CARTAS
AMARILLAS
Cristóbal está retraído. Vive
en un mundo de idealizaciones y proyecciones ilusorias, que no aterrizan frente
a una realidad humanística. Se encuentra solo, desunido, despuntado ante una
fuerza física que no lo acompaña en sus días de retiro y soledad.
Su mujer, Clementina, una
señora emprendedora, arriada, muy fortalecida de salud, de repente, un cáncer
de páncreas le provoca una muerte impredecible.
En una pequeña aldea de campo,
de la comarca de Osona, Cristóbal tiene los ojos cristalizados por unas
lágrimas salinas, que reconoce como objeto de nostalgia y pesar en su fuero
interno. Él recuerda los tiempos en los que la pareja salía a pastar y labraban
e intentaban conrear los huertos para cosechar fuentes de alimentos productivos
y comestibles. También recuerda un paréntesis de enmudecimiento entre ambos,
como ese estado de silencio que se dilata en el tiempo y se convierte en un
bálsamo de soledad, en el que la rutina es la principal aliada en sus
quehaceres.
Una cortina de humo le empaña
los ojos humedecidos y enrojecidos por esos recuerdos tan dispares y vívidos,
como si ninguno se hubiera fumigado, a pesar de un deseo bastante febril.
Los recuerdos son insulsos; Cristóbal hace un
viaje en el tiempo; busca afanosamente en un baúl notas, diarios espolvoreados
de motas negruzcas, un polvo que casi ciega la visión por la antigüedad que
conservan. Rebusca con fiereza las postales de sus hijos que, emigrados a
Francia e Inglaterra respectivamente, escribían cuando la onomástica se
presentaba. También por Navidad había cartas de felicitación, en las que el
asomo a un nuevo año, salpimentado de prosperidad y júbilo, reanimaban al pobre
hombre, desolado, vencido por una aflicción ya irremediable.
En ese arcón oxidado, ya casi
imposible de poder abrirse sin que un chirrido de queja se vea expelido, va
removiendo esos recuerdos de antaño que nunca, mientras estuvo casado, se
atrevió a dejar expandir.
El esmalte de sus dientes
amarillentos asoma descaradamente cuando entre correspondencia burocrática:
recibos, facturas, cheques, cartas de reclamación, notificaciones e instancias
ve como dejó desperdiciar una oportunidad de oro para ser feliz.
El remitente no deja de
informarle cómo se encontraba, como estaba criando un fruto que habían
fecundado en común, como se moría de pesadumbre y ardor por no poder estar al
lado de Cristóbal y empezar a zarpar de nuevo, hacia una isla desierta,
desprendidos de esos pequeños pecados que, en una juventud viril y contagiada
de fervor, habían acometido.
Ese hijo del que Cristóbal
tuvo que desprenderse por haber sacrificado su elección de matrimonio y haberse
casado con Clementina, conservadora, dúctil, mañosa y servicial, ya no podía
pertenecer a su nido familiar.
Durante décadas, las cartas
arrugadas, llenos de sudor y congoja por el paso de una vida arrojada por la
borda de un precipicio atroz, ahora le provocan remordimientos que le remueven
el estómago y lo revuelcan sin piedad.
Ese colorido amarillento y
anticuado de correspondencia estilográfica, en el que la caligrafía es casi
ilegible, es el único consuelo que le queda. Pensar en su hijo bastardo, que
nunca pudo declarar decentemente ante las autoridades civiles, que no pudo
educar ni verlo crecer con sus dos respectivos vástagos, concebidos con
Clementina, ahora en ese presente inmoral le provoca una sensación
nauseabunda.
Las cartas, esos marcos de
escritura que quedan precintados en la consciencia, sin poder ser borrados de
la memoria, provocan en Cristóbal ganas de partir hacia otros lugares, nuevas
patrias, en los que la posibilidad de empezar de cero tenga una garantía de
viable. Más no existe dicha opción.
La mujer de sus sueños; una
damisela que en su juventud resplandecía con una hermosura difícil de equiparar
ahora ya está desvanecida en la nada más lacrada; El hijo que tuvieron en
común, un ser que no tiene rostro, ni identidad, ni ningún tipo de alianza que
pueda devolverle un sabor dulce a aquel padre que quiso darle educación,
estudios, trabajo, un porvenir digno frente a una vida de competencia, va
curtiendo a ese anciano que solamente tiene a disposición letras y más letras
de una amada que, en soledad, la seducía, la besaba, la abrazaba, la acariciaba
y la arremetía contra su cuerpo, sin ningún lastre de arrepentimiento.
La imaginación ha sido la
única herramienta que ha mantenido firme a Cristóbal en esos crudos años de
consumación amargante y fiera, al lado de Clementina, una esposa cordial y
fácil de amoldar.
En su mente siempre ha quedado
grabada la imagen de esa moza que bailaba en las fiestas con un vestido de pliegues,
que sonreía descaradamente, que le propinaba achuchones efusivos y acalorados,
que hacían al hombre estremecer de placer.
En el más recóndito silencio,
esos recuerdos son el único motivo que lo mantienen vivo, pero a la vez muerto
y exhausto. Esas cartas son el brebaje mágico que consuelan a Cristóbal y lo
arropan en un lecho que jamás ya compartirá con la mujer de sus anhelados
sueños.
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