EL PODER DE LAS PALABRAS
Expresiones insolentes,
¡qué desprovecho de vocablos mal articulados!
Comentarios impertinentes,
¡cuántas palabras contradictorias
que penden de hilos encadenados!
Frases ofensivas salen de bocas inmundas;
se propagan, se divulgan,
formando miradas y reacciones iracundas.
Demasiadas palabras se derrochan sin pudor;
demasiadas personas emanan un rancio hedor;
rencores, envidias insanas
yacen bajo los cuerpos, tapiando la comunicación;
rabia, odio, furia son protagonistas
de un entramado verbal
que se activa de un tirón.
Mentiras piadosas, a veces, se insinúan con timidez;
son palabras que saben a gloria;
calman, pacifican, armonizan el ambiente
con una cierta calidez.
Pequeñas infamias que no hieren,
solamente palian y aminoran tempestades grotescas;
se alían, pactan y contagian,
solventan interpretaciones erróneas
y maquinaciones dantescas;
siguen su curso como la corriente fluvial,
como el agua de un manantial,
como los pequeños surcos
de un serpenteado canal.
Palabras de compasión, de apoyo, de condolencia;
piadosas por naturaleza,
vagan por un espacio ahuecado;
encuentran a quienes, con honor, respeto y sapiencia,
las pronuncian con cautela y delicadeza.
Palabras recurrentes que exhiben dulzura;
galantean en el espacio vibratorio;
premian los tímpanos con halagos
frente a un bullicio notorio,
y no desembocan en sepultura.
Palabras encomiadas predominan
ante un mundo confrontado;
palabras dulces empalagan
y embelesan los sentidos;
palabras entrañables se quedan posando,
sin abalanzarse
hacia el cénit de los acantilados;
coquetas y remilgadas,
coleccionan miles de vestidos
de elegantes bordados.
Las palabras juegan a ser divas
en un escenario naciente;
frente a una pasarela galantean al azar,
desprendiendo un efecto de amargura o hermosura,
ante un ciclo de vida
de gruesas capas de tintura;
cogidas de la mano,
como un corro de niños
que no se desune,
paciente.
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