AÑOS CADUCOS
Mis memorias recorren el tiempo;
perfilan con un carboncillo cada contorno,
aquel paisaje estival
que irradia caldeado,
con un implacable bochorno,
una luz jovial
de alumbre efusivo y visceral.
Hojas empiezan a decaer,
desmayadas se deshacen del embrujo
de un verano prolífico y de alegría torrencial.
Ya no existe ese misticismo espiritual,
que me arroja a un abismo
casi lírico y celestial.
Un abrir de ojos
me obliga a un parpadeo abrupto;
la retina aleja imágenes placenteras
de una adolescencia
que, de un bocado,
mi vida pretende ingerir entera.
No busco vitoreos ni aplausos;
tampoco alardeos ni elogios;
simplemente un reconocimiento
en un ambiente de ocio,
en el que un compartir fraterno
perdure en el tiempo
sin mostrarse reticente ni incrédulo.
La caducidad del verano
me encorseta en una oleada de añoranza;
la cruz dorada
que mis espalda acompaña
destierra el hechizo
hacia tierras lejanas,
y el otoño, refunfuñado,
se apiada de mi porvenir
caduco y mundano.
La ordinariez envuelve mi manto de llanto;
pinceladas grisáceas
componen una mirada tristona;
me percibo arropada
en un abrigo de lona;
la huída de esos mustios instantes
es casi enfermiza,
más no pretendo eludirla,
es mi refugio, mi antídoto de evasión
frente un presente soluble,
que se derrite por un emblema otoñal,
que percibo letárgico,
y en un sumo de disonante,
perpleja y notoria confusión.
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