domingo, 16 de febrero de 2020

ABEL Y CAÍN


 



ABEL Y CAIN

En la villa de la Seu d’Urgell, dos hermanos nacen con el mismo cordón umbilical. Un cordón que los ata, los une de por vida a tener en enlace parental imposible de quebrantar. La unión entre este par de chiquillos que reciben patrones educacionales bajo la misma índole doctrinal no coincide en atributos de carácter.

Albert es un muchachillo tímido, retraído, prudente, con un talante distinguido, ya que de su boca al hablar emanan palabras que tienen consonancia y elocuencia, también lógica y sentido común. Es delgadito, algo pecoso, de altura mediana, cabellos de un tono castaño almendrado y un flequillo muy bien igualado, que le cubre todo el manto de una frente aplanada.

Samuel es de complexión regordeta, con mejillas musculadas, labios finísimos, como dibujados con bisturí, venas que dejan entrever la sangre que fluye como un manantial caudaloso de un tono azulado, que se refleja en su mentón sobresalido. Anda algo inseguro, como si se tambaleara, como si no percibiera la noción del tiempo y fuese incapaz de encontrar su lugar en el seno en el que nació.

La disparidad en cada rasgo que los describe es realmente manifiesta. Albert es todo eterismo; pura generosidad, algo picarón, hazañoso y discordante, pero leal y tupido bajo unas intenciones que no dejan esconder malevolencia. Cada vez que discute con su hermano se manifiesta con pellizcos en el antebrazo y alguna que otra mordedura. A veces patalea en señal de reivindicación ante aquella situación para él amenazante. Lo que sí está claro es que la traición no se encuentra engendrada en su memoria genética.

Samuel resalta con indicios de extrema deslealtad. Finge ser sumiso, inocente, bonachón, un ser que despega centellas de honestidad y honradez, incapaz de verter gotas de hiel a través de las palabras pronunciadas. Tiende al victimismo cuando el acoso asoma sus puertas y la madre de ambos se queda ambivalente ante el dilema de conocer quién ha sido el precursor de alguna artimaña.

Diana tiene predilección por Samuel. Sin ser un hijo primogénito, su inclinación a defenderlo y sobreprotegerlo frente a las riñas y las represiones que Albert deja a veces emitir no varía. Es injusta en su veredicto. Es totalmente cierto que nunca procura averiguar cual de los dos muchachos ha comenzado con una discusión exasperante ni pretende molestarse en ser juiciosa y parcial, cuando el arrebato de palabras despectivas está en pleno auge. La tendencia de la madre es amonestar al supuesto hijo más benévolo, que juega un papel concordante frente a la colección de sucesos de naturaleza displicente.

Muchas veces el odio los corrompe como la profundidad de un mar que arrima el oleaje hacia la orilla, violento y tenaz, sin ánimo de claudicar ni de serenar esa corriente de furia implacable, como un torbellino abierto, que va rotando sin poder cesar del intrépido movimiento ejecutado.

A veces se sacarían los ojos. Samuel provoca una contienda que parece interminable a partir de injurias venenosas, con palabras y sacudidas de manos que dañan la inocencia de Albert. Las frases “eres un hermano repulsivo” “eres pura escoria” “las lombrices deberían comerte vivo” “deberías consumirte en un vertedero, volcado hacia las profundidades de un abismo” “ojalá murieses pronto” son algunos recursos verbales que Samuel no cesa de expresar. El odio, tan dominante, como las llamaradas de un fuego que se desparrama y va calando a lo largo de los matorrales sin ceso, ya no tiene remedio ni rectificación.

Ahora que ambos han cumplido los cincuenta, Samuel solo se acerca a su madre para pedirle dinero cuando se encuentra en situación de paro laboral. La madre, aunque los años la hayan atizado por un desgaste físico y hayan suavizado el temperamento dinamizado por una juventud magistral, sigue complaciendo las súplicas de un hombre egotista, que solo piensa en amasar dinero y despilfarrarlo en vicios mundanos. Un hombre que sabe como beneficiarse a costa de una madre que lo ha tenido satisfecho a lo largo de la niñez y nunca ha sabido poner freno a las conductas abusivas e infernales.

Albert vive su vida enajenado de la familia biológica que lo crió. A veces tiene contacto con su madre por teléfono; intercambian algunas palabras protocolarias, que no tienen ninguna insignia de cariño, pero es incapaz de comunicarse con Samuel.

Los acosos tormentosos de una infancia apesadumbrada por la soledad; el soportar constante de un hermano pérfido y prodigiosamente sagaz a la hora de conseguir los propósitos más egocéntricos, han dejado una huella en el alma de Albert que ya no podrá ser lustrada ni mucho menos revertida.

Como la historia de Abel y Caín, Samuel y Albert son dos hermanos contrapuestos que se repelen y, a través de un mutismo irreversible, llegan a vivir sus vidas de manera ajena, como si una de las partes hubiese padecido una muerte súbita, gracias a un odio desgarrador que ya ha asesinado la llama latente del afecto y la ternura.


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