VIDAS EMERGENTES
Afuera,
todo sigue empapado por una nube de sombras que dejan desprender un caos
inevitable. La rueda espiral oscila a varios niveles, desnuda todo su torrente
aerodinámico e iza la forma serpenteada para, después, reducirse solamente a
una espita que enciente una llama bastante tenue. Todo el suelo, tan
desintegrado, no invita a poder salir de la casa. Tommy nunca había sentido
tanta impotencia y soledad. Blackie ahora está en sus manos para darle el cáliz
necesario, repostar energía y vencer los fantasmas de un miedo virulento. El
gatito sigue inamovible. De hecho, en sus yemas nota que una substancia
pegajosa, como si de barniz se tratara, no consintiera que pueda dinamizarse. “¡Qué extraño! –piensa Tommy – debe haber algún acertijo en algún rincón
que expela el episodio maligno que estamos padeciendo”.
Tommy le
pide a Blackie unos segundos de paciencia mientras se acerca al mueble situado
a tres metros del lugar que mantiene el felino sin movilidad. Abre y cierra los
cajones con frenesí, intentando hallar el antídoto que pueda sanar a su mascota
de una situación tan dramática. El niño, con su raciocinio, sabe que es casi
improbable encontrar nada. Él nunca había creído en la magia, pero, a partir de
hoy, parece que en Nueva Maryland las quimeras se cumplen. Todo el territorio
devastado, convertido en un vacío, en que no hay forma de circular por un
hundimiento perpetrado, consumido, sin ningún motivo racional, rompe con la
incredulidad de Tommy. El chiquillo sigue introduciendo las manos hasta el
fondo de cada receptáculo mientras Blackie maúlla implorando poder despegarse
de unas patas que están aquejadas por un líquido resinoso. Tommy intenta
clarificar su mente: ¿Cómo es posible que
yo pueda andar y, por el contrario, el gato se retuerza de malestar por el contacto de sus pezuñas contra un suelo que
las aborrece? Algo debe existir para liberarlo de un calvario
desproporcionado. El niño sigue palpando cada compartimento, pero solo
encuentra una madera que ha quedado chamuscada. Todo su interior parece haber
sufrido un recalentamiento de tal calibre que ha destrozado el revestimiento.
Así y todo, Tommy es insistente y mira por todas partes para ver si descubre la
panacea y libera a Blackie de un tormento escalofriante e injusto.
Una vez el
mueble del recibidor ha quedado inspeccionado meticulosamente, el niño regresa
a la sala a la vez que su cabeza ladea todos los rincones más cercanos. Ya casi
llegando a los ventanales en los que Blackie sigue aquietado, mirando los
movimientos tan versátiles de un haz que crece y decrece a una velocidad
vigorosa, Tommy topa con un envase tubular. De repente, se agacha y mira el
producto con cuidado: “antiadherente y desatascador infalible”. ¡Dios! Creo que es lo que necesito –dice
el chiquillo para sí mismo. Con negrita y letra diminuta Tommy también se da
cuenta que, aplicado en dosis altas, puede ser inflamable y sigue leyendo la
letra inferior de las instrucciones: “erradica
la presencia de parásitos y seres atacantes portadores de infecciones”. ¡Guau! –piensa Tommy. Quizás
pueda servir para la plaga de ratones roedores que pretenden convertir a
Blackie en un saco de huesos. De pronto, el niño se pregunta de dónde ha
emergido el producto. Como por milagro, lo encuentra en un momento de apuros,
en el que daba por imposible un remedio eficaz. Él se hace muchas preguntas
desde que el gatito comparte el mismo hogar, pero parece ser que el cúmulo de
casualidades, coincidencias puramente aleatorias ahora se han transformado en
realidades verificables. Tommy sigue sin comprender los encuentros
aparentemente fortuitos con elixires que no parten de un fundamento
explicativo. No se explica qué hace despierto, solo, como si hubiera desertado
del mundo, aunque sabe que el pueblo ha explotado y esterilizado cualquier
indicio de vida. Blackie está claro que, por ser un ejemplar encarnado, que
tiene particularidades extraordinarias, le da el enfoque ajustado para
encontrar soluciones productivas ante cada percance desesperanzador. Con un
tubo alargado y menudo se apega a su adorable mascota para hacerle friegas en
la piel endurecida y, así, poder despegarlo de un suelo de textura gelatinosa.
El producto deja segregar un combinado de motas polvorientas, muy asemejadas al
serrín, que provocan una reacción de sequedad instantánea. Tommy esparce el
polvillo con juicio para no irritar la nariz de ambos y poder evitar un ataque
inminente de estornudos. Con una cantidad sumamente controlada, cabe decir que
Blackie empieza a notar una reactivación en las patas, las cuales chasquean
como si debajo hubiera habido un objeto sonoro que las mantuviese imantadas.
Con mucho empeño, el gato consigue ver las extremidades liberadas del atasco
provocado por un tacto viscoso, que las adhería sin cesar. Los dos
supervivientes suben las escaleras para llegar a la boardilla y mirar más de
cerca el paisaje repleto de tinieblas y una penumbra francamente patética. Como
si alguien los apremiara, sus pasos son apresurados, alocados, desesperados.
Tommy no sabe cómo pueden recurrir a un atajo que no los conduzca a un barranco
soterrado, que encierra a cualquier ser que aterrize por accidente. En su
búsqueda anhelosa, un traqueteo muy sonoro los sacude hacia la pared de la
planta superior. Todavía no han abierto la puerta que desemboca a la azotea que
un motor estridente los detiene al momento. Ellos no saben qué ha ocurrido en
Nueva Maryland; si el fenómeno tiene que ver con una señal de alerta que
pretende manifestarse para comunicar algún evento posterior ni tampoco imaginan
si un maleficio ha destinado a los pobres habitantes terrestres a vivir
penalidades insalvables por algún origen histórico, perteneciente a antepasados
en tiempos remotos. Lo que sí reconocen es que ha llegado la hora de apretar a
correr, como dos prófugos, sin retroceder la mirada ni plantearse como
conseguirán conservar una vida que pende solamente de un hilo...
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