LA
SOMBRA DEL DESTINO
Años de juventud que se inician
con un gusto empalagoso en los labios de Anabela. Recorre callejuelas en una
ciudad masacrada por un tránsito incesante. Su intención es asentar los
cimientos para hacer posada en un lugar que no le recuerde los amargos
sinsabores de un pasado salpicado por una amargura y un terror que embriagaban
sus venas y entrañas. Ahora es hora de partir hacia nuevas líneas visibles, en
las que una perspectiva mucho más prometedora pueda arrebatarle años de penurias
y fatales infamias vividas sin demora.
Su sueño es poder hacer
realidad un alojamiento en el seno de una familia humilde que le conceda cobijo
y amparo. Una familia que no se mofe de su aparente fragilidad tan puntiaguda,
tan afilada y sumamente socavada por un vacío que la corroe y la empuja a creer,
que una salida de socorro no puede verse convertible.
El trayecto que recorre es
arduo. Un templo de acogida inmaduro, cosechado de rencores, envidias y un afán
de dominio intransigente, no permiten que la muchacha pueda batirse en retirada
cuando la noche asoma, con sus compuertas selladas, una oscuridad que invita al
deleitante reposar.
En aquel lugar tétrico Anabela
aprende a callar la voz del reclamo y la protesta. Una indefensión profunda se
ensaña para velarla frente cualquier signo de reivindicación a su libertad, tan
oprimida y enmarañada de recuerdos de un antaño caducado, pero a la vez vívido.
Parece que un sinfín de oportunidades para escapar de una mazmorra singular que
la increpa y amonesta por ser tan permisiva, se encuentra vigente. Ella puede
crear, diseñar a partir de labores artesanales prendas de vestir con bordados,
una eternidad de ilustrados colores y formas que no tienen desperdicio alguno.
Son pequeñas obras de arte que ella confecciona y la ausentan de unas cadenas carcelarias
sin una escapatoria inminente.
Muchos encuentros fortuitos
con colegas del trabajo permiten a la mozuela tener una brecha para estrechar lazos
que en la casa de acogida no tienen consumación alguna. Con su carácter, muy en
el fondo extrovertido y de una dulzura contagiosa puede percibir miradas cómplices,
cercanas y conmiseradas. Las personas del entorno desconocen su linaje
ancestral; ignoran la procedencia de Anabela y en qué lugar está conviviendo episodios
de calvario maximizado. Ella es prudente y cauta, pero en su fuero interno desea
escapar de una prisión, en la que no encontrará jamás un torrente masivo de
alicientes que reviertan la infelicidad que la corrompe.
En el podio de un auditorio, a
veces acude para dejar expresar su cuerpo con bailes desenfrenados, el encanto
coqueto y refinado que la enmascara. En el podio todos los acechados males de
un clima malherido ya parecen sacudirse y dejar un barrido de toxicidad fuera
del alcance más accesible.
Un hombre veinteañero la mira,
la observa, la repasa con meticulosidad, sin perderse ningún resquicio que enmarca
la anatomía de Anabela. Ella no se da cuenta, aunque un presentimiento ambiguo
y controvertido la cizaña internamente. Los pasos son rápidos, ligeros, quieren
converger en un local de luces destellantes y una multitud enfrascada en risas,
griterío, aplausos y aclamaciones intercaladas.
Quien iba a decir que dentro
de un año Anabela pisaría un santuario que la convertiría en un manto empañado
de lágrimas solidificadas; una mártir que no encontraría aquella libertad tan
urgida por una trayectoria retrospectiva desoladora y penitente. La unión
sacramental sería un oasis en el que la soledad más dilatada y el boicot
impuesto por un cónyuge avinagrado y destinado a enterrar los placeres más mundanos,
no tendrían enmienda.
Anabela, en el ahora, después
de cincuenta años se lastima, se compadece, pero también aborrece la elección que,
con sus garras, tan ciegamente la atrapó. Ahora ve el pecado desde el umbral de
una puerta de la que, con su equipaje, podía haber huido. Frente a ella ve un túnel
de reflejos penumbrosos que han cambiado su rumbo de vida. Aquella libertad que
de niña anhelaba y creía que algún día hallaría quedó truncada por un deseo
febril a buscar la felicidad en un hombre que se retractaría a poseerla y a
gozarla sin reservas.
¡Que desdicha la mía! –se
repite. “Algún día Dios me acogerá en sus brazos para cobijarme en un aposento
etéreo donde beba agua bendita y pueda redimir mi alma ante un cúmulo de
errores cometidos por una vida mediocre”.” Algún día veré la luz del alba en un
plano celestial en el que el caudal del tormento ya no me atentará en demasía. Espero
tener aquella libertad robada que de niña imploraba con frenesí”.
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