martes, 18 de febrero de 2020

MASCARAS


 


MASCARAS


Camuflajes que todos llevamos precintados en nuestro vientre. Fetos que se están modelando a imagen y semejanza en una sociedad destemplada, que solamente ensalza los valores lucrativos y las especies más tangibles.

¡Que despilfarro de vidas, sometidas ante un atajo de especímenes que no pueden dejar mostrar su inherencia, su código más ligado al espíritu de la misericordia y la compasión!

Todo el cuerpo que representamos está básicamente tatuado de símbolos que esconden una moraleja. La lástima se traduce en el hecho, que no sabemos cómo reconocerlos y descodificarlos para mejorar el entendimiento unánime y la tendencia a recorrer caminos, con una conducta más juiciosa y moralmente idónea.

Las venas vierten litros de veneno negruzco, la sangre ya no puede transparentar su rojizo candelabro con una llama que presuma sonrosada de placer por existir sin tabúes ni prejuicios.

Una minoría parece de cuando en cuando dejar asomar bengalas de translucidez que se congregan y alían para formar una masa compacta de luz, abrillantada por una claridad deslumbrante y casi cegadora. En cambio, este grupo desemboca en un reducto que no tiene la soberanía suficientemente desarrollada, para implantar cordura en un mundo abocado hacia una apocalíptica catástrofe.

Con una memoria divagante, recuerdo mi niñez como me disfrazaba de reina, de hada madrina, de condesa marroquina, de bailarina egipcia, de paje real, de estrella boreal. Cada atuendo representaba una forma de convertirme en una divinidad que embebía cada instante sin pensar en mi identidad.

 En un atuendo manufacturado, confeccionado de manera artesanal por una madre mañosa y eficiente en la creación de diseños textiles, podía soñar en convertirme en todos los personajes que describían otra dimensión realista. Podía jugar con mi personalidad más primitiva, aparcarla por unas horas y llegar a parodiar un personaje que se asemejaba al mundo de las mil maravillas.

El Carnaval nos hace creer que podemos ser aquello de lo que nunca nos hemos atrevido a soñar. Podemos abandonar nuestro felpudo superficial, aquellas caretas artificiosas, aquellos cuerpos forrados de muros de defensa, para protegernos de los villanos y las autoridades más despóticas del entorno y satisfacer el deseo de extrapolar la etnia hacia otras culturas, contrastadas y completamente novedosas e inexperimentadas.

Una fiesta que atrae masas y provoca fulgor en la sociedad mediática por tener esta doble vertiente; depende del giro que el participante quiera efectuar. Cuando alguien puede estar intoxicado por un espíritu elementalmente diabólico, se valdrá de cualquier fecha festiva para exteriorizar su fuero más vengativo. No obstante, también podría desear interpretar la cara opuesta; jugar a ser el ángel de la estrella de Belén y procurar inmunizarse frente al papel que, de forma genuina, representa en el mundo carnal.

 Como bien dijo Einstein, todo puede relativizarse, todo puede tener dos monedas dentro de una única unidad, pieza o compuesto, pero está claro que la verdad más axiomática reside en las máscaras que nos hacen creer en nuestras fortalezas, virtudes, excentricidades y actitudes heroicas. Son nuestro velo de protección frente a un mundo que golpea nubes de humo desde un cielo raso para derrumbar rascacielos; se desgrana para atentar contra figuras humanas inocentes que las arrastra hacia la muerte más cruenta y lanza rocas calizas contra féminas en estado de gestación para privar que nazcan nuevas estrellas en un paraíso completamente robado.



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