miércoles, 25 de marzo de 2020

LA MAGIA DE LA IGNORANCIA





LA MAGIA DE LA IGNORANCIA


Cielos estrellados que alcanzan la cúpula de un altar magnificente; rosas que florecen sin más en una primavera caprichosa, andante a su antojo para querer que la florida se manifieste en todo su auge; árboles que se visten de hojas para poder demostrar su regocijo ante una estación de luz y color; soles que irradian rayos electrificantes, que se estampan en los adoquines como si fueran a calar en las profundidades del subsuelo, sin pedir permiso, sin rendir cuentas, solamente con el propósito de ofrecer calor y cobijo en un planeta cíclico, de existencia incesante.

¡Cuántas noches he pensado en la magia de la naturaleza! Cuantos días he hecho un llamamiento a los Dioses del mar y de la tierra, para poder cambiar la filosofía de los seres humanos en el empecinamiento a querer deformar el mundo, con unas manos insensibles ante la belleza creadora de un cosmos generoso y complaciente, abierto a las peticiones de cualquier ser que se precie a rogar con el corazón más pusilánime.

Cuantos grandes sabios en esa naturaleza intachable de preciosidad, niegan la existencia de una frontera que separa la materialidad de la espiritualidad. En esa nimia, casi ridícula frontera nos desquiciamos pensando que somos invencibles, inquebrantables. Pensamos que nuestra fragilidad corporal no va a verse quebrada por un acabose momentáneo, que nos arrastrará hacia un relativo fin del mundo físico. ¿Porque razón somos tan testarudos?

¿Por qué no admitir que nuestro pasaje a bordo tiene fecha de caducidad? como esas hojas que revisten los árboles de manera efímera para después desprenderse de nuevo cuando un ciclo hibernal apuntala con desplegar grisáceas capas de nubes y una niebla blanquecina, que provoca opacidad en nuestras pupilas.

La testarudez de los humanos no tiene precisamente ese concluyente fin que determinará un reposo posterior, liberado de cargas y ataduras, enredadas en una pantalla mental de miedos, complejos, egocentrismo, egolatría y afán de competitividad.

La naturaleza se rinde a lo que es. Un caparazón de elementos biológicos que forman parte de un ecosistema único, circunscrito a unos parámetros de armonía y hermandad, que hace que todas las criaturas no racionales puedan fluir y flotar en ese éter liviano y apacible.

No tenemos las respuestas a todas las preguntas, más muchísima gente cree haber encontrado la panacea para competir con nuestro prójimo, para avasallar los espacios públicos, para adueñarse de aquellos seres que han perdido la convicción de que merecen ser aceptados sin reservas, para utilizar armas corruptas que infringen la convivencia plural y la unión y sintonía en una sociedad que se bate entre la bárbara crueldad y la codicia más cruda y doliente.

Espero sinceramente encontrar ese instante en que el mundo pueda entrar en un mimetismo con el medio ambiente que nos rodea y abrazar cada parte del cuerpo sin cuestionarse el por qué ni la finalidad. Espero honestamente que tarde o temprano la civilización contemporánea haga un llamamiento unánime, para vincular a todos los seres que conforman la tierra, con un acoplamiento conjunto que no descarte a los magnates de los indigentes; los de raza blanca o de raza negra,  los analfabetos o los más letrados, los viajeros o los sedentarios, los más introspectivos o los que se dotan de una extroversión, los más humanos o los más desalmados.

Juntos podremos vencer la pandemia de la aparente sabiduría que creemos poseer, como esa armadura que no colgamos en el guardarropía, porque nos conduce a recrearnos en un protagonismo fingido, irónico, lleno de hipocresía y de inmundicia moral.

Como dijo Sócrates: la verdadera fuente del saber está en reconocer una ignorancia que nos persigue, como nuestra propia sombra, indestructible, infusible, para poder empezar a descubrir, a investigar, a documentarnos, a querer, con ahínco y avidez, profundizar en la esencia de una vida que tenemos a nuestra disposición para explorar con algarabía y valor.

Esa ignorancia nos hace mágicos, fosforescentes, nos hace apreciar todo lo que nos rodea con sencillez y humildad y sorber de cada segundo el cáliz de una sangre que fluye por nuestras venas, para recordarnos que somos el manantial del saber, la fuente del fluir universal sin más preguntas dañinas que fortalezcan nuestro alter ego.

 Esa ignorancia provocará que estemos unidos y nos inclinemos a un estado de rendición, aceptando la vida y la muerte como un cordón que no puede escindirse, solamente queda tensado y construido por un minúsculo nudo, muy próximo a nuestros tiempos más ancestrales y a un destino que no sucumbirá, solamente cambiará nuestro aspecto físico, como la muda de todos los vegetales y animales que circundan nuestro honorado mundo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

PARADISSOS LLUNYANS

  PARADISSOS LLUNYANS En Maurici amb el cap molt trasbalsat i veient onades que el sacsegen amb un torrent de força atípic s’encamina cap al...