ABEL Y CAIN
En la villa de la Seu d’Urgell, dos hermanos nacen
con el mismo cordón umbilical. Un cordón que los ata, los une de por vida a
tener en enlace parental imposible de quebrantar. La unión entre este par de
chiquillos que reciben patrones educacionales bajo la misma índole doctrinal no
coincide en atributos de carácter.
Albert es un muchachillo tímido, retraído, prudente,
con un talante distinguido, ya que de su boca al hablar emanan palabras que
tienen consonancia y elocuencia, también lógica y sentido común. Es delgadito,
algo pecoso, de altura mediana, cabellos de un tono castaño almendrado y un flequillo
muy bien igualado, que le cubre todo el manto de una frente aplanada.
Samuel es de complexión regordeta, con mejillas
musculadas, labios finísimos, como dibujados con bisturí, venas que dejan
entrever la sangre que fluye como un manantial caudaloso de un tono azulado,
que se refleja en su mentón sobresalido. Anda algo inseguro, como si se
tambaleara, como si no percibiera la noción del tiempo y fuese incapaz de encontrar
su lugar en el seno en el que nació.
La disparidad en cada rasgo que los describe es realmente
manifiesta. Albert es todo eterismo; pura generosidad, algo picarón, hazañoso y
discordante, pero leal y tupido bajo unas intenciones que no dejan esconder
malevolencia. Cada vez que discute con su hermano se manifiesta con pellizcos
en el antebrazo y alguna que otra mordedura. A veces patalea en señal de reivindicación
ante aquella situación para él amenazante. Lo que sí está claro es que la
traición no se encuentra engendrada en su memoria genética.
Samuel resalta con indicios de extrema deslealtad.
Finge ser sumiso, inocente, bonachón, un ser que despega centellas de honestidad
y honradez, incapaz de verter gotas de hiel a través de las palabras
pronunciadas. Tiende al victimismo cuando el acoso asoma sus puertas y la madre
de ambos se queda ambivalente ante el dilema de conocer quién ha sido el precursor
de alguna artimaña.
Diana tiene predilección por Samuel. Sin ser un hijo
primogénito, su inclinación a defenderlo y sobreprotegerlo frente a las riñas y
las represiones que Albert deja a veces emitir no varía. Es injusta en su
veredicto. Es totalmente cierto que nunca procura averiguar cual de los dos
muchachos ha comenzado con una discusión exasperante ni pretende molestarse en
ser juiciosa y parcial, cuando el arrebato de palabras despectivas está en pleno
auge. La tendencia de la madre es amonestar al supuesto hijo más benévolo, que
juega un papel concordante frente a la colección de sucesos de naturaleza displicente.
Muchas veces el odio los corrompe como la profundidad
de un mar que arrima el oleaje hacia la orilla, violento y tenaz, sin ánimo de
claudicar ni de serenar esa corriente de furia implacable, como un torbellino
abierto, que va rotando sin poder cesar del intrépido movimiento ejecutado.
A veces se sacarían los ojos. Samuel provoca una contienda
que parece interminable a partir de injurias venenosas, con palabras y
sacudidas de manos que dañan la inocencia de Albert. Las frases “eres un
hermano repulsivo” “eres pura escoria” “las lombrices deberían comerte vivo” “deberías
consumirte en un vertedero, volcado hacia las profundidades de un abismo” “ojalá
murieses pronto” son algunos recursos verbales que Samuel no cesa de
expresar. El odio, tan dominante, como las llamaradas de un fuego que se
desparrama y va calando a lo largo de los matorrales sin ceso, ya no tiene remedio
ni rectificación.
Ahora que ambos han cumplido los cincuenta, Samuel solo se acerca a
su madre para pedirle dinero cuando se encuentra en situación de paro laboral.
La madre, aunque los años la hayan atizado por un desgaste físico y hayan suavizado
el temperamento dinamizado por una juventud magistral, sigue complaciendo las
súplicas de un hombre egotista, que solo piensa en amasar dinero y despilfarrarlo
en vicios mundanos. Un hombre que sabe como beneficiarse a costa de una madre
que lo ha tenido satisfecho a lo largo de la niñez y nunca ha sabido poner
freno a las conductas abusivas e infernales.
Albert vive su vida enajenado de la familia biológica
que lo crió. A veces tiene contacto con su madre por teléfono; intercambian
algunas palabras protocolarias, que no tienen ninguna insignia de cariño, pero
es incapaz de comunicarse con Samuel.
Los acosos tormentosos de una infancia apesadumbrada
por la soledad; el soportar constante de un hermano pérfido y prodigiosamente
sagaz a la hora de conseguir los propósitos más egocéntricos, han dejado una huella
en el alma de Albert que ya no podrá ser lustrada ni mucho menos
revertida.
Como la historia de Abel y Caín, Samuel y Albert son
dos hermanos contrapuestos que se repelen y, a través de un mutismo
irreversible, llegan a vivir sus vidas de manera ajena, como si una de las
partes hubiese padecido una muerte súbita, gracias a un odio desgarrador que ya
ha asesinado la llama latente del afecto y la ternura.
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