miércoles, 25 de marzo de 2020

CARTAS AMARILLAS




CARTAS AMARILLAS


Cristóbal está retraído. Vive en un mundo de idealizaciones y proyecciones ilusorias, que no aterrizan frente a una realidad humanística. Se encuentra solo, desunido, despuntado ante una fuerza física que no lo acompaña en sus días de retiro y soledad.

Su mujer, Clementina, una señora emprendedora, arriada, muy fortalecida de salud, de repente, un cáncer de páncreas le provoca una muerte impredecible.

En una pequeña aldea de campo, de la comarca de Osona, Cristóbal tiene los ojos cristalizados por unas lágrimas salinas, que reconoce como objeto de nostalgia y pesar en su fuero interno. Él recuerda los tiempos en los que la pareja salía a pastar y labraban e intentaban conrear los huertos para cosechar fuentes de alimentos productivos y comestibles. También recuerda un paréntesis de enmudecimiento entre ambos, como ese estado de silencio que se dilata en el tiempo y se convierte en un bálsamo de soledad, en el que la rutina es la principal aliada en sus quehaceres.

Una cortina de humo le empaña los ojos humedecidos y enrojecidos por esos recuerdos tan dispares y vívidos, como si ninguno se hubiera fumigado, a pesar de un deseo bastante febril.

 Los recuerdos son insulsos; Cristóbal hace un viaje en el tiempo; busca afanosamente en un baúl notas, diarios espolvoreados de motas negruzcas, un polvo que casi ciega la visión por la antigüedad que conservan. Rebusca con fiereza las postales de sus hijos que, emigrados a Francia e Inglaterra respectivamente, escribían cuando la onomástica se presentaba. También por Navidad había cartas de felicitación, en las que el asomo a un nuevo año, salpimentado de prosperidad y júbilo, reanimaban al pobre hombre, desolado, vencido por una aflicción ya irremediable.

En ese arcón oxidado, ya casi imposible de poder abrirse sin que un chirrido de queja se vea expelido, va removiendo esos recuerdos de antaño que nunca, mientras estuvo casado, se atrevió a dejar expandir.

El esmalte de sus dientes amarillentos asoma descaradamente cuando entre correspondencia burocrática: recibos, facturas, cheques, cartas de reclamación, notificaciones e instancias ve como dejó desperdiciar una oportunidad de oro para ser feliz.

El remitente no deja de informarle cómo se encontraba, como estaba criando un fruto que habían fecundado en común, como se moría de pesadumbre y ardor por no poder estar al lado de Cristóbal y empezar a zarpar de nuevo, hacia una isla desierta, desprendidos de esos pequeños pecados que, en una juventud viril y contagiada de fervor, habían acometido.

Ese hijo del que Cristóbal tuvo que desprenderse por haber sacrificado su elección de matrimonio y haberse casado con Clementina, conservadora, dúctil, mañosa y servicial, ya no podía pertenecer a su nido familiar.

Durante décadas, las cartas arrugadas, llenos de sudor y congoja por el paso de una vida arrojada por la borda de un precipicio atroz, ahora le provocan remordimientos que le remueven el estómago y lo revuelcan sin piedad.

Ese colorido amarillento y anticuado de correspondencia estilográfica, en el que la caligrafía es casi ilegible, es el único consuelo que le queda. Pensar en su hijo bastardo, que nunca pudo declarar decentemente ante las autoridades civiles, que no pudo educar ni verlo crecer con sus dos respectivos vástagos, concebidos con Clementina, ahora en ese presente inmoral le provoca una sensación nauseabunda. 

Las cartas, esos marcos de escritura que quedan precintados en la consciencia, sin poder ser borrados de la memoria, provocan en Cristóbal ganas de partir hacia otros lugares, nuevas patrias, en los que la posibilidad de empezar de cero tenga una garantía de viable. Más no existe dicha opción.

La mujer de sus sueños; una damisela que en su juventud resplandecía con una hermosura difícil de equiparar ahora ya está desvanecida en la nada más lacrada; El hijo que tuvieron en común, un ser que no tiene rostro, ni identidad, ni ningún tipo de alianza que pueda devolverle un sabor dulce a aquel padre que quiso darle educación, estudios, trabajo, un porvenir digno frente a una vida de competencia, va curtiendo a ese anciano que solamente tiene a disposición letras y más letras de una amada que, en soledad, la seducía, la besaba, la abrazaba, la acariciaba y la arremetía contra su cuerpo, sin ningún lastre de arrepentimiento.

La imaginación ha sido la única herramienta que ha mantenido firme a Cristóbal en esos crudos años de consumación amargante y fiera, al lado de Clementina, una esposa cordial y fácil de amoldar.

En su mente siempre ha quedado grabada la imagen de esa moza que bailaba en las fiestas con un vestido de pliegues, que sonreía descaradamente, que le propinaba achuchones efusivos y acalorados, que hacían al hombre estremecer de placer.

En el más recóndito silencio, esos recuerdos son el único motivo que lo mantienen vivo, pero a la vez muerto y exhausto. Esas cartas son el brebaje mágico que consuelan a Cristóbal y lo arropan en un lecho que jamás ya compartirá con la mujer de sus anhelados sueños.


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