EL
ZAMBULLIDO DE LAS BALLENAS
Saltos acrobáticos que
retumban en nuestros pulmones, se precian a retorcerse en un mundo en el que el
desequilibrio, la marcha andante de los mortales se convierte en un mar
turbulento. Ya no debo girar mi mirada hacia atrás. No debería fijarme en las
migajas de recuerdos que se revuelcan en mi memoria amarillenta y espolvoreada
de fragmentos episódicos en un pasado ya desvanecido.
En el ahora indefinido, toca
respirar hondo, inspirar un aire refrescante, que repueble el corazón de una
alegría no antes percatada, pero, en ese instante de frenesí, muy impulsado a
dejar sobresalir su portentosa presión eólica.
En una terraza, tomando un
refresco afrutado, lleno de sabores entremezclados de dulzura y acidez, veo
mamíferos que se zambullen en el epicentro de una marea inquieta, precipitada,
atolondrada, que va y viene con sonidos que mecen los oídos y complacen mi
paladar, ya avezado a los aromas de una bebida que tiene una esencia jugosa y
exquisita.
Un ciclón de sueños me viene a
la memoria; retrocedo y avanzo con mucha facilidad, como si alguien estuviese
regulando el biorritmo de mi cuerpo. Un mecer ininterrumpido me invita a
dejarme recrear por el cáliz de un pasado, un presente y un futuro que parecen
enredados en la misma telaraña entretejida por una evocación de recuerdos que
se fusionan, que parece incluso que van a descarrilar. ¿Dios mío! ¡Qué tremenda
impresión estoy experimentado con ese viaje ventilado hacia zonas campestres,
poblados rudimentarios, zonas urbanizadas, lugares del mundo en los que yo
había dejado una huella inquebrantable! Ese precinto dactilar ya no es
imaginario, tiene forma, color, textura, un cuerpo geométrico que ha generado
respuestas emocionales dispares; unas más agradables, otras más desaliñadas, en
cualquier caso, son contestaciones en las que el alma proclama la libertad y el
derecho a la bendición más prodigiosa que uno puede reclamar en décimas de
segundos.
En ese apartamento recogido en
el cual me dejo acoger sin precedentes, me siento como un animal marino que ha
abandonado el caparazón más superficial para sumergirse en las profundidades de
un valle paradisíaco de bellezas revestidas. El mar y la tierra tienen ese
encanto. Son dos polos que encierran majestuosos palacios sellados a miradas
que todavía, opacas a la luz de la verdad, no pueden focalizar sus pupilas para
deslumbrarse y deleitarse a la vez frente a tanta hermosura. Sin embargo ¿Qué
hago aquí, en soledad? Me sigo preguntado. ¿Cómo he llegado a aterrizar en un paraje
que parece ensoñado, solitario, despoblado? No tiene visitantes que, como yo, estén
realizando un ejercicio de pura observación objetiva a una distancia prudencial
en la que todas las criaturas de una fauna salvaje acuática ya pueden desafiar,
con impulsos trepidantes, una fuerza de gravedad que ya no les provoca terror.
Esa fuerza rolliza parece contagiosa. Yo sentada, en una tumbona, con el mar
balanceándose parsimoniosamente, sin medida ni control, celebro experimentar
ese contagio liviano de unas olas que flotan al compás de un baile sinuoso, que
no se presta a la escucha ni a obedecer leyes impuestas por el ser humano. Son
las leyes de la naturaleza las que imperan esa mirada que fijo hacia la mar
salada y azulada. Con tirabuzones ondeantes, con ese oleaje que celebra la
buena nueva de tener pasajeros a bordo, como las ballenas, intrépidas y
picarescas, me dejo relajar y continuar bebiendo mientras me veo de niña, como
empujada por una fuerza motriz casi descontrolada, me presto a salpicar por la venida
de un agua que se estrella en la orilla y me invita a zambullirme, a sumergirme
en mi interior, dentro de mi misma, sin dicotomías, sin escisión, sin ninguna
parte de mi cuerpo desintegrada para darme el placer de bañarme en un agua
empalagosa al tacto y llena de bravura y franqueza. Como no darme cuenta antes
de que esa niña que nadaba como una sirena de mar, ha protestado, ha
reivindicado el deber de coexistir entre las tres generaciones de vida de mi
encarnado cuerpo. Nunca me había percibido que esa criatura sentía la necesidad
de cobijarse ante la frescura de una inocencia nada reñida y quería dejarse
proteger por un clima soleado, cuyos rayos la acogían abrazándola,
bronceándola, coloreando toda su envoltura y, sobre todo prometiéndole no dejarla
en soledad, sin aterrizar en un hogar lleno de calidez y sabores placenteros.
Pensamientos agrios ya no
tienen armadura, un envoltorio de acero en el que había vivido durante antaño.
No obstante, esa panorámica marina en la que las ballenas se sonrojan y sonríen
hace que los pensamientos, ya lejanos, ya casi desaparecidos y fumigados ante
un presente reparador, no tengan el motor fortalecido para embragar hacia
nuevos pronósticos fatales y augurios funestos.
El timón de un barco idílico,
proyectado en un mar de dulces ondas circulantes, que se recrean y parecen
procrear sin rendirse ante la tempestad más temerosa, ya es un hecho convertido
en la realidad más palpable. Mi mente fluye, se desata, viaja hacia un
horizonte intocable, pero solamente una parte de mí, inmortal, queda imantada y
atraída por ese ritmo apoteósico que me recuesta y me asienta hacia un destino
circense. En él, voy a ser una estrella de luz que ilumina el mar infinito
hacia un esplendoroso abanico de objetivos futuristas, prometedores,
regenerados, que me harán sumergir y ahondar en un estado de templanza y
sosiego, agradecido por mi grata salutación a querer ser un mamífero que se
repliega y despliega ante un mar de dudas e incertidumbres, ya ignoradas en un
tiempo preciado y vanagloriado.
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