MASCARAS
Camuflajes que todos llevamos
precintados en nuestro vientre. Fetos que se están modelando a imagen y semejanza
en una sociedad destemplada, que solamente ensalza los valores lucrativos y las
especies más tangibles.
¡Que despilfarro de vidas,
sometidas ante un atajo de especímenes que no pueden dejar mostrar su inherencia,
su código más ligado al espíritu de la misericordia y la compasión!
Todo el cuerpo que
representamos está básicamente tatuado de símbolos que esconden una moraleja.
La lástima se traduce en el hecho, que no sabemos cómo reconocerlos y descodificarlos para mejorar el entendimiento unánime y la tendencia a recorrer caminos, con
una conducta más juiciosa y moralmente idónea.
Las venas vierten litros de
veneno negruzco, la sangre ya no puede transparentar su rojizo candelabro con
una llama que presuma sonrosada de placer por existir sin tabúes ni prejuicios.
Una minoría parece de cuando
en cuando dejar asomar bengalas de translucidez que se congregan y alían para
formar una masa compacta de luz, abrillantada por una claridad deslumbrante y
casi cegadora. En cambio, este grupo desemboca en un reducto que no tiene la
soberanía suficientemente desarrollada, para implantar cordura en un mundo abocado
hacia una apocalíptica catástrofe.
Con una memoria divagante,
recuerdo mi niñez como me disfrazaba de reina, de hada madrina, de condesa
marroquina, de bailarina egipcia, de paje real, de estrella boreal. Cada atuendo
representaba una forma de convertirme en una divinidad que embebía cada
instante sin pensar en mi identidad.
En un atuendo manufacturado, confeccionado de
manera artesanal por una madre mañosa y eficiente en la creación de diseños textiles,
podía soñar en convertirme en todos los personajes que describían otra dimensión
realista. Podía jugar con mi personalidad más primitiva, aparcarla por unas
horas y llegar a parodiar un personaje que se asemejaba al mundo de las mil
maravillas.
El Carnaval nos hace creer que
podemos ser aquello de lo que nunca nos hemos atrevido a soñar. Podemos
abandonar nuestro felpudo superficial, aquellas caretas artificiosas, aquellos
cuerpos forrados de muros de defensa, para protegernos de los villanos y las
autoridades más despóticas del entorno y satisfacer el deseo de extrapolar la etnia
hacia otras culturas, contrastadas y completamente novedosas e inexperimentadas.
Una fiesta que atrae masas y provoca
fulgor en la sociedad mediática por tener esta doble vertiente; depende del
giro que el participante quiera efectuar. Cuando alguien puede estar intoxicado
por un espíritu elementalmente diabólico, se valdrá de cualquier fecha festiva
para exteriorizar su fuero más vengativo. No obstante, también podría desear
interpretar la cara opuesta; jugar a ser el ángel de la estrella de Belén y
procurar inmunizarse frente al papel que, de forma genuina, representa en el
mundo carnal.
Como bien dijo Einstein, todo puede relativizarse,
todo puede tener dos monedas dentro de una única unidad, pieza o compuesto, pero
está claro que la verdad más axiomática reside en las máscaras que nos hacen
creer en nuestras fortalezas, virtudes, excentricidades y actitudes heroicas. Son
nuestro velo de protección frente a un mundo que golpea nubes de humo desde un
cielo raso para derrumbar rascacielos; se desgrana para atentar contra figuras
humanas inocentes que las arrastra hacia la muerte más cruenta y lanza rocas
calizas contra féminas en estado de gestación para privar que nazcan nuevas
estrellas en un paraíso completamente robado.
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