ATISBOS DE AUTOESTIMA
Momentos en mi cotidianidad, me siento abrumada. Intento evitar esa sensación, pero persiste. Es punzante y molesta. Veo que si no le presto atención se fortalece. Vagamente, me hago una pregunta: ¿qué lenguaje me aplico? ¿Me trato con desprecio? ¿Detesto algo que no encuentra encaje en mi vida?
Sigo mascullando hacia mis adentros. Miro por la ventana. El universo, vasto y gentil, me sonríe. Al menos, eso puedo captar. Es amable y comprensivo. ¿Y yo? ¿Acepto tener lagunas de desazón y de hastío?
Vuelvo a mirar el firmamento. La respuesta que me da roza la evidencia incuestionable: UN NO ROTUNDO. Reconozco que soy implacable. Me amonesto si los resultados no complacen mis expectativas; si las personas no reúnen rasgos que considero más plausibles; si las actividades no germinan frutos que satisfagan mi tiempo invertido.
Entre dos mares me hallo: me quiero y me odio, me acepto y me repudio, me valoro y me menosprecio.
De repente, un destello salpica mi caótica mente. Tenaz y persistente, sigue su curso de intermitencia. Enmudecido, el universo, paradójicamente, me cuchichea. No descifro con claridad su palabrería. Una intuición latente asalta mi sentir: ¿Y si desfallezco en fuerzas por mi exigente talante? ¿Y si me reflejo con incongruencias porque he fantaseado con una vida perfecta?
Como dos faros, mis ojos alumbran y comienzan a despejar las nubes de un azulado éter. Y una afirmación emerge de mis adentros, de antaño negruzcos y desolados:
"Hoy dejo de exigirte desde los ilusorios ideales del ego y empiezo a cuidarte con un humilde, compasivo y amoroso corazón".
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