SONRISAS
Y LÁGRIMAS
Semblantes agrios se prestan a
mostrar su más rotundo enfado. Bebés que se enfurruñan, patalean, gimen con una
apasionada fuerza que hace retintinear el recinto que ocupan. Seres angelicales,
con rostros indefinidos, turbados por una inocencia entonada, intentan buscar
un aposento para hacerse dueños de su integridad recién estrenada.
Niños que nacen en el seno
materno con esbozos de alegría que no se desgasta con el paso del tiempo;
permanecen sonrosados, rebozados por una faz procedente de un paraíso bullente
de pócimas mágicas, fenómenos todopoderosos que los absuelven ante cualquier
ínfimo delito moral.
A lo largo de su desarrollo,
pueden ser amparados por una educación que los armará de valor para comerse el
mundo de un solo bocado; podrán abrazar los eventos prósperos y adversos sin
sentir la huella del fracaso pisar en sus talones agrietados; podrán repasar
con meticulosidad cada día vivido sin represalias, sin increpaciones ni
remordimientos, más allá del sentimiento social tan impuesto por una culpa pesante
y casi enfermiza.
Otros bebés, en el fondo,
aprenderán a sorber cada gota de tristeza en un corazón malherido y chamuscado
por un cremor rabioso, exacerbado, que peca todos los días convirtiéndose en el
héroe de la velada afrontada. Madres y padres no sabrán encauzarlos hacia la
fuente de la sabiduría, hacia los principios básicos de un bienestar integral;
unas pautas y dogmas en los que la ética más obedecida pueda gestar frutos de
confianza y seguridad.
Tantas noches y días buscando un
sonreír, tramando deseos sellados dentro de una imaginación voraz para poderlos
poner en escena sin privación ni truncamientos. La infancia busca la felicidad
en el alma menos adulterada por los trajines de una vida alocada, siempre cronometrada
bajo un ritmo temporal enloquecido y contumaz. Los niños juegan a ser divas de
un escenario para ellos todavía inalterado por la adultez y las miserias que
arrastran dolor y penalidades.
Creen en el poder esotérico de
un universo que para los infantes está en proceso de reconstrucción. En sus
mentes infantiles, sus deseos esconden cuentos, fábulas, cómics, todo un sinfín
de ilustraciones, viñetas, bocados de palabras que exclaman un impacto sorpresa
que quedará precintado en unas almas imborrables.
Las noches de fábula acaban
cesando su existencia cuando la madurez alcanza su álgido despertar. Como
personas adiestradas, curtidas y marcadas por cicatrices de contratiempos no
desechados, perdemos la candidez de esa magia enjaulada en nuestra memoria,
adquirida y guardada como un amuleto afortunado, que engendra prosperidad y
buenaventura.
El paso de la edad nos aleja
de aquella primera sonrisa perfilada en la comisura de unos labios carnosos,
enrojecidos, casi ovalados por un movimiento de cierre y apertura simultáneos.
Nos hace olvidar que somos entidades que nacemos con un bagaje tatuado en nuestros
genes, pero a la vez somos individuos que podemos cultivar y fortalecernos de
una alegría de debería prender fuego en nuestros cuerpos y formar una hoguera
en el alma, tan mustia por las cargas y los infortunios que se afrontan sin
poder ser despojados.
En el ahora tenemos siempre
una rendija abierta hacia nuevos caminos llenos de vanguardia y estabilidad
emocional. Necesitamos encontrar el acertijo que nos inspire a inundarnos de
goce por una vida, que nos ha llegado de milagro, y encontrar la panacea para
liberarnos de tantas noches en vela, tantos llantos desparramados entre sábanas
y pañuelos empapados, tantos apenamientos y tanta congoja comprimida y poder
transmutarlos en pura gracia y concordia.
En el fondo la tragedia y la
comedia están insertadas en el mismo poro. La comedia está marcada por la
virtud de poder sonreír ante una parodia teatral que nos hace vibrar en las butacas
de un salón de actos y la tristeza, por un acto dramático que nos derrumba, nos
vuelca hacia la deriva y nos convierte en náufragos supervivientes ante un
destino siniestral.
En ese caos matizado por
llantos y risas, la serenidad debería tener un protagonismo imperioso para mantener
la mente fría y calculadora y poder emprender, con un espíritu resolutivo, la
senda que nos embarque hacia esa felicidad quimérica, formada por luces y
sombras que van condecorando escenarios paralelos que circulan en una concordancia
bien pactada y avenida.
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