UN NUEVO ARCOIRIS
En una
recóndita aldea de Nueva Maryland, en el seno de una familia humilde, Blackie,
un gatito recién nacido de una gran camada es adoptado. El único benjamín de un
matrimonio llamado Tommy sale a la calle para brincar por unas vastas praderas
que dejan irradiar rayos de luz de colores sicodélicos, que se funden en sus
tonalidades singulares. El niño sueña algún día con tener un arca de animales
en el que pueda rescatar todas las múltiples clases existentes en aquella
tierra prometida. Sus padres, algo sobreprotectores, son alfareros y la mayoría
de sus días fabrican más de veinte barreños, cuencos y jarrones con un lodo muy
adherente. Tienen fama de ser honrados, diestros y competentes con los
recipientes asimétricos que crean, variados en sus proporciones. Tommy prefiere
desnudar su alma deslizándose a través de unas llanuras donde roedores,
reptiles, felinos salvajes y simios desvergonzados desfilan tranquilamente con
paso intrépido mientras le saludan.
Dory, una
ardilla trepidante se acerca a Tommy royendo una piña exageradamente gigantesca
y le dice:
–¿Por qué siempre nos visitas a la misma hora?
A pleno sol
del mediodía, los animalitos saltarines, desmadrados, alborotados y con ánimo
de romper con las reglas de un tiempo condicionado por las horas concurren para
darse un festín.
En aquellos
caminos siempre encuentran frutos, raíces, bellotas e insectos apenas
perceptibles por el ojo humano que pueden ser capturados al azar. Tommy, con un
semblante dubitativo y pegando el dedo pulgar a su mentón, le responde:
–Me gustaría pertenecer a vuestro club. Sois
juguetones, simpáticos, espontáneos e ingeniosos. ¿Qué más podría pedir?
–Es tu
percepción. De hecho, solamente nos dedicamos a gozar del ocio que nos ofrece
esta frondosa vegetación. Pero sí es cierto que nos sentimos renovados y
felices.
Y sin
pensarlo, desaparece trotando como si se desvaneciera a través del camino
estrecho en la lejanía, hacia el infinito. Tommy regresa a casa rememorando la
respuesta de la jovial ardilla. Con nueve años no comprende que los animales,
todos conviviendo en comunidad como seres de naturaleza gregaria, puedan ser
tan remolones. Parecen aterciopelados, como hechos de un material sintético,
pero en realidad son de carne y hueso. Tienen sentimientos transparentes que
relucen y dejan entrever su delirio más afanoso por las acrobacias y ejercicios
físicos, en el que la liviandad y la supresión de obligaciones cotidianas
residen en el reino que ocupan.
Por un instante casi mágico, Tommy es acechado
por una idea prodigiosa que decide revelar a sus padres. Quiere construir una
casa de madera maciza colgada por un soporte plano al nivel de la copa de un
tulipanero. La idea que persiste y se vuelve recurrente en su mente es
incrementar el núcleo familiar con un felino. Él conoce un camuflado lugar,
cerca de una madriguera, en la que una gata está criando a cuatro retoños. Los
padres, sorprendidos por la idea, no parecen reacios frente a su petición, pero
la madre más ocurrente, con una reacción improvisada, le pregunta:
–¿Y cómo lo
protegerás del mundo hostil que nos sobrecoge e invade?
Y Tommy contesta sin dudar:
–Le
construiré una casita para que esté protegido de los salvajes carnívoros que
merodean al acecho para capturar presas con facilidad.
–Pero hablas de una ilusión porque cuando
crezca, ¿cómo impedirás que se enfrente a los peligros más evidentes?
–Será
inevitable que el gatito, al madurar, quiera explorar por su cuenta el
respetable territorio en que vivimos –reta su padre.
–No os preocupéis tanto. Yo sabré como
encauzarlo por el buen camino sin que nada ni nadie perturbe ni arriesgue su
seguridad más preciada.
Muchas
palabras emergen mientras Tommy reflexiona con testarudez cómo acercarse al
paradero escondido donde la gata amamanta cuatro crías entrañables. Él sabe que
no debe acercarse demasiado, pues un ruido estrepitoso estorbaría la
responsabilidad de la gata madre frente a la protección de sus pequeños. Por
otra parte, debe conseguir una estrategia para poder penetrar en el perforado
lugar y agarrar el gatito para acogerlo en su casa. Pero el resto de los
animales del frondoso paraje, siempre vigilantes para agredir blancos fáciles,
pueden conllevarle problemas.
Destellos
de luz presumen radiantemente atravesando la ventana más próxima al cobertizo.
La madre de Tommy parece leer sus pensamientos ya que lo interrumpe:
–¿De verdad quieres velar por el bienestar de
un mamífero que ya tiene una familia y todas las necesidades de subsistencia
cubiertas?
En aquel momento Tommy queda algo
desconcertado. Reconoce el razonamiento de su madre como lúcido y elocuente. Su
corazón, sin embargo, lo atiza sin cesar, ya que lo impele sin reservas ni
retrospección alguna a realizar este acto, para él, benevolente bajo cualquier
circunstancia.
Aquella
mañana resplandeciente y fulgurante gracias a un sol que arde como la fuerza de
un volcán en erupción Tommy, antes de levantarse, se despereza. Mira por la
ventana y escucha como las aves exóticas pian sin cesar, con una melodía que
retumba, pero, a la vez, complace los oídos.
Tommy, algo adormilado todavía, ve el horizonte con algunas líneas nebulosas que interceptan la claridad absoluta de un cielo azulado y se pregunta si es el momento oportuno para vestirse y salir en dirección a la madriguera. Él, desde el caserío, puede percatarse del sendero que conduce hacia la diminuta cueva. Seguramente, la madre gata se ha marchado de caza provisionalmente y ha dejado a las criaturas dormitar con placidez. De hecho, el niño en varias ocasiones controla las ausencias y el acceso al lugar de crianza recurriendo a unos prismáticos. Este gran invento le permite focalizar el ángulo suficiente para asegurarse de la permanencia de la gata durante el periodo de lactancia. Sin vacilar ni un segundo más, baja las escaleras de caracol que conectan con la sala principal de un comedor, con muebles de madera de roble y unos sofás que circundan la mesa, totalmente acolchados con un tapiz grisáceo, que le dan un toque de refinamiento irrefrenable. Con un par de tostaditas de mermelada en la mano, Tommy se apresura antes de que la gata regrese con algún cuerpo inerte para nutrir provechosamente a los recién nacidos. Los padres están recolocando troncos de leña que, apilados, forman una torre rectangular en el rincón más discreto del jardín. Tommy les saluda y les cuenta su hazaña. La madre le advierte que sea precavido, pero le anima, en cambio, a proseguir en su intento de acogida de un gatito porque considera que, para su hijo, una mascota que pueda compartir su mismo lecho tendrá un efecto reconfortante...
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