AÑOS
DE JUVENTUD
Estados del alma en los que el
crecimiento ralentiza. Estados en los que en una espiral parece que cualquier
realidad solemne vaya a desvanecerse en la nada más cóncava. No importa de
donde vengamos, de donde procedamos, hacia donde vayamos. Solo queremos
inyectarnos de una dosis de desenfreno, de ambiente bacanal para retener el tiempo
y convertirlo en un aliado rebozado de diversión y una sensación de poderío
desorbitante.
La juventud tiende a
encapricharnos de todo lo que reluce en los alrededores; nos enamoramos y nos
desengañamos casi al unísono. Como las teclas de un piano afinado, vamos tomando
escalas que nos hacen subir y bajar por diferentes emociones que denotan una
musicalidad versátil.
Componemos escenarios que resaltan
la belleza más superflua, pero a la vez relevante para forjar una identidad que
va madurando en un tiempo remilgado. Nuestro cuerpo físico centra toda la
atención en los chiquillos que se miran en el espejo para crear una fisonomía
retocada por kilos de maquillaje en las mejillas, párpados, contornos labiales. También el pelo sufre cambios drásticos: montones de brillantina, tupés, planchados,
alisados y permanentes tienen mucha importancia en una etapa en la que el mundo
es jovial y desatendido de obligaciones de imperante cumplimiento.
Vestidos provocativos, estrechos,
ceñidos al cuerpo, que causan una necesidad febril a despertar deseos
vehementes. Algunos más holgados, pero con una pizca de sensualidad y erotismo
disimulado para dibujar esos perímetros oblicuos que marcan la forma de una anatomía
realzada por una belleza tierna, pueril, inocentona, nada resentida por los
contratiempos de la madurez y los achaques de una vejez ineludibles.
Desengaños amorosos son la
cumbre de las preocupaciones en una fase en la que experimentamos nuestro
cuerpo como un instrumento de atracción recíproca. La inclinación sexual y los
roces y acercamientos afectuosos con el prójimo más accesible nos despiertan
aquel jugo de goce en nuestras células, que aún con el decurso de los años,
recordamos como una hazaña sagaz y nada pecaminosa.
En esa adolescencia que aparece
repentina con cambios hormonales que determinan nuestras relaciones interpersonales,
nos acercamos a un terreno repleto de peligrosidad. Jugamos a ser los
galardones de una tarima en la que desfilan muchos estilistas de moda, personalidades
que, como figurines pintados de hojas de hojaldre, podemos desmelenar nuestro
encanto portentoso, pero también desmenuzarnos y flagelarnos cuando el encuentro
con el prójimo no es correspondido.
La frustración, siempre efímera,
marca una trayectoria que nos arrastra como el flujo del agua en una corriente
desbordada hacia un estado exasperado en el que a veces podemos visualizar
nuestro cuerpo como un armazón, que ya ha perdido el sentido de conservar la
brecha del deseo.
Nos amarramos a amores que no
acaban de calar dentro de un charco, concentrado de litros de besos proyectados
por una pasión desenfrenada. Creemos que el amor se basa en la guapura de un envoltorio
físico que luce piezas de ropa con un objetivo de seducción sugerente.
En esa adolescencia ficticia,
la realidad no importa. El asentamiento de unas bases en las que la fidelidad,
la nobleza y la solidaridad tengan cabida están prácticamente en desuso. No hay
un planteamiento de formar un clan familiar atado por lazos enredados en una
red tejida por el amor incondicional, nada postizo, nada adulterado.
Somos peces que buceamos en un
mar en el que nos dejamos llevar por la presión del agua, descubriendo formas
de vida de criaturas que posan galanteadas, diseñadas para prendar, para fascinar,
para embelesar y hacer que todos los sentidos se derritan con un amor que no se
concibe como un haz de luz pasajero, transitorio, que va a vencer en cualquier
momento.
Son años en los que ignoramos
a nuestros maestros mentores y viajamos a bordo de un barco que nos arrastrará
hacia una isla desierta y es allí, cuando empezaremos a sobrevivir, como náufragos
sin rumbo, hacia diferentes sucesivos planos, valiéndonos de nuestra propia inmadurez
para encontrar aquellos frutos que nos vayan alimentando paso a paso hasta
llegar a descubrir el verdadero sentido del desarrollo, cuyas escasas posesiones nos conduzcan hacia la delineación de nuestro estado existencial.
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