EL
OLVIDO DEL PASADO
Recuerdos amargos yacen
sepultados dentro de mis entrañas lloronas. Parecen serpientes que se trenzan,
se prestan a ser arrastradas por una inercia a caminar sin rumbo definido. No
se oponen a nada, no se obstinan, no rechistan, ni se inmutan, ni tan solo intentan
defender su estado de veleidad casi inapreciable.
Estando sentada en mi tumbona,
intento hacer un escrutinio de mi vida de antaño, en la que vivía solamente con
el entusiasmo afanoso por comportarme igual que una muñeca presumida y esperar
ser cuidadosamente atendida por mis mentores, sin reprimendas ni estados de
sulfuro repentinos y duraderos en el tiempo.
En aquel entonces, en la que
mi niñez era protuberante y quería verse recreada frente a un espacio mágico,
lleno de marionetas que pudieran recobrar vida a través de sonidos vocálicos y
duendecillos que vinieran a recostarse en mi lecho para susurrarme al oído
palabras de alabanza, yo vivía en una burbuja de fenómenos casi imposibles de
alcanzar, pero con la certeza de poder convertirme en una hechicera, que tiene
el poder de la alquimia para transformar cualquier ordinariez en pura esencia
dorada.
Más desgraciadamente, los
sueños no tenían una intención tangible de ser toqueteados por unas manos
flácidas, suaves e inocentes. No obstante, se presentaban como señales que
presagiaban intermitentemente llamadas voraces de auxilio, reclamos y algún
vocifero que se añadía sin haber sido antes solicitado. La salida de salvación
frente a una vida ensombrecida de paraderos indiferentes, en los que el clan
familiar conservaba una frialdad que me lastimaba sin piedad, no tenían ningún
interés en insistir ante una aparición intencionada.
Cada vez con mayor intensidad,
buscaba aquella fuente de cobijo, un recoveco de afecto que me tendiera los
brazos amigables para poder pasar página y enardecer de goce en un presente
apenas intocable.
En el ahora todo lo que he
conservado en el centro de mi corazón son residuos en los que sentimientos tan
prehistóricos como la ira, la furia, la rabia y el odio más feroces, están a un
atisbo de ser arrastrados por una corriente ventosa que se llevará, seguramente
consigo, las migajas de esas emociones tan punzantes y tormentosas.
En estos momentos de reflexión
objetiva, pienso en el desperdicio de años, desaprovechados, derrochados,
aplastados por muchísimas experiencias funestas, en las que los infortunios
eran una secuencia encadenada de actos, igual que una escena teatral en la que
personajes ficticios, hacen inmersión en papeles espontáneos, desparramando un
riego de emociones que sobresalen con fluidez y descaro, sin reservas ni
continencias.
Casi permaneciendo sentada en
mi butaca, visualizo una tribuna en la que puedo sobreactuar, fingiendo ser una
dama honorable y reputada, que tiene renombre, prestigio, reconocimiento,
aceptación mediática, y un torrente de lágrimas se desliza través de mis
mejillas, como una caudal de agua desmedido con un sabor edulcorado. Parece
incomprensible, casi inviable que ese sabor endulzado pueda paliar el lastre de
recuerdos enquistados en un alma agrietada de heridas sobresalidas.
Pero cabe decir que la
realidad vuelve a desmentir la ficción; ese escenario en el que me sentía una
niña sin recursos para triunfar, para protagonizar una vida candente de
sorpresas maravillosas ahora ya no es más que una falaz percepción. En ese
instante, me ofrezco a mi misma la osadía para destripar todas las secuelas de
una vida anterior mediocre y poder reemplazarlas por un tesoro valioso de
anécdotas forjadas por una fuente una sabiduría no antes vislumbrada.
Esa consciencia de lucidez y
cordura muy probable haga remover y mudar todos esos recuerdos que desmenuzaron
una infancia y una juventud por un desperdicio de valores y virtudes, tan
imprescindibles para forjar una personalidad digna de existir y de apreciar.
Mientras escribo estas líneas
una sonrisa medio esbozada me reanima a continuar con la tarea de verme como
una actriz, que se rinde antes los personajes animados y brinda al público todo
su potencial irradiado de nitidez y sobriedad, para ser después aclamada sin
estereotipos difamatorios ni palabras ultrajantes.
Esa actriz puede reconvertir
su vida en una realidad, en la que la plataforma teledirige su
actuación más brillante y prodigiosa: un estrado donde anclar sus pies, alzar
los brazos al cielo y agradecer, con una reverencia tímida, la buenaventura de ser
partícipe de una vida revalorizada, que tenga cabida para convertirse en un bello y
pulido diamante perlado.
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