UN ANHELO SUICIDA
–¿Qué
haces aquí?
Una
voz despedazada, que resquebraja las paredes rocosas y escarpadas de un mudo
acantilado, se estrella contra el eco ingrávido de un espacio inamovible.
–¿Me oyes? Te pregunto qué estás haciendo aquí.
–No lo sé –respondo tímidamente ante una
inconsciencia empecinada a hacer rebrotar la semilla de la verdad; una verdad
emponzoñada que no late; no vibra al compás de la brisa matutina, que salpica
una corriente de aire enfurecida y provoca un retumbo en los sentidos con su
insolente vaivén.
–Dios mío, ¿qué hago aquí?
La insistencia
casi lastima. La voz flaquea y se desmenuza por el temblor arrollador al ver un
vacío temerario.
Una
abalanza de sombras entretejidas por una penumbra que arremete, aparecen
danzarinas frente a unas pupilas que miran exhaustas y vencidas ante el portentoso
dolor.
Me apeo
en el borde y veo una silueta oscura que, con su mantilla, pretende impelerme
hacia un estado ensoñado.
–Muerte,
¿eres tú? No te quedes taciturna. Tantos años envuelta de amores extraños que
me acogían y rechazaban, que me abrigaban y despojaban, que me arrojaban a un
vertido de soledad que nunca amainaba…
La
muerte me invita a complacerla:
–¡No, todavía, no! –grito.
Miro hacia abajo con desdén y dejo que el
viento cristalice la opacidad de los recuerdos y el sol fulgure las turbias
ideas, mientras se desparrama el rocío lacrimoso en desconsuelo que arrastra
memorias agridulces, vela imágenes, teñidas de un beige mustio, y amordaza
palabras atenazadoras y ultrajantes.
Y la emborronada
ceguera pregunta:
–¿Mi libertad? ¿Es este abrumador silencio?
Una mueca burlona, que queda estampada ante el abismo que pretendía mofarse de mi fragilidad, ahora por fin convertida en una lacra del pasado, cuyo lecho, lleno de espinas encrespadas, se desintegra junto a un vilo nauseabundo.
–Quizás…
No hay comentarios:
Publicar un comentario