domingo, 16 de febrero de 2020

VOLVER A EMPEZAR


 



VOLVER A EMPEZAR

Bebo el agua de un arroyo que depura todo rastro de un paso enfervorecido de experiencias degradadas de felicidad. Me enjuago la boca con un jabón que es capaz de encapsular con sus burbujas cualquier germen, que ha consumido mi voz, acallada, vendada, sometida a tantas bárbaras promesas torturantes. Me limpio el cuerpo con un gel de baño, que parece un brebaje elaborado por un maestro brujo que hace el efecto de cicatrizar cualquier cardenal que había sufrido por tantas caídas no accidentales, provocadas por zagales verdugos que jugaban a ser los héroes de la velada.

Mi cuerpo parece insonoro. Los músculos, como cuerdas musicales que tienen la particularidad de moverse de manera flexible, parece que han quedado oxidados por tantas noches de vigilia, entre la ensoñación y el despertar repentino, en el que pesadillas precedentes habían acompañado un sueño martirizante y nada reposador.

Me arrodillo de espaldas al sol, mientras veo las gaviotas en el mar susurrando con las onomatopeyas que dejan entonar un plumaje danzarín, que se somete al ritmo de la brisa marina, como un bailoteo que va y viene sin ánimo de interrumpir la actuación de gala de unas maestras veteranas.

Me pregunto cuantas veces no habré querido volar como las aves, sin ningún preámbulo, sin ninguna barrera restringida, sin ninguna norma impuesta por unas leyes burocráticas de exhortado cumplimiento.

En mis sueños infantiles siempre volaba cruzando puentes levadizos y levantaba muros de defensa; aquellas trincheras que no me atrevía a fortalecer contra los enemigos más predispuestos a ametrallarme con jugarretas improcedentes, que atentaban mi preciada dignidad.

Recuerdo que nunca desembocaba frente a un vacío que provocase en mi corazón un vuelco rotundo y giratorio; una especie de mareo por el empuje de una ingravidez que peleaba por verme estrellar en el pavimento más recóndito. Siempre había considerado que aquellas llamadas oníricas de alerta eran un símbolo de libertad que quería degustar. Nunca pensé que mi vida sería un molino de viento que rotaría a 360 grados sin dejar ningún rastro de mi existencia por una vida, en el fondo, inagotable.

Cada día era un suplicio, una forma de verme como un ser andrajoso, horripilante, tan sucio y execrable como una fiera indómita, que ya no se presta al amaestramiento necesario para brincar de forma pacífica ante los prados y las colinas circundantes, sin necesidad de depredar por puro placer.

El aquí y el ahora, no obstante, están produciendo un resultado que casi me hace enardecer de alegría. Los sueños, compañeros fieles que me  acompañaron en el desarrollo y crecimiento infantil, han derruido una fortaleza amurallada y han permitido despejar la nebulosidad, padecida por una ciega capacidad a poder desprenderme de aquellas reminiscencias remotas, tan peliagudas y atormentadoras por una infancia rematadamente apagada de festividad y luces joviales.

Ahora estoy en apariencia ante un casillero muerto. Parece que la rueda de la vida adopta un giro de inercia que no tiene el poderío de innovar ni impresionar mis quehaceres cotidianos con nuevas formas de percibir mi mundo privado.

 Es solo una apariencia, ya que el ahora es aquella tabla de surfea por un mar lleno de agua atolondrada, pero que a la vez purifica recuerdos putrefactos, de anécdotas que forjaron una tela de hilos pendidos en un techo que no tenia sostenibilidad.

En el aquí, puedo ver las marismas, caminando cerca de una playa y las cordilleras en lo alto de una aldea perdida y cualquier paisaje me parece un punto de partida imprescindible para desenredar los cabos que no permitían antes el amarre con la superficie de la tierra. Ese caminar espontáneo por diferentes espacios abiertos, lugares exóticos, esferas terrestres vírgenes de mares agitados y montañas apaciguadas que, por fin, seguro me trasladarán hacia un teatro realístico, que ya no acepta falacias ni presuntas actuaciones vejatorias.

Cada día recobra un sentido que tiene veracidad, aunque pequeñas manchas de un alma chamuscada por un sufrimiento lejano intenten atisbar su asomo indiscreto. En este momento, me siento más anclada en un mundo que me ofrece una pirámide llena de eslabones que me permito subir con fuerza hasta llegar al pináculo, alumbrado por un sol rollizo, que ya solo focaliza un remanso de paz y una jubilosa armonía.



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