martes, 18 de febrero de 2020

AÑOS DE JUVENTUD


 



AÑOS DE JUVENTUD

Estados del alma en los que el crecimiento ralentiza. Estados en los que en una espiral parece que cualquier realidad solemne vaya a desvanecerse en la nada más cóncava. No importa de donde vengamos, de donde procedamos, hacia donde vayamos. Solo queremos inyectarnos de una dosis de desenfreno, de ambiente bacanal para retener el tiempo y convertirlo en un aliado rebozado de diversión y una sensación de poderío desorbitante.

La juventud tiende a encapricharnos de todo lo que reluce en los alrededores; nos enamoramos y nos desengañamos casi al unísono. Como las teclas de un piano afinado, vamos tomando escalas que nos hacen subir y bajar por diferentes emociones que denotan una musicalidad versátil.

Componemos escenarios que resaltan la belleza más superflua, pero a la vez relevante para forjar una identidad que va madurando en un tiempo remilgado. Nuestro cuerpo físico centra toda la atención en los chiquillos que se miran en el espejo para crear una fisonomía retocada por kilos de maquillaje en las mejillas, párpados, contornos labiales. También el pelo sufre cambios drásticos: montones de brillantina, tupés, planchados, alisados y permanentes tienen mucha importancia en una etapa en la que el mundo es jovial y desatendido de obligaciones de imperante cumplimiento.

Vestidos provocativos, estrechos, ceñidos al cuerpo, que causan una necesidad febril a despertar deseos vehementes. Algunos más holgados, pero con una pizca de sensualidad y erotismo disimulado para dibujar esos perímetros oblicuos que marcan la forma de una anatomía realzada por una belleza tierna, pueril, inocentona, nada resentida por los contratiempos de la madurez y los achaques de una vejez ineludibles.

Desengaños amorosos son la cumbre de las preocupaciones en una fase en la que experimentamos nuestro cuerpo como un instrumento de atracción recíproca. La inclinación sexual y los roces y acercamientos afectuosos con el prójimo más accesible nos despiertan aquel jugo de goce en nuestras células, que aún con el decurso de los años, recordamos como una hazaña sagaz y nada pecaminosa.

En esa adolescencia que aparece repentina con cambios hormonales que determinan nuestras relaciones interpersonales, nos acercamos a un terreno repleto de peligrosidad. Jugamos a ser los galardones de una tarima en la que desfilan muchos estilistas de moda, personalidades que, como figurines pintados de hojas de hojaldre, podemos desmelenar nuestro encanto portentoso, pero también desmenuzarnos y flagelarnos cuando el encuentro con el prójimo no es correspondido.

La frustración, siempre efímera, marca una trayectoria que nos arrastra como el flujo del agua en una corriente desbordada hacia un estado exasperado en el que a veces podemos visualizar nuestro cuerpo como un armazón, que ya ha perdido el sentido de conservar la brecha del deseo.

Nos amarramos a amores que no acaban de calar dentro de un charco, concentrado de litros de besos proyectados por una pasión desenfrenada. Creemos que el amor se basa en la guapura de un envoltorio físico que luce piezas de ropa con un objetivo de seducción sugerente.

En esa adolescencia ficticia, la realidad no importa. El asentamiento de unas bases en las que la fidelidad, la nobleza y la solidaridad tengan cabida están prácticamente en desuso. No hay un planteamiento de formar un clan familiar atado por lazos enredados en una red tejida por el amor incondicional, nada postizo, nada adulterado.

Somos peces que buceamos en un mar en el que nos dejamos llevar por la presión del agua, descubriendo formas de vida de criaturas que posan galanteadas, diseñadas para prendar, para fascinar, para embelesar y hacer que todos los sentidos se derritan con un amor que no se concibe como un haz de luz pasajero, transitorio, que va a vencer en cualquier momento.

Son años en los que ignoramos a nuestros maestros mentores y viajamos a bordo de un barco que nos arrastrará hacia una isla desierta y es allí, cuando empezaremos a sobrevivir, como náufragos sin rumbo, hacia diferentes sucesivos planos, valiéndonos de nuestra propia inmadurez para encontrar aquellos frutos que nos vayan alimentando paso a paso hasta llegar a descubrir el verdadero sentido del desarrollo, cuyas escasas posesiones nos conduzcan hacia la delineación de nuestro estado existencial.



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