sábado, 2 de mayo de 2020

LA ROCA



LA ROCA

Embebida y extasiada por una frondosa vegetación, sentada sobre una roca maciza veo la naturaleza reír. Los hierbajos, arbustillos y pequeños matorrales que pueblan un bosquejo en una periferia de Torre Baró, parecen acogerme con un entusiasmo contagioso. Este día, me siento especialmente triste, como en un trance entre el dormitar y el despertar, más allá de los sentidos, de la razón, de la consciencia en estado puro. No sé con quién compartir un rato de plática. Mi voz, ronca, carrasposa, ha dejado de emitir un disimulado cuchicheo ante cualquier persona caminante. Allí, encima de un trono repleto de granito y piedra caliza, parezco la heroína de la velada. Muy lejos de la verdad, en cambio, estoy derrotada. El porvenir, carbonizado por una negrura que no se presta a concluir en el espacio y el presente, manchado de lagunas en las que una tempestad deprimente me arrastra al borde de un abismo volteado y acompañado de un sombreado apático, ya no me importa. Para mí cualquier acontecimiento es irrisorio, fútil, insignificante. La cabeza me cuelga de un hilo, la siento latir dentro de un corazón reseco y a la vez regio, con latidos que intercalan espasmos de dolor.

Un escenario atractivo, sincero, complaciente frente a unos ojos penumbrosos y ausentes acompaña una velada rutinaria y forjada de aburrimiento. Las ramas de los árboles proceden a una mecida apaciguada que, aparentemente relaja mis tímpanos con el soplido discreto de un viento cordial. Una multitud de felinos se apilonan formando una hilera dispersada a lo largo de la llanura en la que la roca luce el encanto de ser la anfitriona. Un testimonio inerte que puede declarar la presencia de unos animales famélicos, que necesitan el sustento de alimentos primarios para saciar los estómagos ahuecados y contraídos por una resignación obligatoria. La roca, enmudecida y paciente, soporta mis caderas mientras se recuestan en la superficie aplanada de ésta. Una roca con agallas, pero sin decir nada puede testificar mi afán por complacer a unos compañeros de barrio, felinos abandonados a su suerte, que comparten instantes de una alegría empalidecida pero la vez fervorosa. Sus bocas son orificios afanosos que devoran pizcas de gránulos y carne vacuna, ovina y de marisco, y yo allí, sentada en una roca erecta y orgullosa de posar en un pequeño valle recostado en una urbe periférica, puedo notar como mis párpados recobran una pequeña chispa de vida. Mi cuerpo, delgaducho, escuálido y a la vez pesado, observa con una atención voluntaria una escena en la que la fauna vuelve a inocularme una dosis de paz interior. 

Todo el paisaje, resoplado por un sol tórrido, que deja despedazar unidades de rayos ante un suelo de hormigón y embaldosado, es una parte de la compañía que agradezco en esos momentos de silencio, aunque desazón. Mi alma desecha, disgregada y un cuerpo magullado de heridas procedentes de un lejano viaje hacia mis raíces, son mis aliados. Dos compañeros de viaje que conseguirían que, a diario, mis piernas tuvieran la voluntad de mudarse hacia un terreno árido, verdoso, forrado de entidades que ayudarían a sanar los más hirientes recuerdos, una vez me acomodara en ese aposento: esa roca, una parte mineral en una parcela de animales salvajes de raza felina sería mi compatriota, una testigo ciega frente a mi realidad tapizada de memorias disecadas y, a la vez, una fiel amiga, en la que podría confiar en gozar de un descanso pasajero y descargar una colección de secretos, guardados en una mente enturbiada y enajenada frente a  la realidad más pacífica.

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