CÚSPIDES
DE NIEVE
Inviernos espolvoreados por manchas
finas de tintura albina que ya no se prestan a desparecer. Picos escarpados,
pináculos protuberantes, cordilleras en cadena que serpentean formando hileras heterogéneas,
pero compenetradas.
La sierra del Cadí es un lugar
de ensueño en el que me puedo dejar embaucar de recreación. Todas las montañas
forman aquella inclinación vertical que invita a practicar escalada hasta
llegar a la cumbre más alta, en el que un mirador frontal permite, con un diseño
panorámico estratosférico, admirar los Pirineos Orientales
La época hibernal tiene un
ocultismo inherente que no asoma la cabeza hasta que no se contempla la esencia
de una perspectiva cristalizada. Las aldeas más cercanas a esta cordillera quedan
esculpidas por una nieve casi siberiana, procedente de las tierras de la Unión
Soviética. También desprenden un aroma a tierra escandinava; a aquellos trineos
que los renos, en los memorables episodios navideños, viajan encorsetados
dentro de una memoria infantil con Santa Claus, para repartir millones de
regalos y encandilar rostros hipnotizados por una incertidumbre placentera.
Los picos más altos de la
Sierra del cadí invitan a fotografiar en cliché aquellas puestas de sol que
entremezclan tonos anaranjados y amarillentos, fusionados en tonalidades
impresionistas, coloreadas con una gracia nada artificiosa.
En casa de mis abuelos
maternos puedo contemplar, con un pasamontaña y unas botas de nieve, la altitud
en que ésta funda su aposento e ilustra, con su radiante blancura, una
distintiva etiqueta que ya jamás podría dirimirse.
A veces visualizo visitar el
Cadí, cogiendo una mochila de camping para hacer posada en las vanagloriosas
montañas, tan reconocidas en una Catalunya popular. A veces quisiera alcanzar,
igual que Kilian Jornet, aquella altura en la que viese ondular en el
firmamento el aleteo de aves impasibles ante unas montañas alzadas y rebosantes
de regocijo y esplendor. Tanta nieve almacenada, en unos picos descubiertos por
vértices protuberantes y tan maravillosamente asimétricos, debería ser abastecida
por una niña que desea consolidar su afán más primitivo por aprisionar un escenario
tan efervescente de pureza blanquecina.
Desafortunadamente, el sueño
no llega a su realización alcanzable y las cúspides de nieve, arremangadas
hasta la cabeza piramidal más sobresalida, continúan prescindibles frente a mis
anhelos entusiastas y deseosos de consagrar.
Las excursiones a la Sierra
del cadí forran en mí un propósito de futuro que de niña esperaba cubrir. Las
hectáreas, tan vastas e inacabables en recorrido, querría que fuesen un
incentivo, un lugar de visita alistado en mi agenda semanal de senderismo en
diferentes territorios comarcales de la Catalunya autonómica.
La nieve tan dispar, tan impredecible,
tan invasora y a la vez apacible, gratificadora y escultural, no puede dejar de
embelesar mis neuronas receptivas y focalizadas ante la majestuosidad de una
naturaleza estacional poblada de fenómenos meteorológicos divinos, pictóricos,
dignos de enmarque y de congelación recomendables y merecedores.
El cadí, no visitado por mí
desde hace veinte años, habrá transformado su aspecto glacial. El invierno
nevado tendrá probablemente otros reflejos cromáticos, que deslumbraran la
retina ocular al proyectarla hacia los picos infinitos de unas montañas enamoradas
y cautivadas por la sucesión de copos caídos, desde las inmensidades de un cielo
ensombrecido de luces grisáceas. Aún así, mi deseo ferviente persiste y muy
prontamente quisiera galardonar esa sierra con fotografías, que no se vieran
tentadas hacia el olvido más insensible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario