domingo, 4 de enero de 2026

LECCIONES DESAPRENDIDAS

 



LECCIONES DESAPRENDIDAS 

Una corriente casi impulsiva, como el viento sacudido por la presión eólica de la atmosfera, la arrastra hacia una encerrona. Existe un presidio en su mundo interno y el exterior no hace más que corresponderle. El suelo está lleno de orificios y reforzado por una red de alambre azulado. Cuesta mantenerse en pie sin sentir un inquietante balanceo, casi conducido al sepulcro. Una sepultura va burbujeando la sensación de un cuerpo que ha sido despojado de sus prendas más íntimas. Cierra los ojos y contrae las sienes. La oscuridad ocular le brinda una seguridad que Elsa ingenia para desclavarse del inmenso pavor que la sacude. El balanceo corporal persiste y la niña cree que prontamente se escurrirá hacia una de las aperturas subterráneas. Intenta concentrarse en la posibilidad de existencia de entidades carroñeras. Quizás los ratones caven madrigueras en el subsuelo para atrapar a las presas y así saciar su íntegra subsistencia. Ese pensamiento es relampagueante y emite un destello de distracción efímera frente a un encarcelado lugar, en el cual Elsa exhibe su flácido cuerpo de forma integral.

Mira hacia las paredes barnizadas por un masillado gastado y lleno de cráteres. El tono es grisáceo y emite un hedor de humedad corrompida. Hay salpicaduras de pintura que tiñen ciertas paredes con una palidez que deprime la estancia. También alza la cabeza hacia el techo en señal de escapatoria. Le gustaría poder brincar como una cabra montesa y trepar como una ardilla, para llegar hacia una cúpula que la abrazara al completo y la convirtiera en una identidad invisible. Todo ese recorrido visual, en décimas de segundos, se encuentra interceptado por voces que, con una hilaridad unánime, se manifiestan en señal de querer festejar un acontecimiento que es implícitamente atroz. Elsa es consciente de ese torrente acosador de voces que intentan verificar con vitoreos y un griterío ensordecedor la desfachatez que, por momentos, la niña no sabe ni es capaz de interrumpir. Ella se derrumba anímicamente. Acalla la gravedad en un instante en el que su ser se percibe saboteado por otros seres de semejante edad. Son seres iracundos, insaciables, que no descansan hasta ver como Elsa observa sus genitales con una terrible vergüenza y un descrédito arrollador. Las voces burlan la realidad más imparcial frente a un acto estoicamente delictivo y penalizable. Más esas voces pertenecen a menores que no podrían ser penalizados por su pestilente moral. Se encuentran biológicamente en igualdad de condiciones y ningún juez podría dictaminarles una firme sentencia. Pero ellos son conscientes de su salvaje inmoralidad. No sienten lástima ni compasión frente a un cuerpo que deja exudar su minúscula silueta innata. Hay un propósito, un objetivo que parece inviable, pero, en esencia, se presenta como evidente. La fragilidad eternizante de una niña fortalece la egolatría en unos malhechores que no se puede milimétricamente ponderar. Todo es hastío y desesperanza. No existen arco iris que resplandezcan ni irradien, con una majestuosa posada, colores de presumida belleza. No hay pasadizos secretos en los que poder escurrirse y poder atravesar el tramo desolador, para llegar a la frontera que denote una asegurada salvación.

Elsa puede posar de pie y, al mismo tiempo, ver de refilón un indiferente retrete que atestigua los aplausos y las bravuras de unos seres disconformes ante una hipotética rendición. Elsa se da cuenta que la puerta de salida está completamente bloqueada. Un cerrojo forjado de hierro posa en dirección horizontal trabando cualquier intento de salida. Quizás afuera puedan avecinarse pasos que se percaten del penetrante calvario de una niña sin recursos para poderse dar a la fugitiva más tenaz.

Desgraciadamente, la realidad no sonríe a Elsa. Le da la espalda inamovible, impasible, enmudecida, completamente ajena a sus reclamos más afanosos. El estado de embriaguez emocional provoca que sus oídos silben, como si estuviese sometida ante la escucha de un sonoro silbato. Las paredes lloran frente a tanta desolación esparcida. Todo el recinto queda impregnado de esos abusos que unos intrépidos niños no pretenden interrumpir. Una sonata de palabras grotescas y bruscamente emitidas al unísono siguen el curso sin sentir la necesidad de un acabose determinante.

Elsa piensa en el clan familiar en el que ella habita. Una vivienda carente de estímulos psicoafectivos y manifiestos de conducta ejemplarizada. La mente, como una peonza, va rotando en vagos pensamientos una asociación encadenada de hechos que ya no se prestan inopinados. Tienen una razón de residir y de reflejar, como un espejo, la reproducción de calamitosas experiencias por carencia de cariño parental. Madre Aurora, en estos momentos apesadumbrados, no puede ofrecerse genuinamente para un rescate. Elsa está sola, con su entorpecida y vagabunda mente. Ésta divaga en el tiempo. Viaja hacia unos parajes donde pueda sobrevivir sin agonía ni delirio. Es el mecanismo defensivo de una niña que ha adoptado una actitud de sumisión frente al avasallamiento más invasivo.

Los niños repasan su cuerpo sin llegar a una palpación táctil. Las manos se encuentran recostadas en sus caderas. Se regocijan de ver a la niña desprovista de herramientas que puedan contraatacar el demoledor escenario. Todo tiene una intermitencia nefasta y subversiva. Un poder desmedido y hegemónico en el que los agresores no contemplan una brecha de descanso ni mucho menos de retirada. Elsa se convierte en una estelar vasalla. Los niños que la envuelven le pisotean la ropa que en su momento fue lavada con pulcritud por madre Aurora. Dan grandes saltos con la suela del calzado en señal de estado triunfal y ganador. Elsa ve como su ropa ennegrece por las marcas de pisadas que se estampan contra un pavimento desigual y repleto de obvias perforaciones.

El aquí y el ahora plácido y gratificante ha partido hacia otras tierras forasteras. La niña tiene la cabeza oblicua, taponada de incesantes confusiones, ideas difusas, claros que, como en el firmamento devastado por nubarrones, se van diluyendo en un recostado horizonte. Es el momento de partir. De encontrar cromáticas estampas dibujadas que ofrezcan un encanto solar. Luces de decoración pictórica van extrayéndose de una caja que parece diseñada por una pincelada de manual artesanía. La niña se asienta en un pupitre. El trasero rectilíneo se apoya contra la plataforma de una silla rectangular. Va resiguiendo el rastro de ciertos plastidecores que le reclaman ser condecorados sin cesión. Siente el lóbulo occipital y el lóbulo frontal flaquear. Su esencia física se ensombrece por instantes frente ante un unánime alboroto ajeno. El aula está atiborrada de alumnos que, hambrientos por cumplir con la apetencia de colorear, van comentando las hazañas de sus pictóricos diseños. Elsa los observa alegres, distraídos y, a la vez, obcecados en conseguir con esmero obras que impresionen a la instructora que modera la actividad. Ella no se concentra. Focaliza la atención hacia una figura superior que tiene el poderío más supremo para desacreditar cualquier quehacer artístico.

Elsa se anticipa al más fatídico desastre. Su intuición está habituada a permanecer como aliada en un sigilo casi asiduo. Su mente, no obstante, se propaga ambigua. Se manifiesta con una descarada producción gestual ambivalente. Primero procura agarrar con las manos un color para plasmarlo en la lámina que tiene delante y otorgarle una distinguida tonalidad. Por otro lado, una sintomatología conjunta dotada de ansiedad y de nerviosismo la retraen. No se atreve a accionar su intrínseco capricho. Considera que desembocará en una amonestación sin precedentes. Su estrecha perspectiva de un cuadro ambiental incierto no la dejan distenderse ni confiar en un liviano tempo. Los segundos se prolongan. Los compañeros de clase siguen comentando la jugada mientras perfilan y rellenan espacios en blanco con vívidos colores.

Elsa no consigue unificarse frente a un grupo que ha establecido una bien avenida alianza. Lo desea con todo su bullente espíritu, pero el intento no apuntala hacia el manifiesto. Las manos las siente pegajosas y sudorosas, como si un ungüento hubiese untado las frágiles palmas. También una cierta rigidez manual prevalece firme y contenciosa en una escena que edulcora los sentidos por el mero hecho de concentrarse hacia una exquisita corriente artística. Elsa intenta teclear el contorno del pupitre. Sus dedos procuran movimientos de repiqueteo, como cefalópodos en el mar, danzando entre bravas aguas para sentirse capaces de mimetizarse con el arrecife marino. Sigue intentando deslizar las manos hacia la cajetilla de diversificados y llamativos colores. Más la intención queda restada a una idealización mental. Los dedos se le tuercen, palpan con entorpecidos movimientos el saliente del pupitre y no existe un método eficaz para despegar las bellas artes que endulzan y dan cromatismos en el aula con una alegría común entre los presentes. Está arrinconada e ignorada por una profesora que no le dirige palabras de aliento ni de ánimo. La profesora va resiguiendo el modus operandi del resto de chiquillos que se inundan de placentera satisfacción al ver sus dibujos cada vez mejor confeccionados. Los brazos de ésta están reposando a la altura de su cintura en la parte dorsal, por un cruce de manos. Elsa ve como los observa y como les comunica algo que no consigue comprender. Sin embargo, los comentarios parecen constructivos e invitan a querer pertenecer al clan. La profesora infiere insistentemente, con cabezadas llenas de descaro, una aprobación que resulta imposible de objetar. Por los aires danzan plastidecores que se disparan como balazos de los pupitres contiguos. Caen al suelo como confetis desplomados por un acentuado frenesí que ambienta el aula por alumnos risueños y ensimismados en conseguir un producto final bien pulido y acabado.

Elsa no puede imitar la conducta de los compañeros. Vive en un mundo yuxtapuesto por antagónicas emociones. Se siente empequeñecida, reducida a minúsculas porciones de un cuerpo que parece haya alejado cualquier indicio de desarrollo. No percibe que tenga un nexo con la vida como el resto de los mortales. Exhausta y conforme a una débil silueta que la representa, se pregunta quien protagoniza su trayecto diario de índole existencial. Quiere respuestas contundentes e innegociables. Se niega a aceptar por contestación otro interrogante que implique volver a una inquisición retórica y anclada a un bucle espiral sin liberación. Está harta de vivir fuera de ella misma, en un paralelismo que solamente atrae criaturas fantasmagóricas y demoníacas, que extenúan por completo su total brío interno. Ahora ya no quiere exponerse a preguntas manchadas de absurdidad. Está cansada de pertenecer a una vida que no le corresponde. Quisiera brindarse la oportunidad de adquirir fusión en un mundo condecorado de riquezas y de tesoros en los que la alquimia del oro fuese un compatriota eximio. Casi se le escapan las lágrimas por un ensueño que no se presta a interrumpir.

La profesora, de sopetón, la repasa de los pies a la cabeza, como un inspector que pretende cavar en el trasfondo de un supuesto sospechoso que ha criminalizado un agravado evento. La mira sin pudor ni amparo. Elsa la percata con un compungido gesto de asentimiento y de aceptación. Cree que no debe levantar muros de protesta en su accidentado mundo. Debe aprender a enmendar cualquier muestra de suplicio que antes haya procesado para ser contundentemente exhibido. Mira los coloreados lápices y no es capaz de crear un esbozo, una pequeña parcela donde las láminas queden empoderadas de acaloradas manchas formando alguna forma o algún nombre predefinido. Todo lo que le rodea lo siente en sus manos escurridizo y huidizo, como si no tuviese la primicia de ser desarrollado con coraje y pulcritud. Las manos están pegadas como con cola y exudan un espesor que ya no podrá ser nombrado. Es una sensación esperpéntica, que le provoca una enajenación de personalidad dentro de un entorno dicotómico. La chiquilla ha disociado su presencia. El lugar que ocupa en el pupitre ya no lo encuentra adherido al cuerpo. Se esta encogiendo por segundos en un lugar en el que las contiendas y las regañinas serán las anfitrionas de la velada.

La profesora desvela alaridos de aprobación frente a un grupo que se muestra proactivo e implicado en perfilar confecciones plásticas, que generan un efecto visual de gracia y de placidez. Al mismo tiempo, la mirada de la maestra está atenta a la actitud repleta de pasividad de Elsa. La niña se empecina en ignorar el porvenir, en rehuir un propósito alarmante que presiente que no salvaguardará el tiempo. Los instantes de expectación se prolongan con una asqueada repugnancia. Sabe que habrá represalias, algún reproche, algún ataque verbal que no sucumbirá en el intento. Quizás todo sea un mero reflejo de una muralla mental en la que Elsa perfora con sus ojos, para evidenciar un encadenado sucesivo de calamitosas desgracias. Siente, como de costumbre, que no habrá botes de auxilio salvavidas que apoyen su vulnerable silueta. Estará enfrentada con suma soledad hacia bravos mares que, con su incendiada furia, la arrastrarán a la deriva.

Su quietud aplastante conmueve, impresiona, perturba, casi se contagia. La chiquilla está acostumbrada a los caprichos de un destino desolado, despoblado de seres que aplomen con unanimidad la venidera buenaventura. Todo son disgustos que Elsa recarga en su espalda jorobada, como un escudo que blinda cualquier apertura que conlleve un convite de respiro alentador. Tiene demasiados enemigos en su hogar. Figuras que desaprueban el deber a pronunciarse con contundencia y rigor. Son almas impuras que decrecen en procurar dejar reinar armonía y restan el aroma afrutado de un ambiente esencialmente amoroso. ¿porqué debería cambiar el exterior y mostrarse más complaciente y menos teñido de deslealtad? ¿Cuál debería ser el teorema para poder avanzar hacia lugares externos en los que la sociedad del momento fuera mucho más conmiserada y menos inoportuna y áspera en el trato? Elsa se hace de nuevo preguntas mientras sus mejillas arden sin piedad.

El grosor de unos dedos adultos ha estampado con un bofetón sonoro impregnando un hueco, en el que se ha hecho visible una mueca adherida y soportada por unas rojeces nada disimuladas. Las burlas sacuden el aula con un hazmerreír que se extiende eterno al unísono. La niña siente los pómulos crujir de ardor y de picazón insoportable. Quisiera palparse pero las manos no puede despegarlas de sus muslos prietos y adjuntos en una silla que no se apiada del portentoso dolor. Los pellizcos son, por definición, indescriptibles. No hay atajos en los que ella encuentre un atisbo de alivio. No existe un integral barrido en el que las malabares de una profesora invadida por el odio puedan extinguirse hacia una lejanía vislumbrada. Varias veces se repite la actuación. Las bofetadas se expelen con un rabioso rencor hacia una niña que irradia candidez sin desperdicio. ¡Eres despreciable! Oye Elsa como si una voz la ensordeciera por completo y la hermetizara. Ella está acallada. No se encuentra en posición de marcar territorio, de hincar los dientes, de mascullar con una discreta apertura de labios. Tampoco puede hacer desplazar tibias lágrimas a través de sus hinchados hoyuelos. Demasiadas enemistades ha creado para que su hegemónica valía pueda aflorar en el intento de saciar justicia y equidad.

Madre Aurora cae desplomada. Sabe que no acompaña a Elsa a la escuela. Sus episodios depresivos se reiteran en los inapetentes y desvalidos días. Los sueños que tiene son tormentosos. El marido madruga para cumplir con su tapiada agenda laboral y deja el lecho despoblado. Las sábanas rugosas marcan el compás de una visita nocturna. Quizás es un delirante espejismo; quizás una imagen esquizoide; puede que sea un flamante y fugaz relámpago alucinatorio. No lo puede asegurar sintiendo una absoluta lucidez en su mente plagada de fragilidad y de desaliño. ¿podría ser todo fruto de un embrujo? ¿Alguien podría hechizar el hogar con profecías y establecer una conexión telepática con una madre que engendró a un bebé para alentarlo y amamantarlo con poderío y con bravura? ¿Cuál es el plan? Una pregunta insondable resulta simple, pero no existe ningún hallazgo por respuesta. Solamente desvelos y pesadillas a través de una madre embriagada por una deformada sombra en proporciones que la martiriza. Está entre la vida y la muerte. Quizás después encuentre azulejos abrillantados donde poder anclar su nómada silueta. Su faz la siente desertar. Quiere marcarse un exilio inconsciente que no convenga un garantizado retorno a la tierra. ¿pero y Elsa? Ella no debe mantenerse en prematura orfandad. Necesita de una nutrición emocional imperiosa que la fortalezca y le permita evolucionar en plenitud de sus facultades. La niña es su aliciente; su motivo de existencia; su animada mascota que la obliga a aferrarse a la vida más ordinaria. ¿y ese ente que la visita cada noche como ambulando por un espacio indeterminado y flotante? ¿Es real? ¿Alguien trata de enloquecerla? ¿Hay un propósito de revancha premonitoria? Madre Aurora va ladeando su pusilánime cuerpo hacia ambos lados. Traga saliva y entorna los ojos hacia la puerta de acceso. El colchón tiembla y emite un intermitente meneo. Ella no ve ningún rostro. No se desnudan caras conocidas que presuman de querer revelar una identidad hasta el momento recóndita. Existe un aparatoso y febril deseo de querer apartar esa imagen vomitadora que causa una indiscutible repulsión. Tanta negrura comprimida retortija el estómago de madre Aurora. Siente pálpitos desmedidos, acechada por una presencia que arrolla y que ocupa todo el recinto.

Cada noche la misma operación convulsa que no atiende a despejar una nítida respuesta. Cuando se levanta le acompaña una idea tenaz. ¡Maldita anciana! Esa mujer no resulta fidedigna ni de resaltada nobleza. Madre la mira al amanecer y durante la jornada diurna con ojos inquisitivos. Hay algo repercusivo que puede acarrear consecuencias fatídicas. El instinto materno, ¡Que llama tan infalible! ¡Que vela que deja deslumbrar un haz de luz sobrio frente a un cortinaje tupido por capas repletas de opacidad! ¡Que fiel revelación que se siente en un pecho dolorido por tantas noches en vilo y días en los que ya no vibra el compás de una silbante brisa matutina!

Días de intenso sin sabor que llaman a la puerta de emergencia para infundir despertares que jamás llegan a consagrarse. Un envoltorio fantasmal coloniza una habitación que respira aire marchito. No hay rincones en los que poder resguardarse de predadores que pretenden arrebatar la piel de madre, que sigue sometida bajo influjos de sueño disfuncional. Ella intuye que sueña despierta. Se mantiene en firme posición de defensora frente a un espacio hecho añicos. Un espacio en el que un brebaje venenoso absorbe embebido la atención de una mujer derrotada de valor intrínseco. ¡Dios, debo actuar! Siente hacia sus adentros en el instante en que un posible ataque invasivo de un alma incesante infringe el lecho de supuesto reposo. Los alrededores presentan una oscuridad temeraria, que viene acompañada de un objeto movedizo, el cual apunta con derrocar la fortaleza de una madre que ha imperado noche y día para abrigar a una criatura desprovista de autonomía como Elsa. Mueve los ojos saltarines con ahínco. No sabe si pronuncia palabras, pero se obliga a desvelar qué diablos se esconde bajo la capa abultada de grandiosidad en proporciones. Desgraciadamente, sus repetidos intentos son en vano. Parece que existe un objetivo para querer aniquilar a madre Aurora. No debe continuar con vida en un entorno donde gobiernan el odio y la amonestación más tintineantes. Hay una intención de ensañamiento que apuesta por batallar para triunfar sin oponentes en su ruta recurrente.

Madre y el fantasma pleitean para alcanzar una gloriosa odisea en la que presida una intencionalidad de posesión frente a Elsa. Un jugo de venganza; una sed de revancha que no va a dirimir durante esos días de purga onírica. Madre debe incorporarse de su camastro para acompañar a Elsa en su ciclo escolar. Debe ser ella que, con su preciada presencia se vista, se asee, se emperifolle con desenvoltura para comparecer y entrevistarse con la directora de la escuela de Elsa.

La niña, taciturna, inmersa en un mutismo que se manifiesta precintado en un tiempo remolón, no comunica los sucesos que vive con los compañeros de clase. Madre está al corriente de su permanente secretismo que parece haya de ser obedecido bajo un impuesto juramento. La coronilla de la niña se encuentra rígida, el abdomen apretado, las piernas arrastradas por una carga de inculpaciones que intoxican sus sentidos. Madre intenta mantener una plática con Elsa. Quizás pueda ventilar nuevos horizontes de prematura esperanza. Quizás haya alguna rencilla que permita hacer desfilar un hilo de palabras conexas que emitan información de alta importancia y trascendencia. Podría desatarse una cadena de confesiones en las que Elsa difamara la ardua tarea de vulnerar, por parte de acechantes presencias en el colegio, su valiosa honestidad y nobleza. No obstante, la creciente insistencia de madre se convierte en un fiel compañero de viaje que no aterriza a puerto efectivo. Elsa alza la mirada hacia el éter. La enturbia, la dispersa, la ausenta, procura eludir las preguntas de madre para poder desembragar tanta maraña comprimida. Con simpatía y cordialidad, madre intenta focalizar la mirada hacia su hija con implicada compasión. Hay atisbos de credibilidad a través del silenciador comportamiento de Elsa que no admiten errores en la existencia de delinquidos actos en el escenario ajeno a su hogar. Su pasiva conducta, de alguna manera, infiere como catalizador para poder adivinar que existen agravios que no se podrán desvanecer ni concluir en el tiempo. Es hora de accionar una palanca que permita canalizar mecanismos frente a unos villanos que pretenden rebosar ponzoña en el corazón más benévolo y encantador perteneciente a una inmaculada niña. Los verdugos no se andan con contemplaciones. Madre lo intuye, a través de un apocamiento forzado que se replica sin disentimiento en los parpadeantes ojos de una frustrada niña de reducida edad.

Madre se acerca cada vez más al paradero de la verdad, aunque todavía ignore cómo mostrar pruebas sin rebatimiento posible. Su hija, con ese silencio perdurable, es la flecha indicadora que dirige a madre hacia el foso que oculta evidencias que deben desenterrarse y translucir. Ella sospecha que existen cabos sueltos que deben conllevar una atadura bien encajada para poder desembrollar todo el cúmulo de signos interrogantes. El remarcado instinto de una educadora que ha mantenido una compostura firme frente a la rotura emocional de una niña, de apariencia enfermiza, procura que se active una fuente de ejecución para despegar los enigmas que esconde Elsa. Una Elsa que no intenta pronunciarse ni confesar su acometida en un centro escolar que pisotea su rendimiento y su fuente de aprendizaje sin vagos escrúpulos.

 

 

 

 

 

 

 

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