LAS
ESPINAS DE LAS ROSAS
La noche contiene un embrujo
que expone a las almas en vigilia a abandonar la conciliación de un sueño reparador.
Locales nocturnos sirven deliciosos cócteles a los clientes mientras éstos se
estremecen de disfrute viendo en las pasarelas artistas que muestran su cuerpo
desnudo y flácido. Luces sicodélicas y fosforitas provocan un efecto cegador
que no pasa desapercibido. Elizabeth lo sabe. Ella ha trabajado durante quince
años como dama de compañía en un burdel cerca de la zona del Raval.
Una niñez turbulenta y una
adolescencia arremolinada de surcos que no consentían una estabilidad familiar,
la impulsaron a abandonar el hogar a los diecisiete años. Desde aquel entonces,
en la época en la que la dictadura estaba en pleno apogeo, se veía con ojos
inquisidores que alguien de complexión femenina tuviera que ganarse el pan,
exponiendo su intimidad frente a espectadores ávidos por descubrir la apetencia
lasciva, usando como medio el contacto visual.
Ella retraída, acomplejada y
desesperada por una situación personal calamitosa, charlaba con cuarentones y
en dinero negro, con la ayuda de un mánager guardaespaldas que la contrataba de
manera ilegal a horas convenidas, podía sustentar a cuatro hijos huérfanos de
padre.
El marido la maltrataba y gozaba
obligándola a tomar roce con las sábanas más enrolladas, a una relación
enfermiza y contagiada por un abuso a la intimidad y la honra. Ella mascullaba
palabras de odio, de ira incendiada, de repudio hacia un marido que le imponía
el deber de procrear, ajeno a la voluntad de una mujer que no se veía capaz de
afrontar el instinto maternal ni educar a zagales en pleno desarrollo y
crecimiento.
Los gritos de medianoche no soplaban
un estruendo masivo de fonemas; las palabras no podían articularse ni pronunciarse.
Cada noche espeluznante tenia un color de mercromina, demacrado, amoratado por
acosos que ya no podían denunciarse.
Una época dictatorial y patriarcal
era la raíz hegemónica que no permitía a las mujeres imponer su criterio en una
sociedad descompensada en igualdad de derechos y condiciones.
Elizabeth muchos días huía. Intentaba hablar con
primas que vivían cerca del Raval. Allí, mientras el cónyuge trabajaba como
asesor financiero en una sucursal del banco popular, ella se explayaba y
desconectaba con mujercitas que llevaban de carabina a las madres o alguna
figura de autoridad superior.
Después de replantearse la
opción de una separación informal, su marido enfermó y murió de tuberculosis.
Ella parecía sulfurar de júbilo; una alegría incontenible brotaba por unas
arterias que parecía tenía disecadas, casi gélidas.
La situación económica
presentaba una precariedad que debía afrontar prontamente. Su prima Aurora le
hablo de un local cerca de la Paloma que podía visitar. Aurora conocía el
gerente y muy pronto, después de una entrevista rápida, le ofrecería un empleo
no declarado, en el que debería tratar de contentar y saciar las peticiones de
clientes sedientos por consumar un deseo carnal.
Allí comenzó el mayor de los
altercados. Ella ya tenía cuatro retoños que mantener. Pedir limosna, viajar en
el metro cantando, bailando o posando en las Ramblas como una
maniquí, sin rostro ni figura no la convencían ni la ayudaban a recaudar unas monedas
extra, para suplir las carencias tan febriles de una familia fragmentada.
Los clientes asomaban el olfato
para poder intercambiar placeres superficiales, aunque ella casi siempre se
encontraba con hombres que vivían en míseras circunstancias. Viudos, solterones
empedernidos, casados adúlteros, mujeriegos consagrados, degenerados sexuales
entraban en hilera mientras veían cómo Elizabeth con un sujetador de
lentejuelas y un tanga, bailaba colgada de una barra metálica en un estrado
circular. Muchos billetes eran depositados
a lo largo de las actuaciones de la noche.
Ella sufría en silencio. Sentía su
corazón desacompasado, marcado por un latir que ya no se prestaba rítmico,
sintonizado ante el mundo que pisaba.
La mayoría de los caballeros
la solicitaban para poder desahogarse y arrojar con palabras de apenamiento una
vida llena de fisuras, grietas y perforaciones no rebozadas de satisfacción. Otros
para proceder a la cópula mecanizada y ejecutada con frivolidad.
Cuando tomaba contacto con la almohada,
Elizabeth era un bálsamo de confesiones clandestinas que ella utilizaba para
golpear su terrible descontento frente a un mundo peleón y sangrante que no defendía bajo ningún concepto.
El sigilo la acogía y escuchaba
como algún hombre había querido insinuarle una relación de noviazgo. Ella siempre
negaba la posibilidad de un nuevo hallazgo sentimental. El romanticismo y el
amor platónico habían quedado volcados en un terreno barrancoso irrevocable. Tantos años de
entierro en un hogar muy comparable a una tumba llena de tinieblas embalsamadas,
escarmentaron a la muchacha y la endurecieron, no permitiendo nuevas esencias
florales, de aromas fragantes, cosechados por relaciones respetuosas,
complacientes y fidedignas.
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