LLAMADAS
PERDIDAS
Él no está; en realidad nunca
estuvo. Solo una imagen agujereada en un cerebro mortificado por la angustia y
el pesar reincide y se recrea en un espacio, en el que la esperanza ya no tiene
lugar. Alba sigue telefoneando; teclea números casi al azar, aunque ya sabe la
combinación de dígitos que la conducirían a encontrarse con el destinatario.
Para ella, ese hombre nunca fue un pretendiente, tampoco un amante, ni tan solo
un romance en el que el noviazgo tuviera incluida una vigencia asegurada. La vida
de la chica ha dejado de recobrar sentido. Ese hombre, que parece un bulto
fantasmal, una figura derretida, un ente que no se ofrece a rescatarla,
permanece desentendido. Ella siente que el mundo se ha desparramado ante sus
pies. No puede pensar en vivir sin ese aliento masculino que la arrope, que la
cobije, que le tienda una mano solidaria que la permita recuperar la libertad
robada; una libertad en la que los hombres la interrumpían con malos tratos, acometidas en las que el chantaje emocional, los sobornos verbales y los acosos conductuales
eran una réplica insufrible. En este momento Alba solo piensa en abandonar el
mundo, emigrar hacia tierras fértiles, abonadas de concordia y hermandad, donde
puedan emerger luciérnagas de prosperidad y riqueza espirituales. Sigue
llamando, el teléfono arde, foguea, chispea frente a un teclado que es
amortizado por unas manos torpes, extraviadas, confusas, abatidas, casi rendidas,
pero no del todo. Alba piensa en una causa justificada; debe haber un motivo de
peso que haya provocado al teléfono silenciar su clave de sinfonía. Aquel hombre,
quizás un amigo ante una adolescencia desaprovechada era una compañía que Alba
apreciaba por dos principales razones: aquel individuo, un ser extraño que
apareció en un reducto valle, era el símbolo viviente de la paternidad no
poseída, nada alimentada. También era el bastón en el que ella se apoyaba para
dejar caer su disfraz frente a un mundo atroz; Un disfraz que permanecía
inalterable, comprendido por una falsa sonrisa, una expresión facial
complaciente y rebosada de hilaridad. Hoy, sin embargo, ya no sonríe. Los ojos
empañados de lagrimones van circunvalando las mejillas de la muchacha,
enrojecidas e hinchadas ante vaticinios que ella predice con un desenlace
trágico.
Un apoyo materno no obstante
está ahí. Alba apenas la ve. La madre que la protege, la consuela, le remite
mensajes augurados de nuevos ventanales de esperanza siente que debe argumentar
la ausencia de ese hombre, compañero fraternal de Alba, con una razón que alude
una desgracia que atenta su salud. Alba alza los ojos. De repente, su mirada parece
reactivarse. La boca, torcida, temblorosa, unos labios desviados, medio
sellados por unas palabras que no llega a pronunciar con claridad dice:
–¿Está vivo?
Tímidamente agacha la cabeza.
Encoge los hombros y medita hacia sus adentros. La voz del instinto materno
parece que ha reanimado la muchacha. La madre, como una muleta de apoyo, es el amarre
que consigue que Alba crea en la posibilidad de una indisposición, un
contratiempo fatalista. Cualquier cosa menos pensar en una jugarreta traicionera,
una conducta arrastrada por una sed de venganza. Alba sigue con su vida, a trompicones,
con aquella imagen difusa de un hombre malherido, enfermo, aquejado por una
salud no recuperada en mucho tiempo posterior. En su mente siguen apareciendo
bocadillos de comics que contienen la frase” ¿habrá muerto”? No es posible, su
madre se lo comunicaría. Es la principal fuente del saber. Alba solo debe
confiar en el futuro que seguro mejor cosecha le deparará, ¿Quién sabe? Un milagro,
una fortuna, un hechizo mágico puede hacer que ese hombre deformado, atormentado
por alguna afección recupere un sitio en el mundo de los mortales y contacte
con Alba. Ahora solo queda esperar lo aparentemente inesperado: Una simple llamada del destino.
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