LA FRONTERA DEL INFIERNO
Límites traspasados,
un precio elevado conllevan;
años en cruz clavada,
sangre derramada
en mi lecho de condena:
se abre una tremenda encrucijada.
No hay un aquí ni un allá;
un tono negruzco
baila al compás
de un silencio sonoro.
Mis labios se retuercen,
mi paladar insípido se vuelve,
una mirada envejece,
un rostro atormentado
lánguido florece.
Calidad de vida sin sello,
garantías de enmienda
soterradas permanecen;
disturbios al acecho
invaden mi sagrado
y acogedor lecho.
Mas una luz adviene,
amigable y apacible;
con las demoníacas sombras se enfrenta,
un combate desafiante
que reafirma quién soy
en un fervoroso e inesperado instante.
Aquel tormento emborronado,
un dolor desgarrador,
trasciende el corredor
entre vida y muerte.
De los infiernos temerarios,
un ángel se posa en mi brazo
y en mi pecho se funde.
No sé si es real
o imaginario,
pero despierta me percibo
ante una presencia
que en el ahora aterriza,
con un rótulo que precinta
un magistral y emotivo abrazo.
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