domingo, 9 de febrero de 2020

LA SOMBRA DEL DESTINO


 




LA SOMBRA DEL DESTINO

Años de juventud que se inician con un gusto empalagoso en los labios de Anabela. Recorre callejuelas en una ciudad masacrada por un tránsito incesante. Su intención es asentar los cimientos para hacer posada en un lugar que no le recuerde los amargos sinsabores de un pasado salpicado por una amargura y un terror que embriagaban sus venas y entrañas. Ahora es hora de partir hacia nuevas líneas visibles, en las que una perspectiva mucho más prometedora pueda arrebatarle años de penurias y fatales infamias vividas sin demora.

Su sueño es poder hacer realidad un alojamiento en el seno de una familia humilde que le conceda cobijo y amparo. Una familia que no se mofe de su aparente fragilidad tan puntiaguda, tan afilada y sumamente socavada por un vacío que la corroe y la empuja a creer, que una salida de socorro no puede verse convertible.

El trayecto que recorre es arduo. Un templo de acogida inmaduro, cosechado de rencores, envidias y un afán de dominio intransigente, no permiten que la muchacha pueda batirse en retirada cuando la noche asoma, con sus compuertas selladas, una oscuridad que invita al deleitante reposar.

En aquel lugar tétrico Anabela aprende a callar la voz del reclamo y la protesta. Una indefensión profunda se ensaña para velarla frente cualquier signo de reivindicación a su libertad, tan oprimida y enmarañada de recuerdos de un antaño caducado, pero a la vez vívido. Parece que un sinfín de oportunidades para escapar de una mazmorra singular que la increpa y amonesta por ser tan permisiva, se encuentra vigente. Ella puede crear, diseñar a partir de labores artesanales prendas de vestir con bordados, una eternidad de ilustrados colores y formas que no tienen desperdicio alguno. Son pequeñas obras de arte que ella confecciona y la ausentan de unas cadenas carcelarias sin una escapatoria inminente.

Muchos encuentros fortuitos con colegas del trabajo permiten a la mozuela tener una brecha para estrechar lazos que en la casa de acogida no tienen consumación alguna. Con su carácter, muy en el fondo extrovertido y de una dulzura contagiosa puede percibir miradas cómplices, cercanas y conmiseradas. Las personas del entorno desconocen su linaje ancestral; ignoran la procedencia de Anabela y en qué lugar está conviviendo episodios de calvario maximizado. Ella es prudente y cauta, pero en su fuero interno desea escapar de una prisión, en la que no encontrará jamás un torrente masivo de alicientes que reviertan la infelicidad que la corrompe.

En el podio de un auditorio, a veces acude para dejar expresar su cuerpo con bailes desenfrenados, el encanto coqueto y refinado que la enmascara. En el podio todos los acechados males de un clima malherido ya parecen sacudirse y dejar un barrido de toxicidad fuera del alcance más accesible.

Un hombre veinteañero la mira, la observa, la repasa con meticulosidad, sin perderse ningún resquicio que enmarca la anatomía de Anabela. Ella no se da cuenta, aunque un presentimiento ambiguo y controvertido la cizaña internamente. Los pasos son rápidos, ligeros, quieren converger en un local de luces destellantes y una multitud enfrascada en risas, griterío, aplausos y aclamaciones intercaladas.

Quien iba a decir que dentro de un año Anabela pisaría un santuario que la convertiría en un manto empañado de lágrimas solidificadas; una mártir que no encontraría aquella libertad tan urgida por una trayectoria retrospectiva desoladora y penitente. La unión sacramental sería un oasis en el que la soledad más dilatada y el boicot impuesto por un cónyuge avinagrado y destinado a enterrar los placeres más mundanos, no tendrían enmienda.

Anabela, en el ahora, después de cincuenta años se lastima, se compadece, pero también aborrece la elección que, con sus garras, tan ciegamente la atrapó. Ahora ve el pecado desde el umbral de una puerta de la que, con su equipaje, podía haber huido. Frente a ella ve un túnel de reflejos penumbrosos que han cambiado su rumbo de vida. Aquella libertad que de niña anhelaba y creía que algún día hallaría quedó truncada por un deseo febril a buscar la felicidad en un hombre que se retractaría a poseerla y a gozarla sin reservas.

¡Que desdicha la mía! –se repite. “Algún día Dios me acogerá en sus brazos para cobijarme en un aposento etéreo donde beba agua bendita y pueda redimir mi alma ante un cúmulo de errores cometidos por una vida mediocre”.” Algún día veré la luz del alba en un plano celestial en el que el caudal del tormento ya no me atentará en demasía. Espero tener aquella libertad robada que de niña imploraba con frenesí”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...