miércoles, 12 de febrero de 2020

CÚSPIDES DE NIEVE




CÚSPIDES DE NIEVE

Inviernos espolvoreados por manchas finas de tintura albina que ya no se prestan a desparecer. Picos escarpados, pináculos protuberantes, cordilleras en cadena que serpentean formando hileras heterogéneas, pero compenetradas.

La sierra del Cadí es un lugar de ensueño en el que me puedo dejar embaucar de recreación. Todas las montañas forman aquella inclinación vertical que invita a practicar escalada hasta llegar a la cumbre más alta, en el que un mirador frontal permite, con un diseño panorámico estratosférico, admirar los Pirineos Orientales 

La época hibernal tiene un ocultismo inherente que no asoma la cabeza hasta que no se contempla la esencia de una perspectiva cristalizada. Las aldeas más cercanas a esta cordillera quedan esculpidas por una nieve casi siberiana, procedente de las tierras de la Unión Soviética. También desprenden un aroma a tierra escandinava; a aquellos trineos que los renos, en los memorables episodios navideños, viajan encorsetados dentro de una memoria infantil con Santa Claus, para repartir millones de regalos y encandilar rostros hipnotizados por una incertidumbre placentera.

Los picos más altos de la Sierra del cadí invitan a fotografiar en cliché aquellas puestas de sol que entremezclan tonos anaranjados y amarillentos, fusionados en tonalidades impresionistas, coloreadas con una gracia nada artificiosa.

En casa de mis abuelos maternos puedo contemplar, con un pasamontaña y unas botas de nieve, la altitud en que ésta funda su aposento e ilustra, con su radiante blancura, una distintiva etiqueta que ya jamás podría dirimirse.

A veces visualizo visitar el Cadí, cogiendo una mochila de camping para hacer posada en las vanagloriosas montañas, tan reconocidas en una Catalunya popular. A veces quisiera alcanzar, igual que Kilian Jornet, aquella altura en la que viese ondular en el firmamento el aleteo de aves impasibles ante unas montañas alzadas y rebosantes de regocijo y esplendor. Tanta nieve almacenada, en unos picos descubiertos por vértices protuberantes y tan maravillosamente asimétricos, debería ser abastecida por una niña que desea consolidar su afán más primitivo por aprisionar un escenario tan efervescente de pureza blanquecina.

Desafortunadamente, el sueño no llega a su realización alcanzable y las cúspides de nieve, arremangadas hasta la cabeza piramidal más sobresalida, continúan prescindibles frente a mis anhelos entusiastas y deseosos de consagrar.

Las excursiones a la Sierra del cadí forran en mí un propósito de futuro que de niña esperaba cubrir. Las hectáreas, tan vastas e inacabables en recorrido, querría que fuesen un incentivo, un lugar de visita alistado en mi agenda semanal de senderismo en diferentes territorios comarcales de la Catalunya autonómica.

La nieve tan dispar, tan impredecible, tan invasora y a la vez apacible, gratificadora y escultural, no puede dejar de embelesar mis neuronas receptivas y focalizadas ante la majestuosidad de una naturaleza estacional poblada de fenómenos meteorológicos divinos, pictóricos, dignos de enmarque y de congelación recomendables y merecedores.

El cadí, no visitado por mí desde hace veinte años, habrá transformado su aspecto glacial. El invierno nevado tendrá probablemente otros reflejos cromáticos, que deslumbraran la retina ocular al proyectarla hacia los picos infinitos de unas montañas enamoradas y cautivadas por la sucesión de copos caídos, desde las inmensidades de un cielo ensombrecido de luces grisáceas. Aún así, mi deseo ferviente persiste y muy prontamente quisiera galardonar esa sierra con fotografías, que no se vieran tentadas hacia el olvido más insensible.





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