jueves, 25 de diciembre de 2025

LAS VOCES DEL PASADO

 


LAS VOCES DEL PASADO


Andares perdidos en un lugar de ultratumba, hechizado de sombras penumbrosas e izadas por un fuego incandescente. El calor de las llamaradas azota el cerebro de Daniel; un niño dócil, de fácil aproximación y accesible trato comunicativo. Sin embargo, a pesar de su purificada personalidad, él tiene una deuda pendiente con un pasado holocaustico, que lo persigue, lo agita, lo revuelca sin cese alguno. El temor desenfrenado tiende a alejarlo de las gotas de escarcha fría que la noche deja asomar a través de los ventanales de una habitación que tapia la visibilidad de un exterior poblado de arboleda presuntuosa. La noche del no despertar hacia el sol matutino; la aurora esperanzadora que podría arrastrar consigo todos los gérmenes de un alma atizada por los disgustos y los amargos recuerdos de una mansión rica en matices: mayordomos, criadas, toda la servidumbre atiende los reclamos de una familia aposentada, que tiene ingresos a raudales y se encuentra respaldada por un estatus monetario más que sobradamente digno. 

Daniel piensa en huir, morir de alguna manera para abandonar la prisión estratosférica que está pisando. Sus pies, roídos de callosidades y duricias, marcados por un tiempo amortecido, no se ofrecen a ejecutar el acto repentino de un abandono de hogar más que oportuno. Cuarenta años a sus espaldas y todavía se encuentra a expensas de un clan que lo sostiene por un hilo enredado de nudos enquistados, que ya no pueden deshacerse, aunque las manos intenten presionar y desatascar la prominencia que dejan sobresalir. Desesperado, atornillado, empotrado contra una ventana enmudecida, que no protesta, que no se exalta por la cantidad de palabras arrojadas hacia un vertedero lleno de comentarios tóxicos, alimentos que se vomitan por bocas que auguran presagios tormentosos, acusan a Daniel de ser el instigador de todas las desgracias y agravios familiares. 

Un laberíntico juego de antifaces dejan a Daniel absorto, tartamudo, balbuceado por una avalancha de sentimientos antagónicos, dispares, a la vez que indeseables, pero existentes y veraces. Esas voces, a veces no sabe si proceden de una fiera despótica que no atiende a razones y no quiere sucumbir hacia un posible amansamiento; no sabe si esas voces, ya lejanas, que residen aquí pero que tienen un vínculo arraigado con una infancia dantesca, van a desaparecer y podrán dejar a Daniel libre de remordimientos, de cargas de culpabilidad enfermiza, de extrema impotencia que desgarra sus afiladas uñas. Una serie de rugidos felinos se encuentran en las vísceras más cercanas a las entrañas de un hombre con emociones aniñadas, crecidas de estatura, pero con una mentalidad poco fermentada con el paso de los años por una alta dosis de puerilidad.  Esas voces antiguas que deberían desintegrarse, poco a poco, gradualmente, sin prisas, con tanta demora ya no afinan el oído cuando Daniel suplica, con un llamamiento a los Dioses universales, que se desvanezcan en el antaño más recóndito, totalmente blindado ante sus ojos.

Aquellas faces monstruosas, que lo miraban siempre escrutando los defectos más sutiles, que repasaban cada movimiento, cada travesura, cada mueca, cada inocente chiquillada que Daniel exteriorizaba con el propósito de no ser juzgado ni mucho menos escoltado, por unos capataces externamente plagados de hipocresía lujosa y desmedida opulencia, se han engrandecido con creces. 

Caras inmundas, necias, iracundas, con un corazón helado por un amor incumplido, desatendido y ciertamente pisoteado, no van a dejar que la redención evapore y riegue todos los lastres de sequedad por un cariño no ofrecido sin una sarta de intereses y conveniencias que no complacían a un muchacho que había venido al mundo para que el azar, caprichoso, se encargara de encomendarle una familia humilde y sensata. 

Él, a través de una ventana entelada por un vaho que parece incrustado e imposible de absorber, no ve el horizonte dibujado en el otro extremo del muro que separa el receptáculo de la panorámica externa. Todo son burbujas de humo, chimeneas que disparan pólvora carbonizada, motores oxidados que expelen gases que ciegan la perspectiva de cualquier toma ante la realidad más complaciente. Ahora ya no hay marcha atrás –piensa Daniel. Esas voces son como un eco reiterativo que se repiten sin rechistar, igual que un ave que cotorrea porque tiene cuerdas vocales fónicas e imita sonidos aleatoriamente, sin acierto ni encaje.

No obstante en el ahora, esas voces de resentimiento, de inculpación masiva, de irrespetuosa conducta desfallecen y  se reconcilian con un hombre que intenta, como un niño, degustar nubes de algodón azucaradas, caramelos empalagosos, pero de sabor agradable para retorcer el rumbo de una vida rajada de embarazosos y escabrosos acontecimientos inútiles en el pasado más sólido. Él, con una determinación acrecentada, cree que algún día  un sueño con final feliz lo despertará y verá la ventana con los cristales coloreados de confetis y muchas serpentinas volteándose ante una brisa que silbará un nuevo posible despertar renaciente.   

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