MIS
MANOS
¿Qué puedo relatar sobre
ellas? Instrumentos que me conducen hacia el afanoso trajín de manipular,
palpar, contactar con la textura y los distintos materiales en los que las
superficies embaladas están compuestas. No diría nada destacable. Simplemente
unos dedos delgados, de corta estatura, que igual que tentáculos coordinados van
tramando pequeños toquecitos para poder saciar la curiosidad de ver qué se
esconde detrás de los regalos de Navidad, las fiestas de cumpleaños, las
onomásticas...
Los dedos, a veces como
alfileres en el pajar, están perdidos en la búsqueda de querer descubrir lo que
se encubre detrás de esos artilugios no visibles a plena luz. Son como teclas
de un piano desafinado, presionan con torpeza y alguna vez la melodía suena de
forma compasada.
Esas manitas infantiles que
siempre llamaban la atención por ser tersas, femeninas y a la vez frágiles,
propensas a dañarse con roces accidentales, caídas precipitadas hacia un vacío
de hendidura mediana, friegas en lugares en los que el impacto podía dañar la
versatilidad de la suave piel que las envolvía, causaban gracia y encanto entre
la multitud.
Eran inocentonas y estaban
ciegas a los daños expuestos en un medio ambiente arriesgado, más nada las
detenía en el afán de querer colorear espacios en los que los márgenes para
extender plastilina, cera y colores de madera estaban ansiosos por ser
condecorados. También se atrevían a compenetrarse cuando un órgano o clarinete
arrinconado en la habitación, reclamaba ser homenajeado con sonidos melodiosos
y sincronizados. Ahí, mis manos, dejaban deslizar su ahínco más ahondado para
proseguir con un despliegue de notas musicales que no tenían desperdicio.
Los dedos, apenas los sentía.
Estaban concentrados en poner en marcha una cadena de sonidos que empalagaban y
contentaban oídos ajenos a la exhibición. Parecía que resbalaban, que iban a
colapsarse los unos a los otros, incluso que iban a descarrilar en cualquier
momento y se iban a perder en el intento de componer estribillos decentes. En
realidad, pero nada se sucedía. Una colección de aplausos hacía que mis manos
se alzaran del teclado y se empuñaran las dos juntas ante una expresión de
júbilo.
Ellas, tan tímidas, no se
atrevían a reconocer que habían estado confluidas para poder deleitar otros
oídos con ritmos alegres y populares. La piel, poco escamosa, más bien tersa y
con algunos surcos en el interior, como ríos que se cruzan para unificarse en
una desembocadura común, no se ruborizaba frente a las palmas que recibían sin
pretenderlo ni provocarlo. Eran manos tranquilas, dóciles, apacibles, que no se
inmutaban, a pesar de un nerviosismo a veces irracional y automatizado.
Ellas siempre me han
acompañado en los pequeños logros cotidianos; en el deber de aleccionarme, en
el compromiso social de servir y, sin lugar a duda, en las labores artísticas.
A veces me ha parecido no
tener manos; tan livianas, tan ligeras y delicadas, pero empeñadas en ser
prolíficas y serviciales. Tan poco consistentes, definidas, tan infantilizadas,
poco crecidas en tamaño y contorno. Menudas por naturaleza, pero con un aspecto
natural, como algodonado por la blancura de una dermis nada curtida a pesar de
los años que han dejado sabores amargos en esa piel tan superflua.
Ahora las miro y están
rendidas a lo que son. Dos caparazones que se prestan a obedecer mis caprichos,
mis antojos, esas apetencias que te vienen a la cabeza sin poder controlar. Son
como pequeños impulsos que deben ser atendidos, porque complacen los deseos de
unos manos, a veces compungidas, pero deseosas de ser mostradas con tal
irradiación estelar, que solamente pueden producir calidez en su amarre y calor
en el afán de expeler afecto y comunión.
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