lunes, 10 de febrero de 2020

LAS ESPINAS DE LAS ROSAS


 




LAS ESPINAS DE LAS ROSAS

La noche contiene un embrujo que expone a las almas en vigilia a abandonar la conciliación de un sueño reparador. Locales nocturnos sirven deliciosos cócteles a los clientes mientras éstos se estremecen de disfrute viendo en las pasarelas artistas que muestran su cuerpo desnudo y flácido. Luces sicodélicas y fosforitas provocan un efecto cegador que no pasa desapercibido. Elizabeth lo sabe. Ella ha trabajado durante quince años como dama de compañía en un burdel cerca de la zona del Raval.

Una niñez turbulenta y una adolescencia arremolinada de surcos que no consentían una estabilidad familiar, la impulsaron a abandonar el hogar a los diecisiete años. Desde aquel entonces, en la época en la que la dictadura estaba en pleno apogeo, se veía con ojos inquisidores que alguien de complexión femenina tuviera que ganarse el pan, exponiendo su intimidad frente a espectadores ávidos por descubrir la apetencia lasciva, usando como medio el contacto visual.

Ella retraída, acomplejada y desesperada por una situación personal calamitosa, charlaba con cuarentones y en dinero negro, con la ayuda de un mánager guardaespaldas que la contrataba de manera ilegal a horas convenidas, podía sustentar a cuatro hijos huérfanos de padre.

El marido la maltrataba y gozaba obligándola a tomar roce con las sábanas más enrolladas, a una relación enfermiza y contagiada por un abuso a la intimidad y la honra. Ella mascullaba palabras de odio, de ira incendiada, de repudio hacia un marido que le imponía el deber de procrear, ajeno a la voluntad de una mujer que no se veía capaz de afrontar el instinto maternal ni educar a zagales en pleno desarrollo y crecimiento.

Los gritos de medianoche no soplaban un estruendo masivo de fonemas; las palabras no podían articularse ni pronunciarse. Cada noche espeluznante tenia un color de mercromina, demacrado, amoratado por acosos que ya no podían denunciarse.

Una época dictatorial y patriarcal era la raíz hegemónica que no permitía a las mujeres imponer su criterio en una sociedad descompensada en igualdad de derechos y condiciones.

 Elizabeth muchos días huía. Intentaba hablar con primas que vivían cerca del Raval. Allí, mientras el cónyuge trabajaba como asesor financiero en una sucursal del banco popular, ella se explayaba y desconectaba con mujercitas que llevaban de carabina a las madres o alguna figura de autoridad superior.

Después de replantearse la opción de una separación informal, su marido enfermó y murió de tuberculosis. Ella parecía sulfurar de júbilo; una alegría incontenible brotaba por unas arterias que parecía tenía disecadas, casi gélidas.   

La situación económica presentaba una precariedad que debía afrontar prontamente. Su prima Aurora le hablo de un local cerca de la Paloma que podía visitar. Aurora conocía el gerente y muy pronto, después de una entrevista rápida, le ofrecería un empleo no declarado, en el que debería tratar de contentar y saciar las peticiones de clientes sedientos por consumar un deseo carnal.

Allí comenzó el mayor de los altercados. Ella ya tenía cuatro retoños que mantener. Pedir limosna, viajar en el metro cantando, bailando o posando en las Ramblas como una maniquí, sin rostro ni figura no la convencían ni la ayudaban a recaudar unas monedas extra, para suplir las carencias tan febriles de una familia fragmentada.

Los clientes asomaban el olfato para poder intercambiar placeres superficiales, aunque ella casi siempre se encontraba con hombres que vivían en míseras circunstancias. Viudos, solterones empedernidos, casados adúlteros, mujeriegos consagrados, degenerados sexuales entraban en hilera mientras veían cómo Elizabeth con un sujetador de lentejuelas y un tanga, bailaba colgada de una barra metálica en un estrado circular. Muchos billetes eran depositados a lo largo de las actuaciones de la noche. 

Ella sufría en silencio. Sentía su corazón desacompasado, marcado por un latir que ya no se prestaba rítmico, sintonizado ante el mundo que pisaba.

La mayoría de los caballeros la solicitaban para poder desahogarse y arrojar con palabras de apenamiento una vida llena de fisuras, grietas y perforaciones no rebozadas de satisfacción. Otros para proceder a la cópula mecanizada y ejecutada con frivolidad.

Cuando tomaba contacto con la almohada, Elizabeth era un bálsamo de confesiones clandestinas que ella utilizaba para golpear su terrible descontento frente a un mundo peleón y sangrante que no defendía bajo ningún concepto.

El sigilo la acogía y escuchaba como algún hombre había querido insinuarle una relación de noviazgo. Ella siempre negaba la posibilidad de un nuevo hallazgo sentimental. El romanticismo y el amor platónico habían quedado volcados en un terreno barrancoso irrevocable.  Tantos años de entierro en un hogar muy comparable a una tumba llena de tinieblas embalsamadas, escarmentaron a la muchacha y la endurecieron, no permitiendo nuevas esencias florales, de aromas fragantes, cosechados por relaciones respetuosas, complacientes y fidedignas.





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