EL
BRILLO DE LA LUNA
De puntillas salgo al balcón;
el frío glaseado de las baldosas provoca un tiritar en el que mi cuerpo se abalanza
y mece con fuerza. El cielo, todo abrumado por mantillas de nubes que parecen
aglomerarse para no dejar posar los astros milenarios, exhibe su atuendo con un
despliego de tímidas luces que destellan.
Yo, con mi albornoz, no me
atrevo a vestirme para recorrer el paseo marítimo. Una fecunda tentación, sin embargo, parece
quedar trabada en la garganta. Mi voz, admirada, por un éter postrado en un
descanso vanaglorioso, me invita a salir. Las brumas son deslumbrantes,
acaparadoras, ventilan cualquier indicio de claridad astronómica.
Una bienvenida inspiración
casi me obliga a arroparme con unos pantalones de pana, medias de licra subidas
hasta la cintura y un anorak de plumón, combinado con bufanda de lana y
unos guantes de cuero para hacer recorrido cerca del mar en la avenida que cruza
la Barceloneta y las torres Mafre de Barcelona. Me pregunto si mi corazonada
tendrá alguna similitud con la realidad. La luna parece reacia a dejarse sobresalir en un cielo resfriado por una cosecha de nubarrones, que entelan la
visibilidad más apreciable.
El mar, muy bravo, va dejando
evaporar la humedad acuosa en una atmosfera que no pretende despejar espacios
luminosos. Mi parsimonia es sorprendente. En el metro mucha gente está
cabizbaja, encorvada de pie esperando el turno para abandonar el andén. Otros
parecen apesadumbrados, requemados por el ajetreo mundano de una vida que siempre
invita a los porvenires más impredecibles. Y un tercer grupo, absorbido ante el
círculo de contactos que manipula con sus manos frente a teléfonos portátiles que parecen
hechizados, imantados de poder para los usuarios que los teclean.
Mi caso es distinto. Me siento
renovada, con un aire que viaja en mis pulmones como una espiral rotativa, siempre
renaciente y restablecedora. En estos momentos contactar con la brisa marina me
produce revivir un recuerdo inconsciente que me traslada hacia mi época de cuna.
La marea, con el agua que remolina, se revuelca, se contorsiona, y nunca perece
ya que el regenerar es cíclico, me recuerda a mi bautizo. Agua santiguada posa
en mi cabeza para depurar cualquier lastre pecaminoso, cualquier toma de
consciencia impura, una sarta de comportamientos sórdidos e inmundos, que ya
jamás tendrán predominancia.
En el mar, apoyada en la
barandilla de hierro forjado veo personas tumbadas con mantas acolchadas, forradas
y impermeabilizadas que se recrean ante una noche remolona. Después de
contemplarlo con su balanceo consagrado por una corriente que no concluye, miro
al cielo en la lejanía de un horizonte difuminado por nubes que ya se baten en
retirada, para dejar que la luna llena deslumbre su viveza transparente por una
luz casi emanada de fábula.
En dicho instante, empiezo a
comprender la interconexión que todos los seres establecemos con el medio
geológico y medioambiental. Tenemos el poder de la mimetización y la
oportunidad para dejar vislumbrar chispas de esperanza en nuestro entorno que
no deberían erradicarse. La luna, con su potencial elegante que procede de una
luz esplendorosa, va desfigurando en función de la atmósfera taponada de nubes amorfas,
pero se mantiene presente para que la marea siga fluyendo con su ciclo vital.
El agua es arrastrada por la
fuerza de un calor lunar que baña la superficie marina y permite que la humedad
pueda circular sin ningún obstáculo. Siempre caprichosa, siempre galante,
siempre fiel a la ley de la naturaleza biológica, no pretende abandonarnos a la
suerte.
Yo casi con los ojos empañados
de salubridad lacrimosa, me siento regocijada y estremecida de goce por un
astro que he podido contemplar en primer plano sin ningún ejercicio de planificación
previo. Un regalo preciado que refuerza el acoplamiento con el cosmos y la
posibilidad de darme cuenta de que la fuerza motriz de la luna está anexada al estado de
ánimo que me precedía. Verla me hace sentir vigorosa. Agudizar la mirada hacia
los cráteres y delinear pequeños trazos a miles de kilómetros que se asemejan a rostros
vivientes, me hace percatarme de la creatividad latente que el universo que piso
encierra sin contenciones.
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