UN RESCATE ENTUMECIDO
Tommy está
fascinado con el propósito de adueñarse de un cachorro de apenas días para
poder domesticarlo, educarlo y asistirlo sin condiciones.
Los claros
del firmamento empiezan a ensombrecerse por la súbita aparición de unos
nubarrones que, a simple vista, tienden a presagiar chubascos y
precipitaciones. El clima, en dicha población, es bastante variable e
inestable. A veces el amanecer se presenta con unos indicios de calidez y
estabilidad térmica, pero otras semanas las ocasiones de un calor bochornoso
perdurable a lo largo de la jornada sufren contrastes drásticos.
Sin
embargo, Tommy y su familia están totalmente familiarizados con estos fenómenos
ambientales siempre imprevisibles, siempre cambiantes. Tienen la casa
climatizada con calefacción centralizada en algunas partes además de un brasero
donde, a menudo, la leña quemada coopera con el mantenimiento de un hogar
confortable y resistible ante los desafíos de la naturaleza astronómica.
Aquella mañana, Tommy debe correr antes de que un torrente de lluvia comience a
apuntalar y el caudal de agua vaya en aumento.
Con mucha seguridad, los gatitos estarán aterrados por un sentimiento de fragilidad desbordante. El niño piensa que si la madre anticipa la caída de un chaparrón que pueda atentar la integridad de sus descendientes retornará a la guarida para observar sigilosamente la llegada de cualquier ser feroz que, con las ansias voraces, pueda secuestrar a los animalitos sin piedad para saciar el apetito, devorándolos con avidez. Será necesario agilizar la marcha hasta llegar al profundo escondite para extender la mano hacia el interior de la cavidad y agarrar con fuerza el gatito temeroso y desvalido. Tommy, a todo pulmón, sin regresar ni arrepentirse de este acto heroico, se acerca alentado a la entrada de un reciento irrisorio por su espacio interno y alarga el brazo, como si quisiera alcanzar un objeto volador para, así, sostener al gatito. Enseguida Tommy se da cuenta de que los animalitos tienen una mirada suspicaz, susceptible y bastante apocada. Con unos ojitos medio entornados por la menudez del cuerpo enfocan a Tommy como si quisieran lanzarle una señal de preaviso y desaprobación con respecto a su acercamiento arrollador. La madre no ha llegado todavía. Lo más probable es que no haya encontrado comida en abundancia para racionarla y garantizar a los pequeños un menú que pueda saciar sus estómagos hambrientos. Los pequeños están expectantes, agitados, movedizos. Se escurren para eludir una captura inmerecida. Tommy compara el pelaje de los cuatro y ve que es muy coincidente en cuanto al colorido. La combinación cromática es clásica: son blancos con manchas negras y el contorno de la espalda algo chispeada, con zonas amarronadas que les concede un aspecto atigrado y selvático, propio del condado en el que habitan. El momento de la verdad está a punto de acontecer. Tommy, con la palma de la mano, arrastra de las patitas delanteras al primer cachorro que, acurrucado, procura retraerse con más descaro. El niño tiene que ser muy veloz en el ejercicio de búsqueda y selección porque la madre no debe haberse alejado demasiado para poder captar mejor si sus adorables crías continúan a salvo. Con un arrebato muy brusco, Tommy lo arrastra hacia él al vuelo mientras el felino intenta defenderse balanceando sus patas en el intento de dejarle arañazos en la piel. Sin fortuna, el gatito no puede abalanzarse ni huir para evitar una divergencia. Sus hermanos, mientras tanto, parecen una manada de lobeznos en rebelión en la que, masivamente, marcando un compás rítmico, muestran con sus voces ahogadas por una edad prematura que uno de ellos va a ser separado del clan. Tommy mira hacia todas partes. Ni rastro de enemigos. Parece que la buenaventura de una mañana impredecible lo acompaña fielmente. La madre no habrá recibido el eco de los felinos famélicos que se encuentran sin amparo ni armas defensivas. Tommy abraza el retoño con mucha delicadeza y lo oprime hacia su pecho. Sus manos rodean el tronco de la presa como si de un bebé se tratase. Lo acuna, lo achucha con el objetivo de consolarlo mientras abandona como un fugitivo el rincón que ha pretendido ocupar durante unos escasos minutos. El gatito sigue intentando desprenderse de las extremidades que lo aprisionan con sonidos onomatopéyicos de angustia y desazón, aunque sabe que está acorazado y no dispone de refuerzos a su alcance para saltar al abismo o retroceder con la intención de reunirse nuevamente con su familia natal.
Tommy,
erguido y con un paso de firmeza inconfundible, atraviesa una zona cuyas
esquinas están pobladas de tilos prominentes por su grandiosidad. Mientras
sujeta el gatito y va especulando en su mente como será su bautizo simbólico y
qué nombre va a recibir, un mapache, con nariz algo respingona y complexión
regordeta, va danzando de rama en rama como si se recrease en los movimientos
tan bien ejecutados. Cuando puede ver, al fin, los andares de Tommy, tan apresurados,
de golpe se desprende del extremo de una ramilla en la que anclaba su brazo
izquierdo y procede a convertirse en un obstáculo que impide el avance de Tommy
hacia su casa. En ese preciso momento, el niño lamenta no haber atajado por el
camino uniforme, que conecta el cobijo de los retoños con el lugar de
residencia familiar. No obstante, el muchachillo quería aventurarse a trazar
otro recorrido inusual para que el gatito, fuertemente estampado contra el
pecho, pudiese apreciar con sus ojitos entumecidos la grandeza y majestuosidad
de un paisaje comprendido por una vegetación tupida de árboles, matorrales,
arbustos y una mezcla arbitraria de animales nada adiestrados, pero en perfecta
sintonía con el medio natural de convivencia...
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