LA VASTEDAD DEL UNIVERSO
Todo fluye y refluye,
avanza y retrocede,
se enciende y se apaga,
en la inmensidad del espacio influye.
Nos movemos
en la sintonía de un ritmo;
como almas fluviales,
alzamos los brazos al vuelo,
para acaparar gotas a raudales,
de agua que bendiga
florecidos rosales.
Sentimos la velocidad de un mundo,
que viaja con sapiencia,
con un compromiso
de consolidada consciencia,
en la que los cuerpos astrales
oscilan y giran,
con inimitable congruencia.
La esencia de quiénes somos,
todavía un misterio cósmico;
risas y llantos;
alegrías y disgustos;
desamparo y companía;
discordia y armonía
confluyen en un universo tragicómico.
Hacia el infinito estamos flechados;
con una espada de doble filo,
con el recuesto de un asilo,
pendidos por un fino hilo,
sentimos nuestros pies descalzos
por pavimentos rebañados de asfalto.
El anclaje con la vida
lo vamos madurando,
los estrepitosos azotes,
encogen nuestra mirada,
los cogotes se agachan,
la espalda declina
reverenciando un suelo marino,
como una desdichada alma coralina.
Hacia un plano supremo
vamos volando con alas gallardas;
a veces, la fuerza motriz
afloja nuestro levitar,
sintiéndonos hambrunos de saciedad
frente a un terrible pesar.
Una conexión con la vida,
nos aleja y nos aproxima
de un desfile casi a tientas,
hacia volcados de lagrimal
y sonrisas alcalinas.
Traspasamos con ciega fiereza,
tabiques macerados,
hasta encontrar el brío natural
del cálido seno materno,
revestido por una incólume, sustancial
y genuina naturaleza.
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