sábado, 16 de mayo de 2026

HERIDAS EN ESCARCHA


 

HERIDAS EN ESCARCHA


Al ver que nadie respondía, el individuo recorrió el pequeño espacio que separaba su furgoneta del embarrancado lugar y buscó febrilmente, por todos los rincones, el móvil para llamar a una ambulancia y a las autoridades de rescate. La verdad es que la situación merecía ser socorrida por helicópteros que pudiesen planear y dar con el volcado de un coche en el que la integridad de una familia se veía atentada. Casi a ciegas, con todo el cuerpo, de cabeza a pies, chorreando por el goteo de una lluvia escandalosa, precipitada y estremecedora, pudo sacar el juego de llaves para encender las luces de contacto del vehículo y desactivar el cierre que había quedado centralizado. “Menos mal” pensó el buen hombre. “No recuerdo haber cogido el mando de encendido, pero seguro que inconscientemente lo he introducido en el bolsillo lateral de mi cazadora impermeable”.

Gracias a dicho recurso comenzó a palpar, con sombras frente a sus ojos, provocadas por una luz penumbrosa, ennegrecida por el gris de un cielo tupido de niebla, para encontrar el teléfono y llamar en busca de socorro. No era de extrañar que varios minutos, quizás más de un cuarto de hora, pelease consigo mismo gruñendo y renegando ante la desaparición de un dispositivo configurado para realizar llamadas, en dicho caso, apremiantes. Buscaba con desgana, desesperanzado, asqueado y enojado hasta que dio en el blanco con la guantera situada frente al asiento del copiloto. La abrió casi sin mirar y, por sorpresa, pudo reconocer por el tacto una linterna que todavía disponía de pilas amortizables y se apresuró a darle al pulsador para poder alumbrar el interior del receptáculo. Al fondo, casi tocando los extremos, entre cartas, certificados, facturas, recibos, folletos de publicidad, telegramas y libretas minúsculas con anotaciones anexas que pertenecían a antaño, encontró la funda con el teléfono al lado. Lo cogió como si un fogonazo hubiera hechos reaccionar al hombre que daba por perdida la hazaña heroica de poder salvar a una familia sucumbida, en apariencia, ante un abismo malevolente, traicionero e infame. Marcó los dígitos correspondientes con una respiración entrecortada por unos sofocos espasmódicos, surgidos por la tensión tan desbordada por el shock padecido. “Espero que funcione”, se repetía una y otra vez mientras manipulaba el teclado.

–Oiga, por favor, ¿Me puede escuchar? –dijo balbuceando. Estamos cruzando el estado de Pensilvania, en el territorio de Clinton. Hay un desvío que puede cruzar diferentes bahías en que los vertederos son espeluznantes. Un accidente ha provocado que alguien haya quedado probablemente malherido.

–Unidad, 1244. Ok, recibido. Enviaremos una patrulla de fuerzas aéreas para poder escrutar el lugar. No se preocupe. ¿Usted cómo se encuentra? Preguntó el oficial.

–Bueno, tengo algunas lesiones en el cuerpo, pero no necesitan una extremada atención clínica.

–En cuestión de media hora como máximo venimos con el equipo salvavidas para proceder a la operación.

–Perfecto, aunque preferiría que fuese antes. En la lejanía, desde un espacio de altitud diferenciable puedo apreciar un coche que ha perdido la simetría de sus piezas engranadas. Solo veo un punto en el espacio, pero no puedo saber cuántas víctimas han resultado aquejadas –dijo el hombre con voz alterada y preso por un estado anímico ajetreado.

–Tranquilo –respondió el agente de seguridad – les trasladaremos al hospital del lugar de residencia de dónde procedan.

–Gracias.

La llamada quedó postergada por si las autoridades volvían a localizar al único superviviente que estaba en disposición de informar sobre el trágico accidente.

 –Tim, ¿Sigues ahí?

 Katherine había recuperado el habla después de superar el trance que la había mantenido en pura inconsciencia durante un largo rato.

–Si, aquí estoy mi amor. ¿Y Tommy y Blackie? ¿Los puedes ver? ¿En qué condiciones se encuentran? –preguntaba Tim.

Una abalanza de pensamientos bombardeantes atenazaban a Katherine sin cesar. Tim tomó la palanca que aseguraba el asiento y, con un golpazo bastante costoso de ejecutar, rompió la ventanilla delantera medio rajada, cuyos cristales desmenuzados cayeron como perlas diseminadas por todo el interior del auto.

Tommy tenía contusiones por todo el cuerpo. En su estado convulso, casi rozando una incerteza profunda intentó parpadear. Su rostro, menguado de esplendor por un impacto aterrador, no podía resituar el espacio en que el cuerpo se encontraba posicionado. Su padre, después de romper la ventanilla y abandonar la sujeción de un cinturón de seguridad totalmente tensado, pudo abrir la puerta para salir y comprobar los daños que hijo y mascota habían sufrido. Mientras se incorporaba, los pies parecían dos peanas resbaladizas, casi insostenibles ante un grabado pavimento de eslabones, llenos de piedras calizas y rocas bien apegadas. Sentía la cabeza casi estallar, con pequeñas insinuaciones de tambaleo que lo hacían luchar para no derrumbarse plomizo... 

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