MI
CIUDAD NATAL
Palomas acuden como
mensajeras. Posan en mi hombro infantil mientras gránulos de arroz se dejan
esparcir en un suelo adoquinado. ¡Que divino tesoro! En la plaza de Cataluña hago
un recorrido por la circunferencia que engloba unas aves avezadas en una ciudad
barcelonesa, que no se sienten temerosas ante niños desvergonzados como yo, que,
con un suspiro impetuoso, pretenden rebozar su ahínco a interactuar con unas plumas singulares, domesticadas y adaptadas al medio natural de desplazamiento.
¡Que recuerdos tan
dignificados! La magia y el encanto de una inocencia enarbolada me perseguían en
aquellos tiempos en los que Barcelona estaba poblada por emigrantes y autóctonos.
En general, clases obreras y algunas zonas como Sarrià, el Eixample, Gracia, y
San Martí con un estatus más opulento, adornaban las calles con una mirada de
admiración.
Tanta arquitectura comprimida;
retratos, pinturas, esculturas, estatuas y majestuosos monumentos guarecían y alardeaban
su belleza paisajística peculiar e inimitable.
A veces rebobino mentalmente
los paseos vespertinos por el Parque Güell, la Ciutadella, el parque de la
Guineueta y parques de atracciones como el Tibidabo y Montjuic y un valle de melancolía
recorre un escalofrío en mi cuerpo tibio y templado. Me siento aclimatada e
integrada en una capital en la que las conexiones metropolitanas tienen un auge
imparable, un trajín irrefrenable de pasos frenéticos que no llegan a consumar
sus propósitos. En otras ocasiones, transeúntes caminan aletargados sin poder
saborear los placeres más elementales de una ciudad cosmopolita. Sin embargo,
la mayoría de los ciudadanos se sienten apremiados por la carga de un tiempo
atolondrado, que no se apiada de las almas que tienen que cumplir con deberes
urgentes, que no admiten retardo.
Observo la muchedumbre cómo se
comporta en silencio mientras avanza en su caminar ignorante de los detalles
que recuadran una ciudad que no merece despilfarro. Una ciudad apabullada por
un tráfico ajetreado, que excede con creces la media estadística dejando
destapar burbujas de humo a través de los conductos de escape.
La polución es un fenómeno que
inspiramos sin rechistar, ya que la humareda, los ácaros del polvo y una atmósfera
congestionada por vehículos, que consumen gasolina con arranques y frenados tapiados
de brusquedad y torpeza, son inevitables.
La buena fortuna se encuentra
en la periferia de Barcelona. Barrios como el Besós, Trinidad Nueva o Ciudad
Meridiana, tienen mayores riquezas que se aventajan por un rodeo embellecedor repleto
de relieve montañoso. La zona de Collserola, poblada de árboles longevos que se
jactan de su altura y robustez imponentes dejan absorber todo rastro de carga
contaminante y su verdor, tan impoluto y resaltante, adornan como un cercado
bien circunvalado, los barrios contiguos de una Barcelona kilométrica.
Con ojos humedecidos de gotas
lloronas, me acuerdo de las tardes en las que me acercaba a un merendero de la
esplanada del Campo de la Virgen, mientras me dejaba fundir de goce por una merienda
suculenta contenida de un cacao amargo y sabroso. Durante el manjar,
intercambiaba risas y tomas de contacto con los vecinos más próximos a mi zona
de residencia y, entre juegos infantiles, nos acuchábamos formando corros bien constituidos
y organizábamos juegos de media tarde para que tuviesen un atractivo estelar.
¡Cuantos años han transcurrido
en una infancia que parecía elástica, extensible en un tiempo imperecedero e
inmortal! Ahora en cambio estos recuerdos repueblan una memoria antigua, aunque
a la vez reciente porque la reincidencia en mi imaginación no se puede
volatizar. La lividez, en cambio, por el trascurso de años posteriores parece
casi ineludible. Gotas de lluvia han calado un paraíso perdido, arrastrado por
tempestades huracanadas, vientos arrolladores y corrientes que parece hayan
empujado la jarana más ingenua y enternecedora de una infancia básicamente feliz
Mis ojos se retraen y
homenajean una Ciudad que ha dejado imprentas en mis entrañas, ya indelebles. Los
acontecimientos vividos son y serán valiosos diamantes, que, en mi cascarón
mental, tendrán siempre arropo y un resguardo que jamás quebrará, a pesar del
avance inevitable de un tiempo caprichoso y siempre mutable.
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