ANHELOS DE LIBERTAD
Elsa
está de regreso a su casa. Madre Aurora recostada en el respaldo de un sofá con
la vista oscura ante el mundo. Los ojos de la mujer emiten pequeños lapsos de
visión. Se contornean y se abren de manera casi ausentada ante la presencia de
la niña. Elsa la ve, pero no puede hablar. Su mutismo no decrece. Igual que una
estatua de bronce, enfoca a la madre como un constructo de su inmerecida
conducta. La culpa se potencia con creces. La anciana no está en la sala
comedor. “Ojalá la tierra se la hubiera
engullido”- piensa Elsa. “Seguramente
no será así”-vuelve a pensar. La madre parece haber perdido el conocimiento
por instantes. Su tez es blanquecina, pálida, casi albina. Vocaliza con mucha
dificultad. Se dirige a Elsa. Le permite que se acerque, pero la figura de un
hombre lo impide.
¿Quién
es esa presencia? ¿A quién corresponde? ¿Quizás el padre de familia? Elsa no lo
reconoce. Lo ve como a alguien que ocupa un territorio forano. Podría haber
colonizado el hogar desposeyendo el derecho lícito a ser madre Aurora quien
presida el decálogo de convivencia. Elsa mira a su impostor. El hombre es
flacucho. Anda con una pronunciada joroba en la espalda. Sus pasos son
ralentizados, pero imponentes. Parece que ejerce un rol en el piso. La mirada
sobresalida de órbita. Un genio detestable, un rostro irascible y propenso a
desarmonizar a cualquier sujeto presente, intenta alzar el grito retumbando las
paredes y ensordeciendo los oídos de los oyentes.
Coge
a Elsa del brazo, la balancea y la sacude con una fortaleza imperial, la hace
retroceder para impedirle poder estar con madre Aurora. La menea pasando sus
manos contra los hombros de la pequeña. Le reprocha con agresividad su
intención. La desautoriza a tener la oportunidad de encender la llama hacia una
plática avivada entre ambas congéneres. Elsa siente ganas de sublevarse. Su
corazón oprimido bulle con muchísima agitación. No sabe quien es ese hombre.
Quizás siempre haya residido en el templo del infierno más temerario. Quizás
sea un recién llegado. O alguien que
festejó a madre y se otorga libertades para mangonear a su oficio y beneficio.
Pero la pequeña tiene una percatación muy sutil. Casi se autoconvence del
parentesco de ese hombre hacia ella y de repente lo aborrece. Un padre
biológico tan implacable, tajante, contundente, rotundo, maltratador y
aberrante no debería ocupar ese templo hogareño. Debería alguien despojarle de
su malévola influencia para después poder desprenderse de él. Poder mantenerlo
alejado de las aparentes pusilánimes almas para no degradar así su íntegra
pureza. ¿Más quién se atreve?
Madre
Aurora parece desfallecida de fuerzas. Elsa la ve como sumergida en la más
honda soledad y desprovista de municiones emocionales para poder envalentonarse
con ese apestoso ser. La niña ve en su madre fragilidad, rotura mental y
enajenación frente a la realidad más inalterable. La pequeña no tiene la
facultad clarificadora para poder provocar un careo con un hombre que
prácticamente desconoce. La niña está sobria, lúcida a pesar de tener una mente
manipulada por maquiavélicas maniobras, fruto de una infancia que la ha
mantenido hasta hoy en una fase casi moribunda.
Su
corazón la empuja a soltar palabras de descrédito y de objeción frente a un
padre ilógico y exento de razonamiento juicioso. Ella quiere proteger a su
madre de tanta pestilencia emocional, diseminada en un hogar en el cual no se
puede respirar aire refrescante ni reavivante y en el que el corazón ha dejado
de dilatarse y de contraerse. Un lugar en el que no se intercambian cómplices y
simpatizantes sonrisas. Un terrible seno en el que el diálogo no decora el
espacio con palabras edulcoradas, que hayan adoptado un sabor que empalaga el
espíritu de seguridad, confort y de expansiva libertad. Cada respiración está
contraatacada con alguna crítica peyorativa, algún juicio de valor que no
admite un no por respuesta o una contrastación de opinión. El comedor se
asemeja a un patíbulo en el que cada miembro recibe un severo castigo, sin
posibilidad de rebote ni de enmienda.
Elsa ve el comedor como aquel caldero con
ollas a presión que recuerda de una fábula de Hansel y Gretel, en el que la
bruja los chamuscaba a cambio de embeberse su jugo carnal. Solamente puede
contemplar dolor, frialdad, indiferencia emotiva, disolución de empatía y un
gran afán por empoderarse y, así, poder aplicar el posicionamiento jerárquico
que confiere ser el más legítimamente fuerte y poderoso. Elsa pelea, lucha,
pugna, se rebela contra sí misma, se regaña, se amonesta por no romper con el
acatamiento hacia un padre biológico desaliñado en formas y posturas
conductuales. La pobre pequeña procura lidiar para hacer desaparecer a un padre
que le inyecta preceptos demoledores, imbuidos por el orden más innegociable y
la obediencia más plausible.
Procura
vocalizar, pero su reducida defensión le prohíbe el decidido y reafirmante
intento. Observa a madre Aurora como, tendida en el sofá con el cráneo
recostado en el respaldo, emite pequeños movimientos en señal de incorporarse.
La mirada de la mujer va despertando del ensoñamiento prolongado en un tiempo
prudencial. Resigue los rincones del hogar con una cierta torpeza, pero su
consciencia adopta una remarcada recuperación. La cabeza ladeada se coloca en
posición frontal, encarada hacia la pequeña Elsa. Madre la mira con una mueca
afín, de complicidad inagotable. Parece que la energía de Elsa la fortalece por
ínfimos instantes. La brutalidad del despertar más latente va desarrollando una
reafirmante estabilidad mental. Intenta reclamar a su hija frente a un supuesto
padre que ha procurado alejarla del sustento y la sintonización más
humanizados.
Por
momentos que van transcurriendo con parsimonia, la capacidad de madre de
solicitar justicia y un espíritu de asentimiento son más eficaces. Elsa se ve
todavía a expensas de un poseedor que amarra sus muñecas con determinación y
rotundidad. Todo el entorno es espeso, emborronado, enmarañado por un telar de
sensaciones anímicas que la chiquilla no atina a desafiar. De repente, se
enfrasca en el logro de intentar sacudir con cordura unos manos que se
presentan paralizantes. Existe algo más supremo que la ayuda a darse cuenta de
que el vínculo materno no puede dejar de entretejerse. El enredo es asiduo,
permanente, indisoluble, pero solamente en apariencia. Ahora ella reconoce el
poder de la verdad. Está atrapada en un clan familiar que apunta a una
desestructura que no pretende amainar. El poder está en la inherencia de su
ser. El caparazón externo en el que residen el pánico y la pesadumbre comienzan
a abandonar el oscurecido y empañado eclipse. El desbarajuste emocional de Elsa
se transmuta en alquimia dorada. Debe luchar a pesar de su apocado atrevimiento
y no desiste en su intención.
Madre
Aurora procura separarse del aposento que la apalanca y pronuncia la frase: “ya me encuentro mejor”. El
desvanecimiento va disgregándose y puede dejar arrinconados los prejuicios
contra los mentores que acorralan a la pequeña, para evitar el enlace tan
legítimo entre madre e hija. Las calderas de una purga infinita, que hierve en
llamaradas engrosadas, no van a perpetuarse en la existencia de un presente
irrevocable. La anciana desaparece del entorno. Elsa no colapsa la mirada hacia
ésta. Parece que la madre tierra haya deglutido su presencia en el hogar más
apenado de buenos modales y de cordura conductual. Ella parece liberada de esa
percatación inminente. No entiende, no obstante, donde está el paradero de la
anciana. Quizás se haya fugado, quizás haya destituido del poder de inculcar a
Elsa un sentimiento de ambigüedad, en el que la culpa reina en todos los
esfínteres de su blando y moldeable cuerpo. Ella no sabe si se ha sucedido un
fenómeno de encantamiento que ha rendido el deseo de verse absuelta de tanta
infestación. El supuesto padre se mantiene rígido, como un pasmarote apeado y
desgarra su ira contra madre Aurora, despojando a la pequeña del agarre táctil.
Grita sin cesar atacando a madre de ser alguien frígido, enclenque, inútil e
indispuesto a hacer feliz a un hombre sucumbido en la desdicha más hondeada. No
tiene límites en sus palabras de ataque contra la madre de Elsa. Levanta la
mano con un dedo acusador y desdeñado. Los ademanes son bruscos y descarados en
la pronuncia de escarnios que desfavorecen cualquier contexto armonizado y
alentador. Su posición parece incorregible. Elsa observa la desproporcionada y
desgarrada voz de un padre que nunca ha querido estar a la altura de un
posicionamiento psicoeducativo ejemplar. Todo se encuentra desviado de aquel
eje original que debería virar sin necesidad de un remolque trasero que lo
empuje. De manera ligera, deberían fluir palabras que incentivaran la chispa y
aquel aroma ambiental forjado de alegría y de amor.
Desgraciadamente,
Elsa se sumerge en una ilusión imaginada. Su mente convive con una burbuja de
fantasía y de ficción que la tientan a rememorar recuerdos que nunca han podido
acontecer en ese desaliñado seno. Un seno que se ha derrumbado por un anclaje
que no ha sostenido columnas en las que un crecimiento constructivo y contenido
de instructivos mensajes, haya tenido alguna vez un intento de manifestarse.
En
la escuela los erróneos dogmas educacionales predominan con tirantez en
escenarios que obstruyen la valentía de la pequeña para procurarse una defensa
a su favor. En un recreo poblado de seres que juguetean Elsa ve como se
revuelcan en la arcilla más fina, como construyen altos castillos con arena
salpicada de lodo húmedo y realizan piruetas para desafiar la fuerza de la
gravedad. La pequeña se encuentra abrumada y desplazada. Sus ojos, como dos
linternas expectantes, van enfocando los juegos infantiles que se despliegan
frente a su presencia. ¿qué hago aquí?
-se pregunta. ¿Por qué sigo viva? ¿Qué
sentido tiene la vida? ¿Existe un
umbral más allá de la materia putrefacta donde poder experimentar un estado
afianzado de paz espiritual?
Ella
reconoce, a pesar de su corta edad, que son preguntas retóricas, con un alto
carácter filosófico que solamente un erudito, con una gran sapiencia, podría
resolver. Se da cuenta de que su cerebro ha adquirido una madurez impropia,
pero infaliblemente lograda. La infelicidad que ella siente la transporta hacia
la necesidad de querer ahondar en preguntas existencialistas, que rechazarían
el interés mediático infantil. El sufrimiento que ella almacena en un rincón
muy inferido de su tierna alma la han obligado a crecer con creces, sin
rechistar. Un dolor que ha superado la media ponderada de la realidad. Un dolor
que la impulsa a quedarse erecta y, a la vez, en una constante y estática
posición frente a comentarios verbales vejatorios.
Ve
dedos que la señalan. Risas de sorna que la describen como alguien inmerecido a
la hora de participar dentro de un espacio ocioso y apremiante. Miradas de
oposición y de rebeldía que escrutan de pies a cabeza su estatura menuda. Voces
que repican contra la ingravidez ecos de venganza. ¿Por qué no huyo? - piensa. ¿Cuál
es el motivo para perpetuar la imagen de un ser que ha sucumbido a la
esterilidad y ha quedado ya sepultado? El paso a la acción no se produce.
Solamente percepciones mentales de querer escabullirse de un marco contextual
en el que tropieza contra unos fieros adversarios. No dispone de un brío vital
para encarar una situación repleta de humillantes y de discriminatorios
comentarios. No hay un sol que la aliente y la obligue a alzarse. A enarbolar
un emblema en el que su patria potestad de estar atada a una integridad única e
irreproducible sea la panacea, para terminar contra las falaces y crueles
tempestades humanas.
Los
ojos ajenos la analizan, la acusan, le ponen un precinto en sus morados labios,
que sellan cualquier expresión vocálica. Ella mira alrededor y busca algún alma
que se compadezca y proclame abogacía, pero todo el entorno está adversamente
compinchado para hacer derrotar su criterio y percepción más preciados.
Los
bancos, repletos de maestros, van mirando con indiferencia el extendido patio
llenos de bocadillos y de pastas para sustentarse con un suculento desayuno.
Elsa coge su mochila que cuelga abandonada a su suerte en la espalda. Saca con
papel de aluminio un preparado culinario que madre le cocinó con jamón dulce.
Intenta probar con mucha inhibición un disimulado bocado. En el instante
preciso en el que sus dientes hincan el primer mordisco, el pan le es
arrebatado de sus manos. ¡Tu no te
mereces nada! Le sueltan con desdén. Un susto muy amordazado hace que Elsa
se desplome de rodillas. Mira hacia los adoquines encajados como la anclan en
un suelo salpicado de barro, agua y sedimentos naturales.
Los
profesores se desentienden por completo. Ella intenta emitir un grito de
amparo, pero su intención desaparece en el aire más regenerador. No existen
moderadores que impartan unas semillas de loable justicia frente a un escenario
desperdigado y carente de notables escrúpulos. De repente, sus rodillas se van
arrastrando hacia el perímetro de un banco de madera de una tonalidad verdosa,
que emite calidez visual. Una nariz respingona, un tabique ancho y, a la vez,
algo anguloso se topan con la mirada de la chiquilla. Unas gafas con una gruesa
montura la enfocan y ella siente un respirar inconfortable. La imagen del
rostro le es reconocida. Cree que se trata de la profesora de párvulos que la
alecciona en su ciclo escolar, pero se mantiene dubitativa. El pelo de la mujer
es áspero, con mechas blanquecinas y un mentón prominente. Elsa observa sus
manos sujetar un alimento. La chiquilla deduce que va a ser una mañana
afortunada en la que el desayuno estará protegido por una mentora que solamente
pretende su bienestar. Y, en cierta forma, la intuición no la traiciona.
Migajas
de pan van en dirección de su hambrienta boca. Una desmedida paciencia que la
maestra proyecta hacia Elsa es expresada con sumo descaro. Las facciones de la
mujer reflejan un tono expresivo de complicidad. El entorno ya no es tan
tétrico ni peligroso. La niña intenta sentir el abdomen relajado, su semblante
confiado y sus extremidades en continua protección delante de un escenario que
la atentaba. Se trata de un instante en el que Elsa no comprende el motivo de
su llegada. Acostumbrada a afrontar eventos aplegados de desafíos, ahora está
en un oasis en el cual se dignifica la propugnación. ¿Realmente soy merecedora de ello? Mientras se pregunta esto, la
imagen de la profesora adopta un desviado reflejo que los ojos de Elsa perciben como inerte pero que francamente agradecen.
La puesta de sol, al fin, torna a su buen recaudo.
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