LA
MAGIA DE LA IGNORANCIA
Cielos estrellados que
alcanzan la cúpula de un altar magnificente; rosas que florecen sin más en una
primavera caprichosa, andante a su antojo para querer que la florida se
manifieste en todo su auge; árboles que se visten de hojas para poder demostrar
su regocijo ante una estación de luz y color; soles que irradian rayos
electrificantes, que se estampan en los adoquines como si fueran a calar en las
profundidades del subsuelo, sin pedir permiso, sin rendir cuentas, solamente
con el propósito de ofrecer calor y cobijo en un planeta cíclico, de existencia
incesante.
¡Cuántas noches he pensado en
la magia de la naturaleza! Cuantos días he hecho un llamamiento a los Dioses
del mar y de la tierra, para poder cambiar la filosofía de los seres humanos en
el empecinamiento a querer deformar el mundo, con unas manos insensibles ante
la belleza creadora de un cosmos generoso y complaciente, abierto a las
peticiones de cualquier ser que se precie a rogar con el corazón más
pusilánime.
Cuantos grandes sabios en esa
naturaleza intachable de preciosidad, niegan la existencia de una frontera que
separa la materialidad de la espiritualidad. En esa nimia, casi ridícula
frontera nos desquiciamos pensando que somos invencibles, inquebrantables.
Pensamos que nuestra fragilidad corporal no va a verse quebrada por un acabose
momentáneo, que nos arrastrará hacia un relativo fin del mundo físico. ¿Porque
razón somos tan testarudos?
¿Por qué no admitir que
nuestro pasaje a bordo tiene fecha de caducidad? como esas hojas que revisten
los árboles de manera efímera para después desprenderse de nuevo cuando un
ciclo hibernal apuntala con desplegar grisáceas capas de nubes y una niebla
blanquecina, que provoca opacidad en nuestras pupilas.
La testarudez de los humanos
no tiene precisamente ese concluyente fin que determinará un reposo posterior,
liberado de cargas y ataduras, enredadas en una pantalla mental de miedos,
complejos, egocentrismo, egolatría y afán de competitividad.
La naturaleza se rinde a lo
que es. Un caparazón de elementos biológicos que forman parte de un ecosistema
único, circunscrito a unos parámetros de armonía y hermandad, que hace que
todas las criaturas no racionales puedan fluir y flotar en ese éter liviano y
apacible.
No tenemos las respuestas a
todas las preguntas, más muchísima gente cree haber encontrado la panacea para
competir con nuestro prójimo, para avasallar los espacios públicos, para
adueñarse de aquellos seres que han perdido la convicción de que merecen ser
aceptados sin reservas, para utilizar armas corruptas que infringen la
convivencia plural y la unión y sintonía en una sociedad que se bate entre la
bárbara crueldad y la codicia más cruda y doliente.
Espero sinceramente encontrar
ese instante en que el mundo pueda entrar en un mimetismo con el medio ambiente
que nos rodea y abrazar cada parte del cuerpo sin cuestionarse el por qué ni la finalidad. Espero honestamente que tarde o temprano la civilización
contemporánea haga un llamamiento unánime, para vincular a todos los seres
que conforman la tierra, con un acoplamiento conjunto que no descarte a los
magnates de los indigentes; los de raza blanca o de raza negra, los analfabetos o los más letrados, los viajeros o los sedentarios, los más
introspectivos o los que se dotan de una extroversión, los más humanos o los
más desalmados.
Juntos podremos vencer la
pandemia de la aparente sabiduría que creemos poseer, como esa armadura que no
colgamos en el guardarropía, porque nos conduce a recrearnos en un protagonismo
fingido, irónico, lleno de hipocresía y de inmundicia moral.
Como dijo Sócrates: la
verdadera fuente del saber está en reconocer una ignorancia que nos persigue,
como nuestra propia sombra, indestructible, infusible, para poder empezar a
descubrir, a investigar, a documentarnos, a querer, con ahínco y avidez, profundizar
en la esencia de una vida que tenemos a nuestra disposición para explorar con
algarabía y valor.
Esa ignorancia nos hace
mágicos, fosforescentes, nos hace apreciar todo lo que nos rodea con sencillez
y humildad y sorber de cada segundo el cáliz de una sangre que fluye por
nuestras venas, para recordarnos que somos el manantial del saber, la fuente
del fluir universal sin más preguntas dañinas que fortalezcan nuestro alter
ego.
Esa ignorancia provocará que estemos unidos y
nos inclinemos a un estado de rendición, aceptando la vida y la muerte como un
cordón que no puede escindirse, solamente queda tensado y construido por un
minúsculo nudo, muy próximo a nuestros tiempos más ancestrales y a un destino
que no sucumbirá, solamente cambiará nuestro aspecto físico, como la muda de
todos los vegetales y animales que circundan nuestro honorado mundo.
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