LECCIONES DESAPRENDIDAS
Una
corriente casi impulsiva, como el viento sacudido por la presión eólica de la
atmosfera, la arrastra hacia una encerrona. Existe un presidio en su mundo
interno y el exterior no hace más que corresponderle. El suelo está lleno de
orificios y reforzado por una red de alambre azulado. Cuesta mantenerse en pie
sin sentir un inquietante balanceo, casi conducido al sepulcro. Una sepultura va
burbujeando la sensación de un cuerpo que ha sido despojado de sus prendas más
íntimas. Cierra los ojos y contrae las sienes. La oscuridad ocular le brinda
una seguridad que Elsa ingenia para desclavarse del inmenso pavor que la
sacude. El balanceo corporal persiste y la niña cree que prontamente se
escurrirá hacia una de las aperturas subterráneas. Intenta concentrarse en la
posibilidad de existencia de entidades carroñeras. Quizás los ratones caven
madrigueras en el subsuelo para atrapar a las presas y así saciar su íntegra
subsistencia. Ese pensamiento es relampagueante y emite un destello de
distracción efímera frente a un encarcelado lugar, en el cual Elsa exhibe su
flácido cuerpo de forma integral.
Mira
hacia las paredes barnizadas por un masillado gastado y lleno de cráteres. El
tono es grisáceo y emite un hedor de humedad corrompida. Hay salpicaduras de
pintura que tiñen ciertas paredes con una palidez que deprime la estancia.
También alza la cabeza hacia el techo en señal de escapatoria. Le gustaría
poder brincar como una cabra montesa y trepar como una ardilla, para llegar
hacia una cúpula que la abrazara al completo y la convirtiera en una identidad
invisible. Todo ese recorrido visual, en décimas de segundos, se encuentra
interceptado por voces que, con una hilaridad unánime, se manifiestan en señal
de querer festejar un acontecimiento que es implícitamente atroz. Elsa es
consciente de ese torrente acosador de voces que intentan verificar con
vitoreos y un griterío ensordecedor la desfachatez que, por momentos, la niña
no sabe ni es capaz de interrumpir. Ella se derrumba anímicamente. Acalla la
gravedad en un instante en el que su ser se percibe saboteado por otros seres
de semejante edad. Son seres iracundos, insaciables, que no descansan hasta ver
como Elsa observa sus genitales con una terrible vergüenza y un descrédito
arrollador. Las voces burlan la realidad más imparcial frente a un acto estoicamente
delictivo y penalizable. Más esas voces pertenecen a menores que no podrían ser
penalizados por su pestilente moral. Se encuentran biológicamente en igualdad
de condiciones y ningún juez podría dictaminarles una firme sentencia. Pero
ellos son conscientes de su salvaje inmoralidad. No sienten lástima ni
compasión frente a un cuerpo que deja exudar su minúscula silueta innata. Hay
un propósito, un objetivo que parece inviable, pero, en esencia, se presenta
como evidente. La fragilidad eternizante de una niña fortalece la egolatría en
unos malhechores que no se puede milimétricamente ponderar. Todo es hastío y
desesperanza. No existen arco iris que resplandezcan ni irradien, con una
majestuosa posada, colores de presumida belleza. No hay pasadizos secretos en
los que poder escurrirse y poder atravesar el tramo desolador, para llegar a la
frontera que denote una asegurada salvación.
Elsa
puede posar de pie y, al mismo tiempo, ver de refilón un indiferente retrete
que atestigua los aplausos y las bravuras de unos seres disconformes ante una
hipotética rendición. Elsa se da cuenta que la puerta de salida está
completamente bloqueada. Un cerrojo forjado de hierro posa en dirección
horizontal trabando cualquier intento de salida. Quizás afuera puedan avecinarse
pasos que se percaten del penetrante calvario de una niña sin recursos para
poderse dar a la fugitiva más tenaz.
Desgraciadamente,
la realidad no sonríe a Elsa. Le da la espalda inamovible, impasible,
enmudecida, completamente ajena a sus reclamos más afanosos. El estado de
embriaguez emocional provoca que sus oídos silben, como si estuviese sometida
ante la escucha de un sonoro silbato. Las paredes lloran frente a tanta
desolación esparcida. Todo el recinto queda impregnado de esos abusos que unos
intrépidos niños no pretenden interrumpir. Una sonata de palabras grotescas y
bruscamente emitidas al unísono siguen el curso sin sentir la necesidad de un
acabose determinante.
Elsa
piensa en el clan familiar en el que ella habita. Una vivienda carente de
estímulos psicoafectivos y manifiestos de conducta ejemplarizada. La mente,
como una peonza, va rotando en vagos pensamientos una asociación encadenada de
hechos que ya no se prestan inopinados. Tienen una razón de residir y de
reflejar, como un espejo, la reproducción de calamitosas experiencias por
carencia de cariño parental. Madre Aurora, en estos momentos apesadumbrados, no
puede ofrecerse genuinamente para un rescate. Elsa está sola, con su
entorpecida y vagabunda mente. Ésta divaga en el tiempo. Viaja hacia unos
parajes donde pueda sobrevivir sin agonía ni delirio. Es el mecanismo defensivo
de una niña que ha adoptado una actitud de sumisión frente al avasallamiento
más invasivo.
Los
niños repasan su cuerpo sin llegar a una palpación táctil. Las manos se
encuentran recostadas en sus caderas. Se regocijan de ver a la niña desprovista
de herramientas que puedan contraatacar el demoledor escenario. Todo tiene una
intermitencia nefasta y subversiva. Un poder desmedido y hegemónico en el que
los agresores no contemplan una brecha de descanso ni mucho menos de retirada.
Elsa se convierte en una estelar vasalla. Los niños que la envuelven le
pisotean la ropa que en su momento fue lavada con pulcritud por madre Aurora.
Dan grandes saltos con la suela del calzado en señal de estado triunfal y
ganador. Elsa ve como su ropa ennegrece por las marcas de pisadas que se
estampan contra un pavimento desigual y repleto de obvias perforaciones.
El
aquí y el ahora plácido y gratificante ha partido hacia otras tierras
forasteras. La niña tiene la cabeza oblicua, taponada de incesantes
confusiones, ideas difusas, claros que, como en el firmamento devastado por
nubarrones, se van diluyendo en un recostado horizonte. Es el momento de
partir. De encontrar cromáticas estampas dibujadas que ofrezcan un encanto
solar. Luces de decoración pictórica van extrayéndose de una caja que parece
diseñada por una pincelada de manual artesanía. La niña se asienta en un
pupitre. El trasero rectilíneo se apoya contra la plataforma de una silla
rectangular. Va resiguiendo el rastro de ciertos plastidecores que le reclaman
ser condecorados sin cesión. Siente el lóbulo occipital y el lóbulo frontal
flaquear. Su esencia física se ensombrece por instantes frente ante un unánime
alboroto ajeno. El aula está atiborrada de alumnos que, hambrientos por cumplir
con la apetencia de colorear, van comentando las hazañas de sus pictóricos
diseños. Elsa los observa alegres, distraídos y, a la vez, obcecados en
conseguir con esmero obras que impresionen a la instructora que modera la
actividad. Ella no se concentra. Focaliza la atención hacia una figura superior
que tiene el poderío más supremo para desacreditar cualquier quehacer
artístico.
Elsa
se anticipa al más fatídico desastre. Su intuición está habituada a permanecer
como aliada en un sigilo casi asiduo. Su mente, no obstante, se propaga
ambigua. Se manifiesta con una descarada producción gestual ambivalente.
Primero procura agarrar con las manos un color para plasmarlo en la lámina que
tiene delante y otorgarle una distinguida tonalidad. Por otro lado, una
sintomatología conjunta dotada de ansiedad y de nerviosismo la retraen. No se
atreve a accionar su intrínseco capricho. Considera que desembocará en una
amonestación sin precedentes. Su estrecha perspectiva de un cuadro ambiental
incierto no la dejan distenderse ni confiar en un liviano tempo. Los segundos
se prolongan. Los compañeros de clase siguen comentando la jugada mientras
perfilan y rellenan espacios en blanco con vívidos colores.
Elsa
no consigue unificarse frente a un grupo que ha establecido una bien avenida
alianza. Lo desea con todo su bullente espíritu, pero el intento no apuntala
hacia el manifiesto. Las manos las siente pegajosas y sudorosas, como si un
ungüento hubiese untado las frágiles palmas. También una cierta rigidez manual
prevalece firme y contenciosa en una escena que edulcora los sentidos por el
mero hecho de concentrarse hacia una exquisita corriente artística. Elsa
intenta teclear el contorno del pupitre. Sus dedos procuran movimientos de
repiqueteo, como cefalópodos en el mar, danzando entre bravas aguas para
sentirse capaces de mimetizarse con el arrecife marino. Sigue intentando
deslizar las manos hacia la cajetilla de diversificados y llamativos colores.
Más la intención queda restada a una idealización mental. Los dedos se le
tuercen, palpan con entorpecidos movimientos el saliente del pupitre y no
existe un método eficaz para despegar las bellas artes que endulzan y dan
cromatismos en el aula con una alegría común entre los presentes. Está
arrinconada e ignorada por una profesora que no le dirige palabras de aliento
ni de ánimo. La profesora va resiguiendo el modus operandi del resto de
chiquillos que se inundan de placentera satisfacción al ver sus dibujos cada
vez mejor confeccionados. Los brazos de ésta están reposando a la altura de su
cintura en la parte dorsal, por un cruce de manos. Elsa ve como los observa y
como les comunica algo que no consigue comprender. Sin embargo, los comentarios
parecen constructivos e invitan a querer pertenecer al clan. La profesora
infiere insistentemente, con cabezadas llenas de descaro, una aprobación que
resulta imposible de objetar. Por los aires danzan plastidecores que se
disparan como balazos de los pupitres contiguos. Caen al suelo como confetis
desplomados por un acentuado frenesí que ambienta el aula por alumnos risueños
y ensimismados en conseguir un producto final bien pulido y acabado.
Elsa
no puede imitar la conducta de los compañeros. Vive en un mundo yuxtapuesto por
antagónicas emociones. Se siente empequeñecida, reducida a minúsculas porciones
de un cuerpo que parece haya alejado cualquier indicio de desarrollo. No
percibe que tenga un nexo con la vida como el resto de los mortales. Exhausta y
conforme a una débil silueta que la representa, se pregunta quien protagoniza
su trayecto diario de índole existencial. Quiere respuestas contundentes e
innegociables. Se niega a aceptar por contestación otro interrogante que
implique volver a una inquisición retórica y anclada a un bucle espiral sin
liberación. Está harta de vivir fuera de ella misma, en un paralelismo que
solamente atrae criaturas fantasmagóricas y demoníacas, que extenúan por
completo su total brío interno. Ahora ya no quiere exponerse a preguntas
manchadas de absurdidad. Está cansada de pertenecer a una vida que no le
corresponde. Quisiera brindarse la oportunidad de adquirir fusión en un mundo
condecorado de riquezas y de tesoros en los que la alquimia del oro fuese un
compatriota eximio. Casi se le escapan las lágrimas por un ensueño que no se
presta a interrumpir.
La
profesora, de sopetón, la repasa de los pies a la cabeza, como un inspector que
pretende cavar en el trasfondo de un supuesto sospechoso que ha criminalizado
un agravado evento. La mira sin pudor ni amparo. Elsa la percata con un
compungido gesto de asentimiento y de aceptación. Cree que no debe levantar muros
de protesta en su accidentado mundo. Debe aprender a enmendar cualquier muestra
de suplicio que antes haya procesado para ser contundentemente exhibido. Mira
los coloreados lápices y no es capaz de crear un esbozo, una pequeña parcela
donde las láminas queden empoderadas de acaloradas manchas formando alguna
forma o algún nombre predefinido. Todo lo que le rodea lo siente en sus manos
escurridizo y huidizo, como si no tuviese la primicia de ser desarrollado con
coraje y pulcritud. Las manos están pegadas como con cola y exudan un espesor
que ya no podrá ser nombrado. Es una sensación esperpéntica, que le provoca una
enajenación de personalidad dentro de un entorno dicotómico. La chiquilla ha
disociado su presencia. El lugar que ocupa en el pupitre ya no lo encuentra
adherido al cuerpo. Se esta encogiendo por segundos en un lugar en el que las
contiendas y las regañinas serán las anfitrionas de la velada.
La
profesora desvela alaridos de aprobación frente a un grupo que se muestra
proactivo e implicado en perfilar confecciones plásticas, que generan un efecto
visual de gracia y de placidez. Al mismo tiempo, la mirada de la maestra está
atenta a la actitud repleta de pasividad de Elsa. La niña se empecina en
ignorar el porvenir, en rehuir un propósito alarmante que presiente que no
salvaguardará el tiempo. Los instantes de expectación se prolongan con una
asqueada repugnancia. Sabe que habrá represalias, algún reproche, algún ataque
verbal que no sucumbirá en el intento. Quizás todo sea un mero reflejo de una
muralla mental en la que Elsa perfora con sus ojos, para evidenciar un
encadenado sucesivo de calamitosas desgracias. Siente, como de costumbre, que
no habrá botes de auxilio salvavidas que apoyen su vulnerable silueta. Estará
enfrentada con suma soledad hacia bravos mares que, con su incendiada furia, la
arrastrarán a la deriva.
Su
quietud aplastante conmueve, impresiona, perturba, casi se contagia. La
chiquilla está acostumbrada a los caprichos de un destino desolado, despoblado
de seres que aplomen con unanimidad la venidera buenaventura. Todo son
disgustos que Elsa recarga en su espalda jorobada, como un escudo que blinda
cualquier apertura que conlleve un convite de respiro alentador. Tiene
demasiados enemigos en su hogar. Figuras que desaprueban el deber a
pronunciarse con contundencia y rigor. Son almas impuras que decrecen en
procurar dejar reinar armonía y restan el aroma afrutado de un ambiente
esencialmente amoroso. ¿porqué debería cambiar el exterior y mostrarse más
complaciente y menos teñido de deslealtad? ¿Cuál debería ser el teorema para
poder avanzar hacia lugares externos en los que la sociedad del momento fuera
mucho más conmiserada y menos inoportuna y áspera en el trato? Elsa se hace de
nuevo preguntas mientras sus mejillas arden sin piedad.
El
grosor de unos dedos adultos ha estampado con un bofetón sonoro impregnando un
hueco, en el que se ha hecho visible una mueca adherida y soportada por unas
rojeces nada disimuladas. Las burlas sacuden el aula con un hazmerreír que se
extiende eterno al unísono. La niña siente los pómulos crujir de ardor y de
picazón insoportable. Quisiera palparse pero las manos no puede despegarlas de
sus muslos prietos y adjuntos en una silla que no se apiada del portentoso
dolor. Los pellizcos son, por definición, indescriptibles. No hay atajos en los
que ella encuentre un atisbo de alivio. No existe un integral barrido en el que
las malabares de una profesora invadida por el odio puedan extinguirse hacia
una lejanía vislumbrada. Varias veces se repite la actuación. Las bofetadas se
expelen con un rabioso rencor hacia una niña que irradia candidez sin
desperdicio. ¡Eres despreciable! Oye
Elsa como si una voz la ensordeciera por completo y la hermetizara. Ella está
acallada. No se encuentra en posición de marcar territorio, de hincar los
dientes, de mascullar con una discreta apertura de labios. Tampoco puede hacer
desplazar tibias lágrimas a través de sus hinchados hoyuelos. Demasiadas
enemistades ha creado para que su hegemónica valía pueda aflorar en el intento
de saciar justicia y equidad.
Madre
Aurora cae desplomada. Sabe que no acompaña a Elsa a la escuela. Sus episodios
depresivos se reiteran en los inapetentes y desvalidos días. Los sueños que
tiene son tormentosos. El marido madruga para cumplir con su tapiada agenda
laboral y deja el lecho despoblado. Las sábanas rugosas marcan el compás de una
visita nocturna. Quizás es un delirante espejismo; quizás una imagen
esquizoide; puede que sea un flamante y fugaz relámpago alucinatorio. No lo
puede asegurar sintiendo una absoluta lucidez en su mente plagada de fragilidad
y de desaliño. ¿podría ser todo fruto de un embrujo? ¿Alguien podría hechizar
el hogar con profecías y establecer una conexión telepática con una madre que
engendró a un bebé para alentarlo y amamantarlo con poderío y con bravura?
¿Cuál es el plan? Una pregunta insondable resulta simple, pero no existe ningún
hallazgo por respuesta. Solamente desvelos y pesadillas a través de una madre
embriagada por una deformada sombra en proporciones que la martiriza. Está
entre la vida y la muerte. Quizás después encuentre azulejos abrillantados
donde poder anclar su nómada silueta. Su faz la siente desertar. Quiere
marcarse un exilio inconsciente que no convenga un garantizado retorno a la
tierra. ¿pero y Elsa? Ella no debe mantenerse en prematura orfandad. Necesita
de una nutrición emocional imperiosa que la fortalezca y le permita evolucionar
en plenitud de sus facultades. La niña es su aliciente; su motivo de
existencia; su animada mascota que la obliga a aferrarse a la vida más
ordinaria. ¿y ese ente que la visita cada noche como ambulando por un espacio
indeterminado y flotante? ¿Es real? ¿Alguien trata de enloquecerla? ¿Hay un
propósito de revancha premonitoria? Madre Aurora va ladeando su pusilánime
cuerpo hacia ambos lados. Traga saliva y entorna los ojos hacia la puerta de
acceso. El colchón tiembla y emite un intermitente meneo. Ella no ve ningún
rostro. No se desnudan caras conocidas que presuman de querer revelar una
identidad hasta el momento recóndita. Existe un aparatoso y febril deseo de
querer apartar esa imagen vomitadora que causa una indiscutible repulsión.
Tanta negrura comprimida retortija el estómago de madre Aurora. Siente pálpitos
desmedidos, acechada por una presencia que arrolla y que ocupa todo el recinto.
Cada
noche la misma operación convulsa que no atiende a despejar una nítida
respuesta. Cuando se levanta le acompaña una idea tenaz. ¡Maldita anciana! Esa
mujer no resulta fidedigna ni de resaltada nobleza. Madre la mira al amanecer y
durante la jornada diurna con ojos inquisitivos. Hay algo repercusivo que puede
acarrear consecuencias fatídicas. El instinto materno, ¡Que llama tan
infalible! ¡Que vela que deja deslumbrar un haz de luz sobrio frente a un
cortinaje tupido por capas repletas de opacidad! ¡Que fiel revelación que se
siente en un pecho dolorido por tantas noches en vilo y días en los que ya no
vibra el compás de una silbante brisa matutina!
Días
de intenso sin sabor que llaman a la puerta de emergencia para infundir
despertares que jamás llegan a consagrarse. Un envoltorio fantasmal coloniza
una habitación que respira aire marchito. No hay rincones en los que poder
resguardarse de predadores que pretenden arrebatar la piel de madre, que sigue
sometida bajo influjos de sueño disfuncional. Ella intuye que sueña despierta.
Se mantiene en firme posición de defensora frente a un espacio hecho añicos. Un
espacio en el que un brebaje venenoso absorbe embebido la atención de una mujer
derrotada de valor intrínseco. ¡Dios, debo
actuar! Siente hacia sus adentros en el instante en que un posible ataque
invasivo de un alma incesante infringe el lecho de supuesto reposo. Los
alrededores presentan una oscuridad temeraria, que viene acompañada de un
objeto movedizo, el cual apunta con derrocar la fortaleza de una madre que ha
imperado noche y día para abrigar a una criatura desprovista de autonomía como
Elsa. Mueve los ojos saltarines con ahínco. No sabe si pronuncia palabras, pero
se obliga a desvelar qué diablos se esconde bajo la capa abultada de
grandiosidad en proporciones. Desgraciadamente, sus repetidos intentos son en
vano. Parece que existe un objetivo para querer aniquilar a madre Aurora. No
debe continuar con vida en un entorno donde gobiernan el odio y la amonestación
más tintineantes. Hay una intención de ensañamiento que apuesta por batallar
para triunfar sin oponentes en su ruta recurrente.
Madre
y el fantasma pleitean para alcanzar una gloriosa odisea en la que presida una
intencionalidad de posesión frente a Elsa. Un jugo de venganza; una sed de
revancha que no va a dirimir durante esos días de purga onírica. Madre debe
incorporarse de su camastro para acompañar a Elsa en su ciclo escolar. Debe ser
ella que, con su preciada presencia se vista, se asee, se emperifolle con
desenvoltura para comparecer y entrevistarse con la directora de la escuela de
Elsa.
La
niña, taciturna, inmersa en un mutismo que se manifiesta precintado en un
tiempo remolón, no comunica los sucesos que vive con los compañeros de clase.
Madre está al corriente de su permanente secretismo que parece haya de ser
obedecido bajo un impuesto juramento. La coronilla de la niña se encuentra
rígida, el abdomen apretado, las piernas arrastradas por una carga de
inculpaciones que intoxican sus sentidos. Madre intenta mantener una plática
con Elsa. Quizás pueda ventilar nuevos horizontes de prematura esperanza.
Quizás haya alguna rencilla que permita hacer desfilar un hilo de palabras
conexas que emitan información de alta importancia y trascendencia. Podría desatarse
una cadena de confesiones en las que Elsa difamara la ardua tarea de vulnerar,
por parte de acechantes presencias en el colegio, su valiosa honestidad y
nobleza. No obstante, la creciente insistencia de madre se convierte en un fiel
compañero de viaje que no aterriza a puerto efectivo. Elsa alza la mirada hacia
el éter. La enturbia, la dispersa, la ausenta, procura eludir las preguntas de
madre para poder desembragar tanta maraña comprimida. Con simpatía y cordialidad,
madre intenta focalizar la mirada hacia su hija con implicada compasión. Hay
atisbos de credibilidad a través del silenciador comportamiento de Elsa que no
admiten errores en la existencia de delinquidos actos en el escenario ajeno a
su hogar. Su pasiva conducta, de alguna manera, infiere como catalizador para
poder adivinar que existen agravios que no se podrán desvanecer ni concluir en
el tiempo. Es hora de accionar una palanca que permita canalizar mecanismos
frente a unos villanos que pretenden rebosar ponzoña en el corazón más benévolo
y encantador perteneciente a una inmaculada niña. Los verdugos no se andan con
contemplaciones. Madre lo intuye, a través de un apocamiento forzado que se
replica sin disentimiento en los parpadeantes ojos de una frustrada niña de
reducida edad.
Madre
se acerca cada vez más al paradero de la verdad, aunque todavía ignore cómo
mostrar pruebas sin rebatimiento posible. Su hija, con ese silencio perdurable,
es la flecha indicadora que dirige a madre hacia el foso que oculta evidencias
que deben desenterrarse y translucir. Ella sospecha que existen cabos sueltos
que deben conllevar una atadura bien encajada para poder desembrollar todo el
cúmulo de signos interrogantes. El remarcado instinto de una educadora que ha
mantenido una compostura firme frente a la rotura emocional de una niña, de
apariencia enfermiza, procura que se active una fuente de ejecución para
despegar los enigmas que esconde Elsa. Una Elsa que no intenta pronunciarse ni
confesar su acometida en un centro escolar que pisotea su rendimiento y su fuente de aprendizaje sin vagos
escrúpulos.
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