miércoles, 12 de febrero de 2020

SONRISAS Y LÁGRIMAS


 



SONRISAS Y LÁGRIMAS

Semblantes agrios se prestan a mostrar su más rotundo enfado. Bebés que se enfurruñan, patalean, gimen con una apasionada fuerza que hace retintinear el recinto que ocupan. Seres angelicales, con rostros indefinidos, turbados por una inocencia entonada, intentan buscar un aposento para hacerse dueños de su integridad recién estrenada.

Niños que nacen en el seno materno con esbozos de alegría que no se desgasta con el paso del tiempo; permanecen sonrosados, rebozados por una faz procedente de un paraíso bullente de pócimas mágicas, fenómenos todopoderosos que los absuelven ante cualquier ínfimo delito moral.

A lo largo de su desarrollo, pueden ser amparados por una educación que los armará de valor para comerse el mundo de un solo bocado; podrán abrazar los eventos prósperos y adversos sin sentir la huella del fracaso pisar en sus talones agrietados; podrán repasar con meticulosidad cada día vivido sin represalias, sin increpaciones ni remordimientos, más allá del sentimiento social tan impuesto por una culpa pesante y casi enfermiza.

Otros bebés, en el fondo, aprenderán a sorber cada gota de tristeza en un corazón malherido y chamuscado por un cremor rabioso, exacerbado, que peca todos los días convirtiéndose en el héroe de la velada afrontada. Madres y padres no sabrán encauzarlos hacia la fuente de la sabiduría, hacia los principios básicos de un bienestar integral; unas pautas y dogmas en los que la ética más obedecida pueda gestar frutos de confianza y seguridad.

Tantas noches y días buscando un sonreír, tramando deseos sellados dentro de una imaginación voraz para poderlos poner en escena sin privación ni truncamientos. La infancia busca la felicidad en el alma menos adulterada por los trajines de una vida alocada, siempre cronometrada bajo un ritmo temporal enloquecido y contumaz. Los niños juegan a ser divas de un escenario para ellos todavía inalterado por la adultez y las miserias que arrastran dolor y penalidades.

Creen en el poder esotérico de un universo que para los infantes está en proceso de reconstrucción. En sus mentes infantiles, sus deseos esconden cuentos, fábulas, cómics, todo un sinfín de ilustraciones, viñetas, bocados de palabras que exclaman un impacto sorpresa que quedará precintado en unas almas imborrables.

Las noches de fábula acaban cesando su existencia cuando la madurez alcanza su álgido despertar. Como personas adiestradas, curtidas y marcadas por cicatrices de contratiempos no desechados, perdemos la candidez de esa magia enjaulada en nuestra memoria, adquirida y guardada como un amuleto afortunado, que engendra prosperidad y buenaventura.

El paso de la edad nos aleja de aquella primera sonrisa perfilada en la comisura de unos labios carnosos, enrojecidos, casi ovalados por un movimiento de cierre y apertura simultáneos. Nos hace olvidar que somos entidades que nacemos con un bagaje tatuado en nuestros genes, pero a la vez somos individuos que podemos cultivar y fortalecernos de una alegría de debería prender fuego en nuestros cuerpos y formar una hoguera en el alma, tan mustia por las cargas y los infortunios que se afrontan sin poder ser despojados.

En el ahora tenemos siempre una rendija abierta hacia nuevos caminos llenos de vanguardia y estabilidad emocional. Necesitamos encontrar el acertijo que nos inspire a inundarnos de goce por una vida, que nos ha llegado de milagro, y encontrar la panacea para liberarnos de tantas noches en vela, tantos llantos desparramados entre sábanas y pañuelos empapados, tantos apenamientos y tanta congoja comprimida y poder transmutarlos en pura gracia y concordia.

En el fondo la tragedia y la comedia están insertadas en el mismo poro. La comedia está marcada por la virtud de poder sonreír ante una parodia teatral que nos hace vibrar en las butacas de un salón de actos y la tristeza, por un acto dramático que nos derrumba, nos vuelca hacia la deriva y nos convierte en náufragos supervivientes ante un destino siniestral.

En ese caos matizado por llantos y risas, la serenidad debería tener un protagonismo imperioso para mantener la mente fría y calculadora y poder emprender, con un espíritu resolutivo, la senda que nos embarque hacia esa felicidad quimérica, formada por luces y sombras que van condecorando escenarios paralelos que circulan en una concordancia bien pactada y avenida.




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