LA HUELLA DEL DOLOR
Sonidos desordenados aprecio,
bocas temblorosas parlotean,
meses en vilo me rodean,
en mi vida encarcelada me sentencio.
Cuadros de apagada pintura
lucen las blancas paredes,
un trasfondo abocado al vacío
difumina cualquier atisbo de hermosura.
Compañías a mi lado
día y noche,
como entes alocados
vagan sin fijación
por un espacio nebuloso,
sin principio ni fin
un horizonte oscurecido
por la posible aparición
de peligrosos altercados.
Mis manos se repliegan en mi regazo,
mi mirada, perdida en la distancia sin rumbo,
mis tímpanos invadidos por un filo musical,
una evasión efímera
pretendo que se alimente
entre miles de lágrimas
que vagas asoman su regadío,
un torrente sin cauce.
Una puerta se abre,
sombras trascienden el muro
entre el silencio y la noche,
desasosegadas gritan en coro,
toxinas defecan sus bocas
entre palabras de desvarío,
en un extremo e inexorable delirio.
Algún día quizás pueda huir,
del entramado en locura;
puede que me libere
de un enjambre de seres
que con veneno anímico hieren.
Busco a un pobre corazón,
alentado por brincar
cruzando los montes del deseo,
con la misma libertad
que una jovial
y selvática liebre.
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