LA ROCA
Embebida y extasiada por una frondosa
vegetación, sentada sobre una roca maciza veo la naturaleza reír. Los hierbajos,
arbustillos y pequeños matorrales que pueblan un bosquejo en una periferia de
Torre Baró, parecen acogerme con un entusiasmo contagioso. Este día, me siento
especialmente triste, como en un trance entre el dormitar y el despertar, más
allá de los sentidos, de la razón, de la consciencia en estado puro. No sé con
quién compartir un rato de plática. Mi voz, ronca, carrasposa, ha dejado de
emitir un disimulado cuchicheo ante cualquier persona caminante. Allí, encima
de un trono repleto de granito y piedra caliza, parezco la heroína de la
velada. Muy lejos de la verdad, en cambio, estoy derrotada. El porvenir,
carbonizado por una negrura que no se presta a concluir en el espacio y el presente,
manchado de lagunas en las que una tempestad deprimente me arrastra al borde de
un abismo volteado y acompañado de un sombreado apático, ya no me importa. Para
mí cualquier acontecimiento es irrisorio, fútil, insignificante. La cabeza me cuelga
de un hilo, la siento latir dentro de un corazón reseco y a la vez regio, con
latidos que intercalan espasmos de dolor.
Un escenario atractivo,
sincero, complaciente frente a unos ojos penumbrosos y ausentes acompaña una
velada rutinaria y forjada de aburrimiento. Las ramas de los árboles proceden a
una mecida apaciguada que, aparentemente relaja mis tímpanos con el soplido
discreto de un viento cordial. Una multitud de felinos se apilonan formando una
hilera dispersada a lo largo de la llanura en la que la roca luce el encanto de
ser la anfitriona. Un testimonio inerte que puede declarar la presencia de unos
animales famélicos, que necesitan el sustento de alimentos primarios para
saciar los estómagos ahuecados y contraídos por una resignación obligatoria. La
roca, enmudecida y paciente, soporta mis caderas mientras se recuestan en la superficie
aplanada de ésta. Una roca con agallas, pero sin decir nada puede testificar mi
afán por complacer a unos compañeros de barrio, felinos abandonados a su
suerte, que comparten instantes de una alegría empalidecida pero la vez
fervorosa. Sus bocas son orificios afanosos que devoran pizcas de gránulos y
carne vacuna, ovina y de marisco, y yo allí, sentada en una roca erecta y orgullosa
de posar en un pequeño valle recostado en una urbe periférica, puedo notar como
mis párpados recobran una pequeña chispa de vida. Mi cuerpo, delgaducho, escuálido
y a la vez pesado, observa con una atención voluntaria una escena en la que la
fauna vuelve a inocularme una dosis de paz interior.
Todo el paisaje, resoplado por un sol tórrido, que deja despedazar unidades de rayos ante un suelo de hormigón
y embaldosado, es una parte de la compañía que agradezco en esos momentos de silencio,
aunque desazón. Mi alma desecha, disgregada y un cuerpo magullado de heridas procedentes
de un lejano viaje hacia mis raíces, son mis aliados. Dos compañeros de viaje
que conseguirían que, a diario, mis piernas tuvieran la voluntad de mudarse
hacia un terreno árido, verdoso, forrado de entidades que ayudarían a sanar los
más hirientes recuerdos, una vez me acomodara en ese aposento: esa roca, una
parte mineral en una parcela de animales salvajes de raza felina sería mi
compatriota, una testigo ciega frente a mi realidad tapizada de memorias disecadas
y, a la vez, una fiel amiga, en la que podría confiar en gozar de un descanso
pasajero y descargar una colección de secretos, guardados en una mente enturbiada
y enajenada frente a la realidad más pacífica.
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