VUELTA A LA VIDA
En Toronto, el
Alcaide está pendiente de su hija encerrada. Más bien, reza para que su
integridad no se vea terriblemente afectada. Por sorpresa, Zoe empieza a notar
como sus canales energéticos se expanden de forma conjunta. La llave está
irradiando una cascada de luz que no abandona a las víctimas de una pelea entre
dos Dioses enfurruñados, que se desgranan y se vuelven a juntar con las cabezas
tocándose, para llegar a conseguir la medalla del triunfo en el paraje olímpico
de Dioses que no necesitan alimentarse de rivalidad para vivir en armonía.
Ares y Tánatos están concentrados en la mutua
disolución y posterior perecer. Emiten sonidos que parecen exorcizados, como
dominado por entes que no expiden concordia ni recogimiento. La lucha que están
dejando desplegar parece interminable. Tommy y Blackie intercambian miradas de
anonadamiento, sensibilizados, pero a la vez desentendidos porque están
arrinconados frente a un místico enfrentamiento.
De golpe, el Rey Midas percibe una
transformación muy poco disimulada. Es el primero que, con la voz, propone la
finalización de un combate que no tiene ningún remedio para ser impedido. Ares
y Tánatos se sienten repercutidos por una especie de dilución corporal
progresiva. El exterior, anochecido por estrellas que marcan el compás de
posibles cambios, comienzan a dejar destellar las puntas con fiereza. Afuera,
la obscuridad es pendenciera, peleona, salvaje. Un ruido muy estorbador hace que
el edificio cruja sin interrupción. Los presentes no adivinan que acontecerá
prontamente. Blackie y Tommy tienen la mirada bien encajada en este tumulto;
una revolución violenta entre Dioses que no se temen ni se dejan intimidar.
Blackie le cuchichea
a Tommy que la muerte debe ser demolida por la guerra. Para que la paz vuelva a
reinar, el Olimpo y el planeta Tierra deben impedir que la muerte arrase con el
condado que, en esencia, ejemplifica un espacio de concordancia y
verosimilitud. Blackie, en el momento que se conecta empieza a marearse. Se
aprecia en un mar lleno de tinieblas y una densa niebla que prohíbe que el
oleaje, provocado por una corriente enojada, pueda ser contemplado con
regocijo. Todo el microprocesador cerebral del felino está siendo invadido por
la sensación de que un suceso perentorio será el punto culminante de la
terminación de una riña entre dos Dioses, que desean fulminarse sin
contemplaciones.
El gatito visualiza
marismas y terrenos pantanosos que van llenándose de agua por presas
caudalosas. Todo parece que apunta hacia el anunciamiento de un desbordamiento
acuoso. De repente, una avalancha de agua penetra a través de los ventanales en
los que reside el combate de Dioses preocupados por la supervivencia. Blackie
piensa en el Dios del Nilo como un posible promotor de un fenómeno antinatural
y desafortunado. Sin embargo, lo curioso del caso es que nadie queda empapado
ni humedecido por esta lluvia completamente descontrolada. La avalancha riega
toda la habitación como si quisiese depurar los gérmenes que se han concentrado
por una falta de limpieza duradera. Pero, en realidad, quién sabe. Lo que sí es
evidente es que el agua, enloquecida, furiosa y llena de bravura produce que Tánatos
se someta bajo un estado de dilución, igual que terrones de azúcar que quedan
bañados en el café o cubitos de hielo expuestos ante una bebida refrescante. El
agua, de pronto, como por impacto sorpresa, fermenta su aspecto en simples
ácaros de polvo que rellenan todo el dormitorio como si fuesen encajes de
cortinas. Tánatos se está desintegrando por momentos. Su cuerpo, ya mutado en
un estado estéril, no hace más que pedir socorro con sacudidas. El agua,
emanada por un torrente virulento, alza el vuelo para querer desaparecer del
país. El Alcaide, Blackie, Tommy y Zoe han sido víctimas de una inundación que
no ha dejado ningún lastre. Básicamente, no ha retocado ni arrasado ningún
objeto sólido ni ser humano. Blackie piensa que el fenómeno es un producto de
un Dios del Antiguo Egipto se llevaba
toda la escoria y depuraba con un riego renovado, un frescor inconfundible y
una fragancia perfumada ante cualquier resto mugriento. Ahora el agua produce
un efecto de desinfección. Ares y Tánatos, hace unos minutos, eran cuerpos
aferrados a una identidad existencial en la que negaban cualquier riesgo a ser
expuestos a una muerte no revertida. Sin embargo, cabe decir que el Dios de la
Muerte, defensor de la filosofía y gran teorema aplicado por roedores
profundamente resentidos, se ha disuelto con una ráfaga de agua que ha
penetrado en el interior de un hogar que, primariamente, peligraba. Como si un
proceso bioquímico, analizado por investigadores científicos estuviera en
juego, los ácaros de polvo van dejando el Dios de la Muerte vencido, flaqueado,
completamente destrozado por la agonía de un final atroz pero merecido. Los
ácaros espolvorean la habitación mientras la llave, a través de un empuje
inércico procedente del cerebro de Blackie, vuelve hacia su dueño. Tommy y
Venus se reunieron con el propósito de utilizarla para descentrar y habilitar
las compuertas de un recinto bajo tierra, en el que mamíferos están exhaustos
ante un tormento inimaginable. La llave también ha sido un instrumento de auto rescate
para desprenderse de un encarcelamiento impuesto sin derecho a ser abogado.
Blackie, por esta razón, tenía que reforzarla con poderes cósmicos para que
atrajese los deseos de los solicitantes y pudiera remediar el derrocamiento de
un condado, siempre antes privilegiado por vidas humildes y campechanas.
Zoe está intentando
salir del armario, aunque, en cierto modo, mucho esfuerzo no resulta invertido.
Después de que Tánatos se esfumara del recinto de descanso, Zoe, con el puñito
algo apretado, ha golpeado suavemente la puerta y ha salido igual que una estrella
de cine que, desde una tarima, baja a platea frente a un escenario para ser
felicitada con un premio honorífico.
Su padre y madre no
dan crédito a lo que ven. La pequeña sonríe de par en par, con un lustre facial
y una radiante expresión que no se puede contradecir. La pleuritis ha tenido el
final correspondido después que la muerte pudiera ablandarse, desmenuzarse en
ridículas partículas y desvanecerse en una nada vacía, despoblada; una nada que
dormita, que se aletarga con un sueño aplacado, remolón, holgazán. Zoe abraza el
Rey Midas mientras la habitación mantiene un aspecto en todo momento cambiante.
Los ácaros comienzan a formar unos encajes de cortina bordados por telas de
araña. Evidentemente, los arácnidos son los responsables de formar estos
minúsculos cuerpos, pero, en dicho caso, la presencia de éstos que cazan presas
voladoras no se encuentra en el dormitorio. Las telas forman redes con un
contorno bastante cónico. Todo el techo queda emponzoñado por este entretejido
de color negro plateado, ya que los pequeños hilos que penden brillan a
trasluz.
–¡No puedo creerlo! –exclama Zoe con un
asombro espontáneo. El Dios de la Muerte queda atrapado dentro del epicentro de
la red global. Se ve el cuerpo, una materia que se ha trasmutado en tamaño y
estado. Ahora sólo reside un bulto esquelético, reducido, tan pequeño que los
ojos deben forzarse para poder divisarlo. Sin embargo, allí está. Ha quedado
totalmente estampado, como un caparazón que ya no tiene órganos que den vida a
un sujeto. Sólo es pura fachada; una estructura que queda descrita por una
apariencia ridícula, que se resistió ante el definitivo vencimiento pero que,
después de una afamada guerra, ha acabado rendido por obligación, sin
alternativas de reencarnación y poder...
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