jueves, 14 de mayo de 2026

VIDAS EMERGENTES


 

VIDAS EMERGENTES


Afuera, todo sigue empapado por una nube de sombras que dejan desprender un caos inevitable. La rueda espiral oscila a varios niveles, desnuda todo su torrente aerodinámico e iza la forma serpenteada para, después, reducirse solamente a una espita que enciente una llama bastante tenue. Todo el suelo, tan desintegrado, no invita a poder salir de la casa. Tommy nunca había sentido tanta impotencia y soledad. Blackie ahora está en sus manos para darle el cáliz necesario, repostar energía y vencer los fantasmas de un miedo virulento. El gatito sigue inamovible. De hecho, en sus yemas nota que una substancia pegajosa, como si de barniz se tratara, no consintiera que pueda dinamizarse. “¡Qué extraño! –piensa Tommy – debe haber algún acertijo en algún rincón que expela el episodio maligno que estamos padeciendo”.

Tommy le pide a Blackie unos segundos de paciencia mientras se acerca al mueble situado a tres metros del lugar que mantiene el felino sin movilidad. Abre y cierra los cajones con frenesí, intentando hallar el antídoto que pueda sanar a su mascota de una situación tan dramática. El niño, con su raciocinio, sabe que es casi improbable encontrar nada. Él nunca había creído en la magia, pero, a partir de hoy, parece que en Nueva Maryland las quimeras se cumplen. Todo el territorio devastado, convertido en un vacío, en que no hay forma de circular por un hundimiento perpetrado, consumido, sin ningún motivo racional, rompe con la incredulidad de Tommy. El chiquillo sigue introduciendo las manos hasta el fondo de cada receptáculo mientras Blackie maúlla implorando poder despegarse de unas patas que están aquejadas por un líquido resinoso. Tommy intenta clarificar su mente: ¿Cómo es posible que yo pueda andar y, por el contrario, el gato se retuerza de malestar por el contacto de sus pezuñas contra un suelo que las aborrece? Algo debe existir para liberarlo de un calvario desproporcionado. El niño sigue palpando cada compartimento, pero solo encuentra una madera que ha quedado chamuscada. Todo su interior parece haber sufrido un recalentamiento de tal calibre que ha destrozado el revestimiento. Así y todo, Tommy es insistente y mira por todas partes para ver si descubre la panacea y libera a Blackie de un tormento escalofriante e injusto.

Una vez el mueble del recibidor ha quedado inspeccionado meticulosamente, el niño regresa a la sala a la vez que su cabeza ladea todos los rincones más cercanos. Ya casi llegando a los ventanales en los que Blackie sigue aquietado, mirando los movimientos tan versátiles de un haz que crece y decrece a una velocidad vigorosa, Tommy topa con un envase tubular. De repente, se agacha y mira el producto con cuidado: “antiadherente y desatascador infalible”. ¡Dios! Creo que es lo que necesito –dice el chiquillo para sí mismo. Con negrita y letra diminuta Tommy también se da cuenta que, aplicado en dosis altas, puede ser inflamable y sigue leyendo la letra inferior de las instrucciones: “erradica la presencia de parásitos y seres atacantes portadores de infecciones”. ¡Guau! –piensa Tommy. Quizás pueda servir para la plaga de ratones roedores que pretenden convertir a Blackie en un saco de huesos. De pronto, el niño se pregunta de dónde ha emergido el producto. Como por milagro, lo encuentra en un momento de apuros, en el que daba por imposible un remedio eficaz. Él se hace muchas preguntas desde que el gatito comparte el mismo hogar, pero parece ser que el cúmulo de casualidades, coincidencias puramente aleatorias ahora se han transformado en realidades verificables. Tommy sigue sin comprender los encuentros aparentemente fortuitos con elixires que no parten de un fundamento explicativo. No se explica qué hace despierto, solo, como si hubiera desertado del mundo, aunque sabe que el pueblo ha explotado y esterilizado cualquier indicio de vida. Blackie está claro que, por ser un ejemplar encarnado, que tiene particularidades extraordinarias, le da el enfoque ajustado para encontrar soluciones productivas ante cada percance desesperanzador. Con un tubo alargado y menudo se apega a su adorable mascota para hacerle friegas en la piel endurecida y, así, poder despegarlo de un suelo de textura gelatinosa. El producto deja segregar un combinado de motas polvorientas, muy asemejadas al serrín, que provocan una reacción de sequedad instantánea. Tommy esparce el polvillo con juicio para no irritar la nariz de ambos y poder evitar un ataque inminente de estornudos. Con una cantidad sumamente controlada, cabe decir que Blackie empieza a notar una reactivación en las patas, las cuales chasquean como si debajo hubiera habido un objeto sonoro que las mantuviese imantadas. Con mucho empeño, el gato consigue ver las extremidades liberadas del atasco provocado por un tacto viscoso, que las adhería sin cesar. Los dos supervivientes suben las escaleras para llegar a la boardilla y mirar más de cerca el paisaje repleto de tinieblas y una penumbra francamente patética. Como si alguien los apremiara, sus pasos son apresurados, alocados, desesperados. Tommy no sabe cómo pueden recurrir a un atajo que no los conduzca a un barranco soterrado, que encierra a cualquier ser que aterrize por accidente. En su búsqueda anhelosa, un traqueteo muy sonoro los sacude hacia la pared de la planta superior. Todavía no han abierto la puerta que desemboca a la azotea que un motor estridente los detiene al momento. Ellos no saben qué ha ocurrido en Nueva Maryland; si el fenómeno tiene que ver con una señal de alerta que pretende manifestarse para comunicar algún evento posterior ni tampoco imaginan si un maleficio ha destinado a los pobres habitantes terrestres a vivir penalidades insalvables por algún origen histórico, perteneciente a antepasados en tiempos remotos. Lo que sí reconocen es que ha llegado la hora de apretar a correr, como dos prófugos, sin retroceder la mirada ni plantearse como conseguirán conservar una vida que pende solamente de un hilo...

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