MIRANDO A TRASLUZ
El
sonido, sin premeditarlo, se convierte en un hilo musical. Elsa oye música de
fondo. Quizás un gramófono de los años setenta rota sin cesión canciones de
índole melódica. ¿Dónde estoy? Se
hace una pregunta retórica. La repite en diversas ocasiones. Un escenario se
yuxtapone. Elsa no sabe cómo ha ido a parar hasta allí. Un comedor rectangular
y de aspecto clásico la acoge. Unos muebles de madera prensada ladeados dejan
entrever notas musicales. Elsa se observa las manos. Mucho mayor. ¿y las
gruesas piernas? ¿y el arrollamiento de masculinidades que se entestaban en
visitarla en la intimidad para atentarla? ¿y María Teresa de Jesús que parecía
sonrojarse y sentir retortijos frente a la desnuda presencia de una niña
aparentemente huérfana?
Sus
manos. Ve las líneas de las palmas, los nódulos, las yemas, las uñas. Todo ha
crecido en grosor. Ella es algo más mayor. No muy consciente del entorno
empañado por un parsimonioso ambiente, pero muy vigilante en los detalles. Una
mesa cuadrada la circunvala. Y un regazo protector la mece mientras intenta
probar bocado. La filarmónica se ha puesto en marcha. Elsa escucha las
vibrantes cuerdas vocales de un intérprete para ella inédito. Se acomoda en el
faldero de una supuesta madre que parece insiste en la ingestión de nutritivos
alimentos. La niña rehúye el contacto de la cuchara que se estampa contra su
cavidad bucal. Se muestra reticente en querer tomar provecho de un suculento
manjar. Se siente absorta, tiemblan sus brazos y el pectoral. Mira hacia el
frente. Una silueta portentosa va caminando alrededor de la mesa. Los ojos de
la chiquilla la enfocan difuminados. No acaba de reconocer la identificación de
la presencia. Ve un cabello grisáceo con líneas rectas que marcan el paso de
unos años maduros. Un cabello, en cierta forma canoso, muy recortado,
prácticamente en roce con la fibra capilar.
Podría
tratarse de la silueta de una anciana que merodea para inquirir en alguna
revelación incierta. El caso es que esta supuesta mujer no interrumpe su
tránsito. Las ansias por querer indagar en un silencio casi sepulcral qué hace
Elsa sentada en un cuerpo maduro que pretende alimentarla sin contención, no
pretende dejar de ser partícipe de la velada. La niña puede entrever una
encrucijada sin resolver. Siente un corazón prieto, arraigado a sus orígenes, a
sus ancestros, a la génesis que ha hecho veraz un nacimiento merecedor. Pero
también puede percatar repulsión hacia la anciana que, con un semblante
posesivo, no pretende renunciar a la vigilia para velar por el hipotético
bienestar de la pequeña. Quizás sean hipótesis infundadas. Hechos que no
atienden a un análisis exhaustivo y replicable. Sin embargo, Elsa, a pesar de
su corta edad, intuye algo perturbador, mundano, invasivo, pertinaz e
indolente.
Madre
Aurora puede entonar con una voz dulzona, suave y refinada palabras
tranquilizadoras para Elsa. Intenta aplacar el escenario alertador. Le dirige a
la niña la posibilidad de relajarse sin condiciones. De poder recostarse y de
nutrirse sin recato. Un plato de un potaje hecho de arroz y leche va regando el
babero de Elsa. Ella tiene manchas en la ropa. Un salpicado de huellas de
suciedad se van acumulando en su ropaje mientras intenta masticar sin mucho
éxito hacia el engullido. La niña se opone ante cualquier indicio de
colaboración. Su estrechez estomacal es inconmensurable. Todo el aparato
digestivo lo percibe empachado por tantas noches en vilo, sin poder entornar la
córnea que está siempre constreñida. Cree que pronto el torbellino de imágenes
borrascosas va a envolver el espacio de seguridad más preciado. La realidad
axiomática se contrapone de nuevo para darle el cáliz venenoso que ella
quisiera eludir.
De
repente, baja la vista hacia el plato cocinado. Una carátula de un disco
aparece de manera casi inducida por una fuerza esotérica. Madre Aurora anuncia
algo. Elsa sobreentiende que es un mensaje reconfortante, pero es incapaz de
descodificarlo con plenitud. Continúa observando el artista del vinilo. Tiene
un rostro surcado, con pliegues bajo los hoyuelos. Ciertas ojeras bastante
pronunciadas se recuestan en la portada del disco. Mejillas con un cierto color
ocre, una sonrisa humilde, expresada con disimulo, cautiva el interés de Elsa.
La nariz prominente, sobresalida, con un tabique ancho en proporciones le
otorgan un aire aristocrático. El intérprete sea quizás una personalidad
consagrada, con una fama adquirida por el paso del tiempo, avezado a los
innombrables ensayos y prácticas vocales que no han tenido desperdicio. Puede
ser el renombre de alguien que madre Aurora concibe como admirable y emulador.
Elsa sigue boquiabierta frente al despliegue del disco que madre sostiene a
cada lado del perímetro con sus manos maduradas. Un cierto afán por escuchar
una voz cantora, que se caracteriza por hechizar a miles de oyentes la tienen
ciertamente intrigada. Tiene ganas de curiosear, de experimentar con el oído el
afino melódico que se puede dejar desplegar.
En
el compartimento del mueble más cercano a los portones del balcón Elsa ve un
reproductor de vinilo en desuso, inactivo. Madre Aurora se da cuenta de la
descubierta de Elsa. Al cabo de pocos minutos una mano anónima activa una
musicalidad deleitable y afanosa. La niña no ha presenciado que nadie haya
descubierto del envoltorio del disco la figura del artista que, de repente,
sonoriza graves y agudos con un filo de voz repicador. Elsa comienza a creer en
las quimeras, en la magia del presente, en los aconteceres que vislumbran un
probable milagro, que se presenta sin prever como una señal de arrasamiento
doloroso. Entonces empieza a vocalizar. Palabras inconexas fluyen a través de
las cuerdas vocales. Existe un cierto vitoreo, un aplauso, un repicar de palmas
que se plasman con una cierta torpeza. Ella se manifiesta vívida, repuesta y
recuperada en su alma incolora. Ahora puede percibir un tono amarillento en un
entorno que irradia una cierta luminosidad.
Más
allá de la carátula del disco, cuentos infantiles se encuentran amontonados y
esparcidos por la superficie con un cierto carácter de desorden. Elsa se
muestra desinteresada a querer que madre le recite algo épico. La descubierta
del cantante la ha rejuvenecido en cuerpo y en alma. Madre le cuchichea algo al
oído. La niña puede generalizar que las palabras tienen relación con el
sustento alimentario. Un cierto pacto entre madre e hija queda zanjado cuando
el cantante se da a conocer, diseminando la voz de canto rumboso en todos los
recodos del comedor. Elsa, tímidamente, expresa un gesto de asentimiento. El
espeso caldo de leche y arroz está siendo deglutido con más fluidez. La niña,
con el oído afinado y la mirada más enfocada, ve el balcón de enfrente mientras
continúa enfrascada en el mito cantor que deja entonar ritmos alegres y
desenfrenados. La música ahuyenta todo tipo de malignidad. No hay discursos
subversivos, atacantes, agresivos, que pudren cualquier chispa de libertad
robada. Madre está presente. Toda Elsa la puede captar con un carisma de
protección irrebatible.
La
anciana, no obstante, no permite que la niña se apelmace. Un pensamiento
translúcido recorre las sienes de Elsa. Siente el córtex explotar. Una escena
que tiene nexo con las gruesas piernas que mentalmente congelaba en la cuna
vuelve a protagonizar su mente en disfunción. Algo muy profundo, muy enterrado
y latente la hace sobresalir del deleite de escuchar piezas musicales en un
momento de notorio esplendor. Mira con la cabeza elevada, erguida, muy bien
enderezada hacia el otro lado de la mesa del comedor. La anciana, ambulando por
la casa, la incomoda. El rostro le resulta indigesto. No existe una panacea que
pueda combatir ese rechazo que se instala dentro de su infantilizada mente.
Madre se da cuenta del efecto rebote, pero lo acalla con apremiantes caricias
en los pómulos de la niña. Parece un juego de tronos, en el que se disputa a un
ganador que va a conseguir un medallón por su infalible heroicidad y
estoicismo. El hogar de Elsa se asemeja a una pugna de enfrentamientos sin
acabose. La anciana enclava la mirada contra la niña. La pequeña la devuelve
temerosa. ¡Dios santo! Las piernas gruesas de nuevo. Ese manchurrón estampado
contra el cerebro de una niña que, igual que una rueda, va virando sin una
firme meta hacia lugares que han sido asaltados por sanguinarias guerras sin
derecho a protesta ni reconversión.
La
anciana le resulta levemente familiar. Su pose, desentendida en inminente
reflejo, pero con unos ojos que se caracterizan por un imbuido interés, van
refilando cada conducta reactiva de la menor. Elsa no puede interpretar con
lúcida razón cual es el propósito de esa presencia, aunque la enturbia por
instantes. Ella ve en los labios de la mujer algo adverso, contraindicado,
antagónico ante cualquier situación que se pueda insuflar un remanso de
descanso y de placidez a nivel espiritual. El hilo musical sigue sonando
indiferente frente a las intuiciones que la pequeña va recabando en su
enfrascada mente. Elsa está entre dos mares. Madre parece que la ampara y la
exenta de cualquier incerteza inducida por magistrales infiltrados dentro de un
hogar, en esencia, impoluto.
Sin
embargo, hay otra vertiente que contrasta esa evidenciable realidad. Elsa lo
puede percibir en el pecho. Una angustia energúmena va enclavándose hacia los
adentros más afines a sus raíces. Esa angustia la percata como algo
acostumbrado en otro escenario paralelo que parece un tanto difuminado,
borroso, poco reconocible, pero, a la vez, caracterizado por una familiaridad
que ya no puede ser diferida. Un camino estrechado y rectilíneo acompaña a la
pequeña en un trayecto que no aparenta fin. En los costados más contorneados
hay pinares y plataneros que se abanican por el balanceo de un viento
primaveral. El sol los alumbra con rayos electrizantes que se estampan en todas
las ramas hasta alcanzar el tronco más engrosado visto jamás. Elsa procura con
sus desenfocados ojos concentrarse en la apreciación de las bellezas botánicas
y se siente respirar mucho más aliviada. Quisiera emprender un vuelo hacia
ciertas nubes que eclipsan un horizonte claro y despejado, teñido por un
azulado pintoresco y pincelado. Le gustaría poder despojarse de tanta maraña
comprimida, que apura cada recodo de su ser. Quizás podría volar como algunas
hurracas, gorriones y palomas que se afanan en sus quehaceres para construir un
nido que los ancla en un hogar seguro, sin reservas ni limitaciones. Ella
valora y aprueba la fuente principal de una sabia naturaleza que todo lo
embellece con una suavidad y una placidez que embebe el jugo más exprimido de
sus cándidos sentidos.
El
amor hacia esas criaturas que viven en un entorno silvestre y ecológico no
tiene desperdicio y despiertan en Elsa una imperante necesidad por conseguir un
apropiado mimetismo. Ella, educada en un entorno disfuncional, en el que los
focos de luz casi no conciben un resultado de resplandor tienen a Elsa en vilo.
Ella desea de forma efervescente bullir con la calidez de la vegetación y poder
abrazar el mundo sin sentirse en compañía de presencias, que merman su pureza
más repleta de nobleza y de sencillez. Sabe que no debería de estar en un
camino donde se pueden percibir matorrales repletos de zarzas que van
acribillando su desnuda alma de cardenales y de arañazos indebidos. Ella sigue
andando por ese camino repleto de esplendor sin un puerto donde aterrar. Se
siente compungida. Su cuerpo desencajado, desconectado de su inherente ser. Oye
voces lejanas que le salpican el oído sin poder traducir la intencionalidad de
la emisión de los diálogos profesados. Hay un griterío de fondo que, en cierta
manera, trastoca su capacidad de autorregularse a un nivel emocional. Esa
ambigua sensación cada vez más se va acrecentando con fortaleza. No le agrada
nada sentirla más está ahí advirtiéndola de algún riesgo mayor.
De
repente, dos labradores van caminando en sentido contrario, amarrados con sus
respectivas correas, y realizan paradas intercaladas por un andar apaciguado,
para olisquear y husmear un césped, reseco debido a la deslumbrante energía
solar. Parece que haya momentos en que
quieran enervarse, batallar contra la panorámica externa, pero solamente es una
percepción de Elsa. Los dos caninos persisten en una conducta danzarina y
desentendida, trotando por el medio sin importarles los devenires de lo ajeno.
Elsa siente la enérgica impulsión de los caninos de querer acercarse a la
chiquilla para ser toqueteados sin pudor. Ella quiere corresponderles también
con enfrascadas caricias y acalorados mimos, aunque bruscamente se da cuenta de
que se encuentra amarrada. La mano derecha está fuertemente sujeta. Ella quiere
creer que solamente se acaba de cruzar con maleza herbal que le roza la palma
de la mano y sus delicados dedos. Detesta ladear la cabeza y poder así
desenmascarar al causante de su amanillado. Los perros llegan al espacio que
Elsa ocupa y las miradas se enclavan, como dos martillos contra una lámina de
madera que tiene clavos que forjar. Un entendimiento verbalmente silencioso
pero expresivo, por una comunicación repleta de asertividad, empañan la escena.
Los ojos procuran reordenar y rescatar a Elsa de ese apabullante acorralamiento
que la aprisiona. Intenta agacharse para peinarles la espalda con su mano
izquierda y reafirmar el manso carisma de dos animales que están tutelados por
un dueño. No obstante, el intento se encuentra desvanecido. La mano derecha no
puede deslizarse de una supuesta manilla que la contiene totalmente en
cautiverio.
Las
lágrimas de Elsa empañan la conjuntiva de sus ovalados ojos. Se siente en una
absorbida impotencia de la cual parece que no implementa una aplicable
salvación. Los perros interrumpen su marcha sacudiendo con coletazos la
presente alegría de encontrar a una niña que, sin cesar, sintoniza e interactúa
con trasparencia el cariño que almacena hacia dichos animales. La interacción
no es verbal. Ella no puede pronunciar fonemas. Las palabras parecen hayan sido
precintadas con esparadrapo. Una presencia muy cercana le ordena que acalle
cualquier exclamación de aplauso, vitoreo, aclamación, sorpresa y excitación.
Los animales continúan con sus colas danzando al unísono en señal de reclamo
para ser acariciados, pero su intento afanoso, entusiasta y plenamente incondicional
se desvanece. El dueño, con un tirón súbito de correa, les indica que continúen
el tránsito intercambiando una mueca de complicidad y, a la vez, de piedad
hacia la pequeña Elsa. La niña ve como se alejan de su presencia menuda y una
inundante tristeza le ampara el corazón. Esa tristeza la ayuda a recordar que
necesita refuerzos para enmendar a ese ser, un tanto fantasmagórico, pero muy
vívido, que la impulsa a flaquear.
La
mano derecha la siente adormecerse. Casi, de hecho, el sentido táctil lo percibe
con un entumecimiento que parece no tuviera potestad propia. Ella ha perdido el
derecho de propiedad de su identidad, su verdadera integridad, la esencia de su
ser, la génesis de lo que la define, sin máscaras ceñidas a su reducido cuerpo.
Sigue avanzando con torpeza por el camino de apariencia infinita. El viento le
abanica las sienes y, en segundos, la mente pensante interrumpe el avezado
parloteo. Los costados del sendero parece que se aplanan, se vuelven llanos,
adoptan una forma rectilínea y uniforme. Cada avance es más firme, aunque a la
vez costoso. Su mano continua en agarre y se convierte en inamovible. Quiere
dejar de estar sujeta, pero un apretón muy agudo no le permite despegarse del
tormento acechante.
Los
pájaros, en la lejanía, dejan briznar sonidos con sus afilados picos en señal
de reverencia, y, a la vez, de defensa. Intentan dar vida a Elsa para que la
cautividad pueda dirimirse sin ningún mecanismo de subversión. Alzados y
soberbios, son sus graznidos procuran ahuyentar las malas artes de alguna
presencia que impide que la chiquilla ensanche los brazos y los pueda expandir
sin recato. Todo el universo, por segundo infinitesimales, aboga por el
bienestar de una niña que ha perdido el anclaje en un mundo contrincado. A
pesar, pero del intento del mundo por proclamar y reivindicar la íntegra salud
de la pequeña, ésta continúa sostenida, acallada, sumisa y conformada con la
realidad del presente. Un presente que es mortecino y grisáceo. Un presente que
no se destiñe de las innombrables deslealtades de un embrujo que impera todo su
indefenso ser. Ella, casi con un mecanismo inercial, gira la cabeza atemorizada
por el mero hecho de descubrir al causante de su destierro emocional. Los ojos
ladeados perfilan el rastro de una mujer anciana, cabello despuntado y canoso,
columna vertebral encorvada y una mirada avasalladora.
Elsa
recibe repentinamente un impacto que no le resulta desanexado a algo que ya
cree conocer. La presencia de la anciana, a la luz de un cielo, que la
deslumbra por la claridad de un sol desvergonzado, la asocia a una imagen
oscurecida, que puede divisar en un supuesto lecho acarreado por un
acontecimiento casi letal. Ella observa las extremidades con un semblante
tímido y cauto. Su retraimiento es testarudo. Elsa se empecina en correlacionar
hechos que en su infancia más primaria pudo verificar. No está segura de nada,
pero una parte muy latente de su fuero interno la advierte de un desenlace
fatídico. Una voz se pronuncia. ¿será el sonido externo de un entorno social
alocado el que provoca el barullo que sus oídos reciben? ¿Serán los seres más
intactos y vírgenes de una naturaleza que irradia sabiduría y consciencia?
¿será dicha voz fruto de su alter ego, siempre predispuesto a entestarse a sobrevivir
ante las fatídicas evidencias de un pasado desdichado?
Por
un instante, Elsa vacila. Sus pensamientos son como una espiral de
interrogantes que no sabe como resolver. Las extremidades parecen cognoscibles.
Hay un pellizco de familiaridad, pero no un recuerdo con resplandor para poder
saber si pertenecen a la misma entidad finita. La voz sigue sacudiendo palabras
parpadeantes, incongruentes, francamente endurecidas por un rencor que no
parece simulado. Seguro, es completamente perceptible. Un detonante que Elsa no
pretende ignorar. De repente, un reconocimiento de vocablos se instaura en su
mente infantil. “tu madre se encuentra
mal y tu y solamente tu eres la causante de su purga”. Elsa empieza a
temblar y a sentir instalada una opresión desorbitante en el pecho. ¿Qué le
ocurre a mi madre Aurora? ¿Estará en un filo equidistante entre la vida y la
muerte? ¿O habrá ya traspasado la dimensión terrenal para acceder al olimpo de
la concordia y la templanza?
El
sufrimiento de la pequeña da cabida a muchas incertezas no resueltas. El
rompecabezas que retiene su infantilizado cerebro no quiebra. Hace mella e
invita a la niña a concebir un sentimiento de culpa inefable. Ahora, en el aquí
más mundano, no tiene marcha atrás. Quizás esté huérfana en la vida y solamente
pueda vagabundear con la implícita compañía de una anciana infestada por
destruir su presente y porvenir. La madre, muy probable, ya jamás la abanicará con su dulce susurro vocal. Ya jamás le canturreará nanas para el concilio de
un amoroso sueño. Es posible que ya no la recueste para destituirla de
altercados mayores. Elsa piensa que su madre es una andrómina del pasado. Un
recuerdo que subyace en su inmaduro inconsciente. Un manchurrón que ha quedado
sellado en su frente, como aquel amuleto sánscrito que podría venerar sin
condicionantes ni amenazas. Más en estos momentos no puede verter una sola
lágrima. Sus hoyuelos tienen una marca ahuecada lunar. Se puede observar a la
corta distancia. Siguen posando en su faz como cicatrices que indican noches sonámbulas,
que van vagando por un nauseabundo espacio incierto. El llanto se ha disecado
en Elsa. La voz de la anciana prosigue con su habitual ataque hacia la pequeña:
“tu madre no tiene salvación. Se
encuentra enferma por tu comportamiento indigno”. La chiquilla no puede
parar de sentir sacudidas de amargura en su cavidad estomacal. Todo es
repulsivo y repelente.
¿Dónde
se encuentra el paraíso de la paz para ella, tan enclenque e indefensa? ¿en qué
lugar podrá zarpar para ver después al otro lado del mar un oasis de
habitabilidad, ambientado por una irreprochable calma? Ella hierve sola en el
calvario jamás imaginable. No hay un techo en el que pueda huir de esa anciana,
para sentir la dignidad de vivir a su antojo, sin dar explicaciones ni
argumentos a nadie con una intencionalidad inquisitiva.
El
camino por donde transita, de golpe acaba adoptando una deformidad intachable
ante los ojos de Elsa. Se abulta, después se pone erguido, parece que levita,
se eleva, luego decrece, decae, se desmaya desplomado ante los pies de una
chiquilla en desconsuelo. Ella no habla. A pesar de haber crecido
biológicamente, sus labios están vendados, no articulan ningún fonema que pueda
ser entendible ante un receptivo oyente. Su conducta taciturna tiene un
certificado de garantía que ya no parece enmendable. Al menos no por el momento
en que el vocerío de una anciana se apresura en soplar palabras que inculpan a
Elsa del desasosiego familiar. La pequeña parece haber entrado en trance,
aunque la postura corporal se mece por el apaciguado viento completamente
erguido. Ya no se da cuenta que sus pies arrastran el peso de una física masa
sin sentir una mísera culpa por existir. Todo lo que observa le parece
totalmente desmerecedor. Los hedores, olores fragantes, las formas planas,
oblicuas, serpenteadas, cilindradas, ovaladas, redondeadas, los colores
pálidos, vibrantes, chillones, alegres, vistosos, agraciados, las sensaciones
placenteras de los fenómenos geológicos: viento, lluvia, granizo, nieve, calor,
frío. Todo está tapiado frente a ella sin capacidad de escucha ni de recepción.
La mente está el algún nivel soterrada, poseída por alguien que tiene el
comando sobre su preciada vida.
La
anciana adopta la posición de rebelión y, con un rostro poseedor de una
hipotética verdad, mira a Elsa con desafío. Quiere competir con ella para
debilitar su mente y embrutecer su genuina alma. Con el persistente sermón en
relación a madre Aurora, aprieta la mano de Elsa con una fuerza aplastante que
derroca cualquier resquicio de escapatoria. La niña es consciente de que ya no
puede escapar de los laberínticos barrotes que ha edificado la anciana, para
hacerse con el timón del dominio que irrumpe ante cualquier destino que pueda
ser loable. Elsa no tiene defensores a su alcance que se enfrenten a los
designios de una embrujada máscara de hiel que la anciana persiste en exhibir.
¿Cómo no haber forma de derruir los fundamentos que con tanto empeño mantienen
a Elsa encarcelada? ¿Cómo no poder abandonar el enraizamiento de este
empañamiento mental que pretende que la pequeña concluya en un estado casi
catatónico?
Su
parálisis verbal es exageradamente invasiva. La mantiene inmersa sin verbalizar
aquella culpa que la envejece y la consume por momentos con un inacabable brío.
Todo el viaje que emprende con una anciana parece que no contiene un destino
predefinido. Sus andares son ambulantes, vagos, se sujetan por un lastimero y
patético compás que no profiere ninguna brizna de vitalidad ni de energía
propias. Todo es lejano y cercano a la vez. Familiar y desconocido. Concebible
y aceptable pero antiético e inmoral.
El
camino se va diluyendo. Se derrite ante unos desnudos pies que Elsa siente
desfallecer. Esa maldita culpa no concluye. Ha quedado atesorada en su reducido
inconsciente. A pesar de su pequeñez, ella siente un nudo en la garganta, el
escozor dentro de un estómago indigesto, una arrolladora picazón en los brazos
y en las piernas y un destemplado destello entre el frío más gélido y el calor
más bochornoso. Está mecida por una cuna que parece no haya experimentado jamás
recuesto. El pasaje a bordo por un camino que solloza en el silencio más
intercalado entre graznidos y ladridos, susurros y voces que chispean palabras
inconfundibles y el rastreo del tráfico emergente en una contigua calzada, va
agotando su fuente de existencia. Se esfuma casi tocado por una pócima mágica
elaborada con una fórmula que solamente un hechicero podría adulterar.
El destierro en su mundo yace bajo
unos pies que ya han perdido camino al andar
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