domingo, 22 de marzo de 2020

EL OLVIDO DEL PASADO





EL OLVIDO DEL PASADO


Recuerdos amargos yacen sepultados dentro de mis entrañas lloronas. Parecen serpientes que se trenzan, se prestan a ser arrastradas por una inercia a caminar sin rumbo definido. No se oponen a nada, no se obstinan, no rechistan, ni se inmutan, ni tan solo intentan defender su estado de veleidad casi inapreciable.

Estando sentada en mi tumbona, intento hacer un escrutinio de mi vida de antaño, en la que vivía solamente con el entusiasmo afanoso por comportarme igual que una muñeca presumida y esperar ser cuidadosamente atendida por mis mentores, sin reprimendas ni estados de sulfuro repentinos y duraderos en el tiempo.

En aquel entonces, en la que mi niñez era protuberante y quería verse recreada frente a un espacio mágico, lleno de marionetas que pudieran recobrar vida a través de sonidos vocálicos y duendecillos que vinieran a recostarse en mi lecho para susurrarme al oído palabras de alabanza, yo vivía en una burbuja de fenómenos casi imposibles de alcanzar, pero con la certeza de poder convertirme en una hechicera, que tiene el poder de la alquimia para transformar cualquier ordinariez en pura esencia dorada.

Más desgraciadamente, los sueños no tenían una intención tangible de ser toqueteados por unas manos flácidas, suaves e inocentes. No obstante, se presentaban como señales que presagiaban intermitentemente llamadas voraces de auxilio, reclamos y algún vocifero que se añadía sin haber sido antes solicitado. La salida de salvación frente a una vida ensombrecida de paraderos indiferentes, en los que el clan familiar conservaba una frialdad que me lastimaba sin piedad, no tenían ningún interés en insistir ante una aparición intencionada.
Cada vez con mayor intensidad, buscaba aquella fuente de cobijo, un recoveco de afecto que me tendiera los brazos amigables para poder pasar página y enardecer de goce en un presente apenas intocable.

En el ahora todo lo que he conservado en el centro de mi corazón son residuos en los que sentimientos tan prehistóricos como la ira, la furia, la rabia y el odio más feroces, están a un atisbo de ser arrastrados por una corriente ventosa que se llevará, seguramente consigo, las migajas de esas emociones tan punzantes y tormentosas.

En estos momentos de reflexión objetiva, pienso en el desperdicio de años, desaprovechados, derrochados, aplastados por muchísimas experiencias funestas, en las que los infortunios eran una secuencia encadenada de actos, igual que una escena teatral en la que personajes ficticios, hacen inmersión en papeles espontáneos, desparramando un riego de emociones que sobresalen con fluidez y descaro, sin reservas ni continencias.

Casi permaneciendo sentada en mi butaca, visualizo una tribuna en la que puedo sobreactuar, fingiendo ser una dama honorable y reputada, que tiene renombre, prestigio, reconocimiento, aceptación mediática, y un torrente de lágrimas se desliza través de mis mejillas, como una caudal de agua desmedido con un sabor edulcorado. Parece incomprensible, casi inviable que ese sabor endulzado pueda paliar el lastre de recuerdos enquistados en un alma agrietada de heridas sobresalidas.  

Pero cabe decir que la realidad vuelve a desmentir la ficción; ese escenario en el que me sentía una niña sin recursos para triunfar, para protagonizar una vida candente de sorpresas maravillosas ahora ya no es más que una falaz percepción. En ese instante, me ofrezco a mi misma la osadía para destripar todas las secuelas de una vida anterior mediocre y poder reemplazarlas por un tesoro valioso de anécdotas forjadas por una fuente una sabiduría no antes vislumbrada.

Esa consciencia de lucidez y cordura muy probable haga remover y mudar todos esos recuerdos que desmenuzaron una infancia y una juventud por un desperdicio de valores y virtudes, tan imprescindibles para forjar una personalidad digna de existir y de apreciar.
Mientras escribo estas líneas una sonrisa medio esbozada me reanima a continuar con la tarea de verme como una actriz, que se rinde antes los personajes animados y brinda al público todo su potencial irradiado de nitidez y sobriedad, para ser después aclamada sin estereotipos difamatorios ni palabras ultrajantes.

Esa actriz puede reconvertir su vida en una realidad, en la que la plataforma teledirige su actuación más brillante y prodigiosa: un estrado donde anclar sus pies, alzar los brazos al cielo y agradecer, con una reverencia tímida, la buenaventura de ser partícipe de una vida revalorizada, que tenga cabida para convertirse en un bello y pulido diamante perlado.


 




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