domingo, 4 de enero de 2026

MIRANDO A TRASLUZ





MIRANDO A TRASLUZ


El sonido, sin premeditarlo, se convierte en un hilo musical. Elsa oye música de fondo. Quizás un gramófono de los años setenta rota sin cesión canciones de índole melódica. ¿Dónde estoy? Se hace una pregunta retórica. La repite en diversas ocasiones. Un escenario se yuxtapone. Elsa no sabe cómo ha ido a parar hasta allí. Un comedor rectangular y de aspecto clásico la acoge. Unos muebles de madera prensada ladeados dejan entrever notas musicales. Elsa se observa las manos. Mucho mayor. ¿y las gruesas piernas? ¿y el arrollamiento de masculinidades que se entestaban en visitarla en la intimidad para atentarla? ¿y María Teresa de Jesús que parecía sonrojarse y sentir retortijos frente a la desnuda presencia de una niña aparentemente huérfana?

Sus manos. Ve las líneas de las palmas, los nódulos, las yemas, las uñas. Todo ha crecido en grosor. Ella es algo más mayor. No muy consciente del entorno empañado por un parsimonioso ambiente, pero muy vigilante en los detalles. Una mesa cuadrada la circunvala. Y un regazo protector la mece mientras intenta probar bocado. La filarmónica se ha puesto en marcha. Elsa escucha las vibrantes cuerdas vocales de un intérprete para ella inédito. Se acomoda en el faldero de una supuesta madre que parece insiste en la ingestión de nutritivos alimentos. La niña rehúye el contacto de la cuchara que se estampa contra su cavidad bucal. Se muestra reticente en querer tomar provecho de un suculento manjar. Se siente absorta, tiemblan sus brazos y el pectoral. Mira hacia el frente. Una silueta portentosa va caminando alrededor de la mesa. Los ojos de la chiquilla la enfocan difuminados. No acaba de reconocer la identificación de la presencia. Ve un cabello grisáceo con líneas rectas que marcan el paso de unos años maduros. Un cabello, en cierta forma canoso, muy recortado, prácticamente en roce con la fibra capilar.

Podría tratarse de la silueta de una anciana que merodea para inquirir en alguna revelación incierta. El caso es que esta supuesta mujer no interrumpe su tránsito. Las ansias por querer indagar en un silencio casi sepulcral qué hace Elsa sentada en un cuerpo maduro que pretende alimentarla sin contención, no pretende dejar de ser partícipe de la velada. La niña puede entrever una encrucijada sin resolver. Siente un corazón prieto, arraigado a sus orígenes, a sus ancestros, a la génesis que ha hecho veraz un nacimiento merecedor. Pero también puede percatar repulsión hacia la anciana que, con un semblante posesivo, no pretende renunciar a la vigilia para velar por el hipotético bienestar de la pequeña. Quizás sean hipótesis infundadas. Hechos que no atienden a un análisis exhaustivo y replicable. Sin embargo, Elsa, a pesar de su corta edad, intuye algo perturbador, mundano, invasivo, pertinaz e indolente.

Madre Aurora puede entonar con una voz dulzona, suave y refinada palabras tranquilizadoras para Elsa. Intenta aplacar el escenario alertador. Le dirige a la niña la posibilidad de relajarse sin condiciones. De poder recostarse y de nutrirse sin recato. Un plato de un potaje hecho de arroz y leche va regando el babero de Elsa. Ella tiene manchas en la ropa. Un salpicado de huellas de suciedad se van acumulando en su ropaje mientras intenta masticar sin mucho éxito hacia el engullido. La niña se opone ante cualquier indicio de colaboración. Su estrechez estomacal es inconmensurable. Todo el aparato digestivo lo percibe empachado por tantas noches en vilo, sin poder entornar la córnea que está siempre constreñida. Cree que pronto el torbellino de imágenes borrascosas va a envolver el espacio de seguridad más preciado. La realidad axiomática se contrapone de nuevo para darle el cáliz venenoso que ella quisiera eludir.

De repente, baja la vista hacia el plato cocinado. Una carátula de un disco aparece de manera casi inducida por una fuerza esotérica. Madre Aurora anuncia algo. Elsa sobreentiende que es un mensaje reconfortante, pero es incapaz de descodificarlo con plenitud. Continúa observando el artista del vinilo. Tiene un rostro surcado, con pliegues bajo los hoyuelos. Ciertas ojeras bastante pronunciadas se recuestan en la portada del disco. Mejillas con un cierto color ocre, una sonrisa humilde, expresada con disimulo, cautiva el interés de Elsa. La nariz prominente, sobresalida, con un tabique ancho en proporciones le otorgan un aire aristocrático. El intérprete sea quizás una personalidad consagrada, con una fama adquirida por el paso del tiempo, avezado a los innombrables ensayos y prácticas vocales que no han tenido desperdicio. Puede ser el renombre de alguien que madre Aurora concibe como admirable y emulador. Elsa sigue boquiabierta frente al despliegue del disco que madre sostiene a cada lado del perímetro con sus manos maduradas. Un cierto afán por escuchar una voz cantora, que se caracteriza por hechizar a miles de oyentes la tienen ciertamente intrigada. Tiene ganas de curiosear, de experimentar con el oído el afino melódico que se puede dejar desplegar.

En el compartimento del mueble más cercano a los portones del balcón Elsa ve un reproductor de vinilo en desuso, inactivo. Madre Aurora se da cuenta de la descubierta de Elsa. Al cabo de pocos minutos una mano anónima activa una musicalidad deleitable y afanosa. La niña no ha presenciado que nadie haya descubierto del envoltorio del disco la figura del artista que, de repente, sonoriza graves y agudos con un filo de voz repicador. Elsa comienza a creer en las quimeras, en la magia del presente, en los aconteceres que vislumbran un probable milagro, que se presenta sin prever como una señal de arrasamiento doloroso. Entonces empieza a vocalizar. Palabras inconexas fluyen a través de las cuerdas vocales. Existe un cierto vitoreo, un aplauso, un repicar de palmas que se plasman con una cierta torpeza. Ella se manifiesta vívida, repuesta y recuperada en su alma incolora. Ahora puede percibir un tono amarillento en un entorno que irradia una cierta luminosidad.

Más allá de la carátula del disco, cuentos infantiles se encuentran amontonados y esparcidos por la superficie con un cierto carácter de desorden. Elsa se muestra desinteresada a querer que madre le recite algo épico. La descubierta del cantante la ha rejuvenecido en cuerpo y en alma. Madre le cuchichea algo al oído. La niña puede generalizar que las palabras tienen relación con el sustento alimentario. Un cierto pacto entre madre e hija queda zanjado cuando el cantante se da a conocer, diseminando la voz de canto rumboso en todos los recodos del comedor. Elsa, tímidamente, expresa un gesto de asentimiento. El espeso caldo de leche y arroz está siendo deglutido con más fluidez. La niña, con el oído afinado y la mirada más enfocada, ve el balcón de enfrente mientras continúa enfrascada en el mito cantor que deja entonar ritmos alegres y desenfrenados. La música ahuyenta todo tipo de malignidad. No hay discursos subversivos, atacantes, agresivos, que pudren cualquier chispa de libertad robada. Madre está presente. Toda Elsa la puede captar con un carisma de protección irrebatible.

La anciana, no obstante, no permite que la niña se apelmace. Un pensamiento translúcido recorre las sienes de Elsa. Siente el córtex explotar. Una escena que tiene nexo con las gruesas piernas que mentalmente congelaba en la cuna vuelve a protagonizar su mente en disfunción. Algo muy profundo, muy enterrado y latente la hace sobresalir del deleite de escuchar piezas musicales en un momento de notorio esplendor. Mira con la cabeza elevada, erguida, muy bien enderezada hacia el otro lado de la mesa del comedor. La anciana, ambulando por la casa, la incomoda. El rostro le resulta indigesto. No existe una panacea que pueda combatir ese rechazo que se instala dentro de su infantilizada mente. Madre se da cuenta del efecto rebote, pero lo acalla con apremiantes caricias en los pómulos de la niña. Parece un juego de tronos, en el que se disputa a un ganador que va a conseguir un medallón por su infalible heroicidad y estoicismo. El hogar de Elsa se asemeja a una pugna de enfrentamientos sin acabose. La anciana enclava la mirada contra la niña. La pequeña la devuelve temerosa. ¡Dios santo! Las piernas gruesas de nuevo. Ese manchurrón estampado contra el cerebro de una niña que, igual que una rueda, va virando sin una firme meta hacia lugares que han sido asaltados por sanguinarias guerras sin derecho a protesta ni reconversión.

La anciana le resulta levemente familiar. Su pose, desentendida en inminente reflejo, pero con unos ojos que se caracterizan por un imbuido interés, van refilando cada conducta reactiva de la menor. Elsa no puede interpretar con lúcida razón cual es el propósito de esa presencia, aunque la enturbia por instantes. Ella ve en los labios de la mujer algo adverso, contraindicado, antagónico ante cualquier situación que se pueda insuflar un remanso de descanso y de placidez a nivel espiritual. El hilo musical sigue sonando indiferente frente a las intuiciones que la pequeña va recabando en su enfrascada mente. Elsa está entre dos mares. Madre parece que la ampara y la exenta de cualquier incerteza inducida por magistrales infiltrados dentro de un hogar, en esencia, impoluto.

Sin embargo, hay otra vertiente que contrasta esa evidenciable realidad. Elsa lo puede percibir en el pecho. Una angustia energúmena va enclavándose hacia los adentros más afines a sus raíces. Esa angustia la percata como algo acostumbrado en otro escenario paralelo que parece un tanto difuminado, borroso, poco reconocible, pero, a la vez, caracterizado por una familiaridad que ya no puede ser diferida. Un camino estrechado y rectilíneo acompaña a la pequeña en un trayecto que no aparenta fin. En los costados más contorneados hay pinares y plataneros que se abanican por el balanceo de un viento primaveral. El sol los alumbra con rayos electrizantes que se estampan en todas las ramas hasta alcanzar el tronco más engrosado visto jamás. Elsa procura con sus desenfocados ojos concentrarse en la apreciación de las bellezas botánicas y se siente respirar mucho más aliviada. Quisiera emprender un vuelo hacia ciertas nubes que eclipsan un horizonte claro y despejado, teñido por un azulado pintoresco y pincelado. Le gustaría poder despojarse de tanta maraña comprimida, que apura cada recodo de su ser. Quizás podría volar como algunas hurracas, gorriones y palomas que se afanan en sus quehaceres para construir un nido que los ancla en un hogar seguro, sin reservas ni limitaciones. Ella valora y aprueba la fuente principal de una sabia naturaleza que todo lo embellece con una suavidad y una placidez que embebe el jugo más exprimido de sus cándidos sentidos.

El amor hacia esas criaturas que viven en un entorno silvestre y ecológico no tiene desperdicio y despiertan en Elsa una imperante necesidad por conseguir un apropiado mimetismo. Ella, educada en un entorno disfuncional, en el que los focos de luz casi no conciben un resultado de resplandor tienen a Elsa en vilo. Ella desea de forma efervescente bullir con la calidez de la vegetación y poder abrazar el mundo sin sentirse en compañía de presencias, que merman su pureza más repleta de nobleza y de sencillez. Sabe que no debería de estar en un camino donde se pueden percibir matorrales repletos de zarzas que van acribillando su desnuda alma de cardenales y de arañazos indebidos. Ella sigue andando por ese camino repleto de esplendor sin un puerto donde aterrar. Se siente compungida. Su cuerpo desencajado, desconectado de su inherente ser. Oye voces lejanas que le salpican el oído sin poder traducir la intencionalidad de la emisión de los diálogos profesados. Hay un griterío de fondo que, en cierta manera, trastoca su capacidad de autorregularse a un nivel emocional. Esa ambigua sensación cada vez más se va acrecentando con fortaleza. No le agrada nada sentirla más está ahí advirtiéndola de algún riesgo mayor.

De repente, dos labradores van caminando en sentido contrario, amarrados con sus respectivas correas, y realizan paradas intercaladas por un andar apaciguado, para olisquear y husmear un césped, reseco debido a la deslumbrante energía solar.  Parece que haya momentos en que quieran enervarse, batallar contra la panorámica externa, pero solamente es una percepción de Elsa. Los dos caninos persisten en una conducta danzarina y desentendida, trotando por el medio sin importarles los devenires de lo ajeno. Elsa siente la enérgica impulsión de los caninos de querer acercarse a la chiquilla para ser toqueteados sin pudor. Ella quiere corresponderles también con enfrascadas caricias y acalorados mimos, aunque bruscamente se da cuenta de que se encuentra amarrada. La mano derecha está fuertemente sujeta. Ella quiere creer que solamente se acaba de cruzar con maleza herbal que le roza la palma de la mano y sus delicados dedos. Detesta ladear la cabeza y poder así desenmascarar al causante de su amanillado. Los perros llegan al espacio que Elsa ocupa y las miradas se enclavan, como dos martillos contra una lámina de madera que tiene clavos que forjar. Un entendimiento verbalmente silencioso pero expresivo, por una comunicación repleta de asertividad, empañan la escena. Los ojos procuran reordenar y rescatar a Elsa de ese apabullante acorralamiento que la aprisiona. Intenta agacharse para peinarles la espalda con su mano izquierda y reafirmar el manso carisma de dos animales que están tutelados por un dueño. No obstante, el intento se encuentra desvanecido. La mano derecha no puede deslizarse de una supuesta manilla que la contiene totalmente en cautiverio.

Las lágrimas de Elsa empañan la conjuntiva de sus ovalados ojos. Se siente en una absorbida impotencia de la cual parece que no implementa una aplicable salvación. Los perros interrumpen su marcha sacudiendo con coletazos la presente alegría de encontrar a una niña que, sin cesar, sintoniza e interactúa con trasparencia el cariño que almacena hacia dichos animales. La interacción no es verbal. Ella no puede pronunciar fonemas. Las palabras parecen hayan sido precintadas con esparadrapo. Una presencia muy cercana le ordena que acalle cualquier exclamación de aplauso, vitoreo, aclamación, sorpresa y excitación. Los animales continúan con sus colas danzando al unísono en señal de reclamo para ser acariciados, pero su intento afanoso, entusiasta y plenamente incondicional se desvanece. El dueño, con un tirón súbito de correa, les indica que continúen el tránsito intercambiando una mueca de complicidad y, a la vez, de piedad hacia la pequeña Elsa. La niña ve como se alejan de su presencia menuda y una inundante tristeza le ampara el corazón. Esa tristeza la ayuda a recordar que necesita refuerzos para enmendar a ese ser, un tanto fantasmagórico, pero muy vívido, que la impulsa a flaquear.

La mano derecha la siente adormecerse. Casi, de hecho, el sentido táctil lo percibe con un entumecimiento que parece no tuviera potestad propia. Ella ha perdido el derecho de propiedad de su identidad, su verdadera integridad, la esencia de su ser, la génesis de lo que la define, sin máscaras ceñidas a su reducido cuerpo. Sigue avanzando con torpeza por el camino de apariencia infinita. El viento le abanica las sienes y, en segundos, la mente pensante interrumpe el avezado parloteo. Los costados del sendero parece que se aplanan, se vuelven llanos, adoptan una forma rectilínea y uniforme. Cada avance es más firme, aunque a la vez costoso. Su mano continua en agarre y se convierte en inamovible. Quiere dejar de estar sujeta, pero un apretón muy agudo no le permite despegarse del tormento acechante.

Los pájaros, en la lejanía, dejan briznar sonidos con sus afilados picos en señal de reverencia, y, a la vez, de defensa. Intentan dar vida a Elsa para que la cautividad pueda dirimirse sin ningún mecanismo de subversión. Alzados y soberbios, son sus graznidos procuran ahuyentar las malas artes de alguna presencia que impide que la chiquilla ensanche los brazos y los pueda expandir sin recato. Todo el universo, por segundo infinitesimales, aboga por el bienestar de una niña que ha perdido el anclaje en un mundo contrincado. A pesar, pero del intento del mundo por proclamar y reivindicar la íntegra salud de la pequeña, ésta continúa sostenida, acallada, sumisa y conformada con la realidad del presente. Un presente que es mortecino y grisáceo. Un presente que no se destiñe de las innombrables deslealtades de un embrujo que impera todo su indefenso ser. Ella, casi con un mecanismo inercial, gira la cabeza atemorizada por el mero hecho de descubrir al causante de su destierro emocional. Los ojos ladeados perfilan el rastro de una mujer anciana, cabello despuntado y canoso, columna vertebral encorvada y una mirada avasalladora.

Elsa recibe repentinamente un impacto que no le resulta desanexado a algo que ya cree conocer. La presencia de la anciana, a la luz de un cielo, que la deslumbra por la claridad de un sol desvergonzado, la asocia a una imagen oscurecida, que puede divisar en un supuesto lecho acarreado por un acontecimiento casi letal. Ella observa las extremidades con un semblante tímido y cauto. Su retraimiento es testarudo. Elsa se empecina en correlacionar hechos que en su infancia más primaria pudo verificar. No está segura de nada, pero una parte muy latente de su fuero interno la advierte de un desenlace fatídico. Una voz se pronuncia. ¿será el sonido externo de un entorno social alocado el que provoca el barullo que sus oídos reciben? ¿Serán los seres más intactos y vírgenes de una naturaleza que irradia sabiduría y consciencia? ¿será dicha voz fruto de su alter ego, siempre predispuesto a entestarse a sobrevivir ante las fatídicas evidencias de un pasado desdichado?

Por un instante, Elsa vacila. Sus pensamientos son como una espiral de interrogantes que no sabe como resolver. Las extremidades parecen cognoscibles. Hay un pellizco de familiaridad, pero no un recuerdo con resplandor para poder saber si pertenecen a la misma entidad finita. La voz sigue sacudiendo palabras parpadeantes, incongruentes, francamente endurecidas por un rencor que no parece simulado. Seguro, es completamente perceptible. Un detonante que Elsa no pretende ignorar. De repente, un reconocimiento de vocablos se instaura en su mente infantil. “tu madre se encuentra mal y tu y solamente tu eres la causante de su purga”. Elsa empieza a temblar y a sentir instalada una opresión desorbitante en el pecho. ¿Qué le ocurre a mi madre Aurora? ¿Estará en un filo equidistante entre la vida y la muerte? ¿O habrá ya traspasado la dimensión terrenal para acceder al olimpo de la concordia y la templanza?

El sufrimiento de la pequeña da cabida a muchas incertezas no resueltas. El rompecabezas que retiene su infantilizado cerebro no quiebra. Hace mella e invita a la niña a concebir un sentimiento de culpa inefable. Ahora, en el aquí más mundano, no tiene marcha atrás. Quizás esté huérfana en la vida y solamente pueda vagabundear con la implícita compañía de una anciana infestada por destruir su presente y porvenir. La madre, muy probable, ya jamás la abanicará con su dulce susurro vocal. Ya jamás le canturreará nanas para el concilio de un amoroso sueño. Es posible que ya no la recueste para destituirla de altercados mayores. Elsa piensa que su madre es una andrómina del pasado. Un recuerdo que subyace en su inmaduro inconsciente. Un manchurrón que ha quedado sellado en su frente, como aquel amuleto sánscrito que podría venerar sin condicionantes ni amenazas. Más en estos momentos no puede verter una sola lágrima. Sus hoyuelos tienen una marca ahuecada lunar. Se puede observar a la corta distancia. Siguen posando en su faz como cicatrices que indican noches sonámbulas, que van vagando por un nauseabundo espacio incierto. El llanto se ha disecado en Elsa. La voz de la anciana prosigue con su habitual ataque hacia la pequeña: “tu madre no tiene salvación. Se encuentra enferma por tu comportamiento indigno”. La chiquilla no puede parar de sentir sacudidas de amargura en su cavidad estomacal. Todo es repulsivo y repelente.

¿Dónde se encuentra el paraíso de la paz para ella, tan enclenque e indefensa? ¿en qué lugar podrá zarpar para ver después al otro lado del mar un oasis de habitabilidad, ambientado por una irreprochable calma? Ella hierve sola en el calvario jamás imaginable. No hay un techo en el que pueda huir de esa anciana, para sentir la dignidad de vivir a su antojo, sin dar explicaciones ni argumentos a nadie con una intencionalidad inquisitiva.

El camino por donde transita, de golpe acaba adoptando una deformidad intachable ante los ojos de Elsa. Se abulta, después se pone erguido, parece que levita, se eleva, luego decrece, decae, se desmaya desplomado ante los pies de una chiquilla en desconsuelo. Ella no habla. A pesar de haber crecido biológicamente, sus labios están vendados, no articulan ningún fonema que pueda ser entendible ante un receptivo oyente. Su conducta taciturna tiene un certificado de garantía que ya no parece enmendable. Al menos no por el momento en que el vocerío de una anciana se apresura en soplar palabras que inculpan a Elsa del desasosiego familiar. La pequeña parece haber entrado en trance, aunque la postura corporal se mece por el apaciguado viento completamente erguido. Ya no se da cuenta que sus pies arrastran el peso de una física masa sin sentir una mísera culpa por existir. Todo lo que observa le parece totalmente desmerecedor. Los hedores, olores fragantes, las formas planas, oblicuas, serpenteadas, cilindradas, ovaladas, redondeadas, los colores pálidos, vibrantes, chillones, alegres, vistosos, agraciados, las sensaciones placenteras de los fenómenos geológicos: viento, lluvia, granizo, nieve, calor, frío. Todo está tapiado frente a ella sin capacidad de escucha ni de recepción. La mente está el algún nivel soterrada, poseída por alguien que tiene el comando sobre su preciada vida.

La anciana adopta la posición de rebelión y, con un rostro poseedor de una hipotética verdad, mira a Elsa con desafío. Quiere competir con ella para debilitar su mente y embrutecer su genuina alma. Con el persistente sermón en relación a madre Aurora, aprieta la mano de Elsa con una fuerza aplastante que derroca cualquier resquicio de escapatoria. La niña es consciente de que ya no puede escapar de los laberínticos barrotes que ha edificado la anciana, para hacerse con el timón del dominio que irrumpe ante cualquier destino que pueda ser loable. Elsa no tiene defensores a su alcance que se enfrenten a los designios de una embrujada máscara de hiel que la anciana persiste en exhibir. ¿Cómo no haber forma de derruir los fundamentos que con tanto empeño mantienen a Elsa encarcelada? ¿Cómo no poder abandonar el enraizamiento de este empañamiento mental que pretende que la pequeña concluya en un estado casi catatónico?

Su parálisis verbal es exageradamente invasiva. La mantiene inmersa sin verbalizar aquella culpa que la envejece y la consume por momentos con un inacabable brío. Todo el viaje que emprende con una anciana parece que no contiene un destino predefinido. Sus andares son ambulantes, vagos, se sujetan por un lastimero y patético compás que no profiere ninguna brizna de vitalidad ni de energía propias. Todo es lejano y cercano a la vez. Familiar y desconocido. Concebible y aceptable pero antiético e inmoral.

El camino se va diluyendo. Se derrite ante unos desnudos pies que Elsa siente desfallecer. Esa maldita culpa no concluye. Ha quedado atesorada en su reducido inconsciente. A pesar de su pequeñez, ella siente un nudo en la garganta, el escozor dentro de un estómago indigesto, una arrolladora picazón en los brazos y en las piernas y un destemplado destello entre el frío más gélido y el calor más bochornoso. Está mecida por una cuna que parece no haya experimentado jamás recuesto. El pasaje a bordo por un camino que solloza en el silencio más intercalado entre graznidos y ladridos, susurros y voces que chispean palabras inconfundibles y el rastreo del tráfico emergente en una contigua calzada, va agotando su fuente de existencia. Se esfuma casi tocado por una pócima mágica elaborada con una fórmula que solamente un hechicero podría adulterar.

El destierro en su mundo yace bajo unos pies que ya han perdido camino al andar

 

 

  

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