domingo, 4 de enero de 2026

MUJER DE ALTO VALOR

 



MUJER DE ALTO VALOR

Una de las principales características de mi personalidad es la resiliencia. No obstante, el hecho de pensar y de tener que digerir la defunción de mi madre me desarma en fuerzas. Siento desazón, congoja, ensimismamiento, impotencia, pero, especialmente, apego emocional y espiritual. Como contrapartida positiva, soy consciente de mi entereza y de mi fortaleza anímicas. 

Tiendo a interpretar la muerte como un viaje perecedero que nos transporta hacia parajes que relucen tranquilidad y bienestar para, más tarde, encarnarnos en otro cuerpo que podrá iniciar un nuevo ciclo de vida para afrontar así lecciones que todos deberíamos aprender, asumir y concluir para crecer holísticamente. 

El concepto que tengo del fallecimiento humano me invita a reflexionar profundamente en el hecho de que, una vez mi madre perezca, deberé encarar un despido basado en el amor incondicional que siento hacia ella, la compasión y un lazo de unión inmaculado que me describen como una persona con valores y virtudes: la empatía, la capacidad de comprender y de aceptar los errores y las cometidas contravenidas, el perdón, una conducta servicial y altruista, un espíritu en esencia misericordioso, cordial, afable, solidario, caritativo, expresivo en gestos y palabras, emotivo, sensible e intuitivo, son mis rasgos más destacados.

Quizás estas cualidades puedan rescatarme de ese hundimiento emocional, que percibo como ineludible, en el momento en que mi madre abandone el mundo de los mortales y trascienda hacia hogares llenos de comunión y de hermandad energéticas. 

Necesito fortalecer la mente con la mera convicción de que el cariño y ese nexo tan estrecho, inamovible y, en apariencia, inquebrantable, que ha perdurado entre mi madre y yo a lo largo de las décadas, puedan normalizar y, al mismo tiempo, neutralizar la constante anticipación dramática frente a la desaparición física de ese ser materno tan querido para mí. 

Creo imprescindible reflejarme y observarme como una mujer con coraje, valentía, brío y autonomía para pensar y sentir a su conveniencia y percibirme como una identidad, que ya ha alcanzado la madurez para extrapolar esos temores mentales infundados y transmutarlos en una predisposición personal a continuar en sintonía con la vida, sin que el dolor cronificado reine sin cese ni medida. 

Considero que una dosis de dominio mental y de autosugestión emocional puedan ser herramientas que, unidas con el afecto indisoluble hacia mi madre, me reconstruyan y me recompongan en el proceso de duelo que deberé lidiar, una vez se afiance la inexistencia de ésta. 

Es importante que destierre cualquier pensamiento de derrota, indefensión y desolación, para poder conservar el amor maternal y emplearlo como un recurso de valor irrefutable para reforzar mi presencia independiente, útil, valiosa e íntegra.

Para continuar con mi vida en un eterno presente que me ancle en el aquí y el ahora, sin que el ego imponga barreras que obstaculicen mi manera de pensar y de actuar, debo poder recordar a mi madre como lo que es y lo que será sin lugar a dudas:

Alguien que me amó, cuidó, educó y protegió, durante todo el ciclo vital que juntas compartimos hasta su lecho de muerte, con una absoluta generosidad, la cual permanecerá para siempre impresa en mi memoria como un recuerdo indeleble, de imposible olvido. 

 

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