CLAN FAMILIAR
Años de oscuridad y un tupido velo desgarrador
ante nuestros ojos, divaga sin pausa.
Portadores de unos genes heredados,
recibimos un adoctrinamiento
de nuestros progenitores que divulgan,
con una boca sellada de indulgencia y compasión.
No existe el apoyo moral. Tampoco la motivación.
Alrededor todo es mustio y emana un hedor
convulso, ofensivo.
Nuestros quehaceres cotidianos, aprendidos
sin instrucciones que precinten virtudes y valores.
¿Cuándo podremos elegir a nuestra familia? Quizás jamás.
Hay teorías que abogan la elección de nuestros padres.
¿Pero dónde se esconde el verdadero axioma?
¿Somos víctimas de víctimas? ¿Responsables de la conducta de nuestra família?
¿Es justícia mostrar la valentía de cuestionar a nuestros mentores?
¿O simplemente rebelarnos frente a su suprema soberanía?
¿Dónde diablos se halla la auténtica y justiciera arma
para poder implorar nuestro honor?
El honor: una palabra respetable.
Un concepto oral íntegro y jamás vulnerable.
Una cualidad introspectiva que nos hace relacionarnos
de una manera imparcial.
Ese implícito deseo,
que todo ser de un desestructurado hogar,
espera con impaciencia poder lograr
en cualquier lugar accesible y permisivo.
ESE INEQUÍVOCO HONOR HACIA LA INTEGRIDAD MÁS APRECIABLE.
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