VIEJAS MELODÍAS
El niño da
vueltas en su cabeza, como una peonza rotando dentro de su eje, casi desbordado
por la perplejidad. Parece una declaración de la naturaleza, una información
sutil que debe desentramar para comprender su aterrizaje. ¿Es una alucinación?
¿Es un encuentro con una realidad intocable, casi onírica? Tommy sigue forjando
en su mente para escrutar con detalle los sueños que siempre interpretaba como
premoniciones ante un futuro lleno de incógnitas. A veces sus sueños eran
avisos alertadores, otras veces anticipaciones derivadas de un mar de
preocupaciones y, en ocasiones, mensajes claros que se correspondían con un
detonante realizable a corto plazo. Tommy continúa penetrando en el hipocampo
para disgregar piezas, puzles, rompecabezas, pequeños encajes como telas de
araña que, muy probablemente, lo transporten hacia el camino de la verdad.
Mientras, estando solo, con un tiempo que ha trascendido la frontera entre la
vida y la muerte, contempla con interés la figura con cinco líneas paralelas,
que deja tintinear focos brillantes por una luz emblanquecida, casi albina en
función de la posición en que se encuentra sujeto. Si lo declina o lo tuerce,
las burbujitas de luz adoptan un reflejo más reconocible. En cambio, cuando se
mantiene verticalmente a medio metro por encima de la cabeza de Tommy, todo el precioso
festival de luces espléndidas queda apagado, sin emisión posible. El pentagrama
tiene relación con el lenguaje instrumental. Es un código de caracteres que se
acompaña de compases, ritmos y notas. El niño sigue con la mirada ausentada,
casi embriagada por un escenario del pasado en el que su padre tocaba el piano.
El chavalín recuerda que era un apasionado de la música clásica: Wagner,
Mozart, Beethoven y Chopin eran sus ídolos de inspiración, aunque en realidad
amaba todos los estilos. Siempre le decía a Tommy que la música es comparable
al aleteo de las gaviotas en anunciamiento de alguna variación climática cuando
reman en el espacio inconmensurable. Van planeando jactadas y, con cada
movimiento en las alas, producen un lenguaje gesticular que se asemeja a la pulsación
sincronizada de las teclas que, en escala, configuran un tipo de comunicación
no verbal. Tommy cada vez mejor visualiza a su padre satisfecho de tocar con su
hijo pródigo, durante las fechas navideñas, villancicos y otros cánticos
espirituales que rendían homenaje a Jesús de Nazaret. “Sin vida no hay música y sin música no hay vida, le repetía a
Tommy. Son elementos codependientes que
deben ir agarrados de la mano. Con la música, el alma revive y danza por lugares insospechables, muy ahogados y cóncavos.
Uno puede liberarse de cualquier creencia
repetitiva, recurrente y neurótica para dejar que el fluir universal continúe
su curso con los períodos estacionales.”.
“La música dinamiza, depura y limpia
cualquier resto de congoja, estrés, obcecación y aflicción”. “La música marca un camino lleno de líneas,
algunas paralelas, otras secantes, otras confluyen formando otras líneas
perpendiculares marcando siempre un espectáculo de títeres bailarines que, como
las aguas movedizas, van tramando un recorrido de gala dentro de un espacio
reluciente e inagotable”. Tommy siente que la pertenencia que ha encontrado
no es coincidente. Ahora ya está casi convencido. ¿Cómo había esfumado de la
memoria la importancia de las celebraciones acompañadas de obras maestras
musicales promovidas por su ya desaparecido padre? ¿Cómo no recordar que el
padre comparaba la música con un camino, un trazo, un segmento rectilíneo que
comprende episodios en que el riesgo y la seguridad están reñidos
constantemente? El pentagrama es simplemente un simulacro de una realidad que
jamás había relacionado. Entonces el realce y la relevancia de su presencia
tiene una explicación subliminal que Tommy debe desvelar...
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