LA TÓMBOLA DE LUCES
Mujer tenaz, persistente, algo
caótica en las emociones, pero firme en cumplir propósitos. Amante del hogar,
pero también de las fuentes paradisíacas, de aquellos apoteósicos lugares que
se esperan pacientes a que pueda recorrer.
Aborrezco los rencores, el
salmón cocido, las contiendas, también el desorden extremista. Me considero
fiel a mis amigos; apasionada de la lectura, la pintura, las artes dramáticas y
la literatura. En invierno me arropo casi hasta la cabeza, el frío me reactiva
las células, la primavera florece mi afán por contemplar los cromatismos de
unos pétalos ya extendidos.
No soy religiosa más tengo
mucha fe. Creo que todos tenemos un Dios en nuestro interior. Solamente debemos
que dejar que salga y podamos convertirnos en una María Teresa de Calcuta
misericordiosa y caritativa.
Los animales y la flora
cautivan mis sentidos y enternecen el alma de alegría. Son una muestra de la
magia de un mundo mediocre, lacrado de guerras, batallas sangrantes,
enfrentamientos y desavenencias que solo conllevan un desgaste que derrocha la
oportunidad para vivir en hermandad.
Lloro en silencio; a veces
ruego a las santidades que el caos mundial recupere la cordura; me gusta hablar
en voz alta, aunque a veces me retraigo para conectar con la esencia de mi ser.
Dicen que tengo una intuición
sobresalida. No lo sé, nunca lo he percibido. A veces, más bien a menudo acuden
a mí para que les propague algún consejo, alguna sugerencia o directriz para
enderezar vidas ajenas. La visionaria del siglo veintiuno me han llamado en
alguna ocasión, ya que sin preverlo he acertado en las predicciones.
Gran observadora, me gusta la
escucha, me relaja el sonido del viento, el mecer de las olas del mar, el
silbido de las aves en la madrugada. Me encanta el chocolate. Soy una golosa
empedernida, pero no soporto los ególatras ni los metomentodos.
Intento, en el silencio más
recogido, pensar que algún día una tómbola de luces se activará en mi interior
y podré hacer gala en una feria en la que ya no tendré que recrearme en el
dolor agrio y cronificado por tantas noches en vela y días vividos sinsabor.
Y la consciencia alumbrará,
como una linterna, el pasadizo que debo recorrer en mis años venideros, como
esa chispa de fulgor que hará que la oscuridad más tétrica se rinda ante una
defunción tantas veces rogada en un pasado espeluznante y solitario.

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