EL PRECIO DE LA FAMA
Peinados extravagantes y sofisticados lucen las
cabezas de muchas célebres estrellas del mundo del espectáculo. Alfombras rojas
de seda anclan vestidos aterciopelados de un rojo amoratado y un violáceo que
no pasan inadvertidos. La mayoría de personajes que tienen un renombre, que ha
causado un impacto mediático en las miradas de los televidentes, ya no pueden
camuflar con discreción el reconocimiento público. Por mucho que se lo propongan
y se empecinen en no estar respaldados por los medios de comunicación, la realidad es antagónica al anonimato.
Irina lo sabe ciertamente. Empezó su carrera de
amateur en el teatro de un centro cívico del barrio de la Prosperitat. Allí podía
dejar aflorar su talento innato, interpretando papeles dramáticos que alternaba
con actuaciones en las que la capacidad de improvisación frente al escenario era
implícitamente obligatoria.
Los improshows eran sus escenas favoritas porque en
aquella secuencia de actos sucedidos, se sentía dueña de una plataforma en la
que corría, andaba, se agachaba, se retorcía, utilizaba los gestos no verbales
con mucha frecuencia para generar una comunicación subliminalmente entendible y
notoria. Sumergida en sus papeles, veía una puerta que podría conducirla hacia
la consagración de una fama empoderada, que nunca jamás dejaría desperdiciar.
Anuncios publicitarios, después de haber pasado varios
cástings, la enmarcaron frente a una pantalla muda pero tertuliana a la par. La
televisión promete, atrae, incita a las mentes devoradoras de un mundo de glamur
a poder encarrilar la trayectoria de un artista hacia el éxito más rematado. Es
un canal que te inmiscuye a continuar progresando hacia el zenit de una popularidad
que no va a ser, en un principio, subestimada.
Irina tenía veinte años cuando empezó a desfilar por
las pasarelas como modelo. Aparecía en magazines de tarde como “El Club” “La Columna”
y “Divendres”, en los que diseñadores de moda intentaban presentar la colección
de trajes en la temporada entrante de una primavera florida. En la televisión
pública era más fácil darse a conocer, ya que el ranking de expectación superaba
la media ponderada en una proporción siempre ascendente.
Desafortunadamente, la sensación de heroísmo, de
casi enorgullecimiento personal por la resonante vibración que producen los vitoreos,
los encomios más denotados de euforia y furor, tienen su contrapartida. La muchacha
intentaba no mezclar su vida personal con la vida profesional que promovía en
su espacio de desfile.
Las revistas del corazón acaparaban con mensajes que menospreciaban y desmerecerían aquella fama
que Irina ya había ensalzado. El estrellato tiene aquellos condicionantes que
pueden malograr el bienestar de cualquier persona que se presta a realizar
servicios que van a ser contemplados por la sociedad civil, siempre abierta a las
críticas subversivas y perniciosas para una seguridad íntegra en la vida de las
personalidades triunfadoras.
Irina se balanceaba entre la competitividad del
mercado estilístico y la demanda de modelos que también pretendían resplandecer
de etiqueta clamorosa. El elitismo siempre tiene un arma de doble filo: el
poder y la derrota. Irina, después de tres años, empieza a conocer el declive
más entristecedor.
Las revistas publicaron imágenes
inéditas, que traspasaban el muro de la privacidad y mostraban un escándalo morboso, que recaía en
los lectores al contemplar el cuerpo desnudo de la muchacha.
Irina se batió en un pugna por conseguir su libertad robada. Intentó
pleitear para interponer una demanda judicial que no llegó a formalizarse. Buscó
recursos para volver al ocaso de la tranquilidad, a vivir desprendida de ser señalada,
acusada, difamada por los medios de una forma atroz y vil. Su imagen empezaba a
ser repudiada. Ella no se reconocía. Se escandalizaba, se incriminaba por haber
sido utilizada y manipulada por una fama que ya no tenía retroceso ni deniego.
Aquella vida humilde, campestre, sentada sobre unas
bases en las que el despliegue de cámaras intromisivas e impertinentes, que siempre
buscan alimentarse del despiste de las celebridades para irrumpir en sus vidas
sin ningún pudor, ya no tenía ninguna acogida en Irina.
Estaba sola, enmarañada en una red tejida de
sombreados en los que una borrosidad mental y emocional nunca volverían a tener
restauración. Ahora solo le quedaba el consuelo de morir lentamente a base de
morfina. Sobre dosificarse de estimulantes narcóticos era el único medio de amparo
que tenían sus manos endebles e improductivas. Unas manos escuálidas que la
indujeron a esnifar drogas más sedativas, que malograron su calidad de vida y
la arrastraron hacia una turbulencia de confusiones, decepciones, con el deseo
de dejar de tener un mínimo lastre de existencia en el mundo físico.
Su muerte ejemplifica las múltiples bellezas de mujeres
y hombres que han perdido la noción de la lucidez y la responsabilidad de velar
por la salud, después de haber probado un bocado de fama regalada, ofrecida por
doquier, embebida sin control ni medida, simplemente hipnotizados por una atracción
fatal que los empuja hacia el fatidismo más reluciente.
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