata se ha marchado de caza provisionalmente y ha dejado a las criaturas dormitar con placidez. De hecho, el niño en varias ocasiones controla las ausencias y el acceso al lugar de crianza recurriendo a unos prismáticos. Este gran invento le permite focalizar el ángulo suficiente para asegurarse de la permanencia de la gata durante el periodo de lactancia. Sin vacilar ni un segundo más, baja las escaleras de caracol que conectan con la sala principal de un comedor, con muebles de madera de roble y unos sofás que circundan la mesa, totalmente acolchados con un tapiz grisáceo, que le dan un toque de refinamiento irrefrenable. Con un par de tostaditas de mermelada en la mano, Tommy se apresura antes de que la gata regrese con algún cuerpo inerte para nutrir provechosamente a los recién nacidos. Los padres están recolocando troncos de leña que, apilados, forman una torre rectangular en el rincón más discreto del jardín. Tommy les saluda y les cuenta su hazaña. La madre le advierte que sea precavido, pero le anima, en cambio, a proseguir en su intento de acogida de un gatito porque considera que, para su hijo, una mascota que pueda compartir su mismo lecho tendrá un efecto reconfortante... 

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