lunes, 10 de febrero de 2020

MI CIUDAD NATAL


 



MI CIUDAD NATAL

Palomas acuden como mensajeras. Posan en mi hombro infantil mientras gránulos de arroz se dejan esparcir en un suelo adoquinado. ¡Que divino tesoro! En la plaza de Cataluña hago un recorrido por la circunferencia que engloba unas aves avezadas en una ciudad barcelonesa, que no se sienten temerosas ante niños desvergonzados como yo, que, con un suspiro impetuoso, pretenden rebozar su ahínco a interactuar con unas plumas singulares, domesticadas y adaptadas al medio natural de desplazamiento.

¡Que recuerdos tan dignificados! La magia y el encanto de una inocencia enarbolada me perseguían en aquellos tiempos en los que Barcelona estaba poblada por emigrantes y autóctonos. En general, clases obreras y algunas zonas como Sarrià, el Eixample, Gracia, y San Martí con un estatus más opulento, adornaban las calles con una mirada de admiración.

Tanta arquitectura comprimida; retratos, pinturas, esculturas, estatuas y majestuosos monumentos guarecían y alardeaban su belleza paisajística peculiar e inimitable.

A veces rebobino mentalmente los paseos vespertinos por el Parque Güell, la Ciutadella, el parque de la Guineueta y parques de atracciones como el Tibidabo y Montjuic y un valle de melancolía recorre un escalofrío en mi cuerpo tibio y templado. Me siento aclimatada e integrada en una capital en la que las conexiones metropolitanas tienen un auge imparable, un trajín irrefrenable de pasos frenéticos que no llegan a consumar sus propósitos. En otras ocasiones, transeúntes caminan aletargados sin poder saborear los placeres más elementales de una ciudad cosmopolita. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos se sienten apremiados por la carga de un tiempo atolondrado, que no se apiada de las almas que tienen que cumplir con deberes urgentes, que no admiten retardo.

Observo la muchedumbre cómo se comporta en silencio mientras avanza en su caminar ignorante de los detalles que recuadran una ciudad que no merece despilfarro. Una ciudad apabullada por un tráfico ajetreado, que excede con creces la media estadística dejando destapar burbujas de humo a través de los conductos de escape.

La polución es un fenómeno que inspiramos sin rechistar, ya que la humareda, los ácaros del polvo y una atmósfera congestionada por vehículos, que consumen gasolina con arranques y frenados tapiados de brusquedad y torpeza, son inevitables.

La buena fortuna se encuentra en la periferia de Barcelona. Barrios como el Besós,  Trinidad Nueva o Ciudad Meridiana, tienen mayores riquezas que se aventajan por un rodeo embellecedor repleto de relieve montañoso. La zona de Collserola, poblada de árboles longevos que se jactan de su altura y robustez imponentes dejan absorber todo rastro de carga contaminante y su verdor, tan impoluto y resaltante, adornan como un cercado bien circunvalado, los barrios contiguos de una Barcelona kilométrica.

Con ojos humedecidos de gotas lloronas, me acuerdo de las tardes en las que me acercaba a un merendero de la esplanada del Campo de la Virgen, mientras me dejaba fundir de goce por una merienda suculenta contenida de un cacao amargo y sabroso. Durante el manjar, intercambiaba risas y tomas de contacto con los vecinos más próximos a mi zona de residencia y, entre juegos infantiles, nos acuchábamos formando corros bien constituidos y  organizábamos  juegos de media tarde para que tuviesen un atractivo estelar.

¡Cuantos años han transcurrido en una infancia que parecía elástica, extensible en un tiempo imperecedero e inmortal! Ahora en cambio estos recuerdos repueblan una memoria antigua, aunque a la vez reciente porque la reincidencia en mi imaginación no se puede volatizar. La lividez, en cambio, por el trascurso de años posteriores parece casi ineludible. Gotas de lluvia han calado un paraíso perdido, arrastrado por tempestades huracanadas, vientos arrolladores y corrientes que parece hayan empujado la jarana más ingenua y enternecedora de una infancia básicamente feliz

Mis ojos se retraen y homenajean una Ciudad que ha dejado imprentas en mis entrañas, ya indelebles. Los acontecimientos vividos son y serán valiosos diamantes, que, en mi cascarón mental, tendrán siempre arropo y un resguardo que jamás quebrará, a pesar del avance inevitable de un tiempo caprichoso y siempre mutable.





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