LAS HORAS BRUJAS
Colchones blandos,
almohadas escurridizas
sostienen mi cabeza;
un abanico que la brisa sacude,
sonrisas latentes
que al fondo sucumben.
Lechos pixelados;
sombras indelebles ambulan,
corrientes de aire virulento
veneno soplan
como fuente de alimento.
Aislada del mundo,
inerte y sin techo me contemplo;
aires de grandeza engalanan
un escenario penoso.
Mis ojos, enrojecidos de tristeza,
deseos de socorro proclaman.
La escarcha de la lluvia riega
lágrimas vertidas con recelo.
El agua bendita
aparece en un sueño que arde
por un fuego que quema sin tregua,
inmerso en su propio duelo.
Mi pugna por sobrevivir,
ese ahínco de salvaguardarme
de entes fantasmales,
me acerca a una noche
que presiento estrellada.
Me devolverá aquel distante amparo,
el retorno del reposo,
la vuelta a la posada,
el remanso de paz
en el silencio de la madrugada.
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