HERIDAS EN ESCARCHA
Al ver que nadie
respondía, el individuo recorrió el pequeño espacio que separaba su furgoneta
del embarrancado lugar y buscó febrilmente, por todos los rincones, el móvil
para llamar a una ambulancia y a las autoridades de rescate. La verdad es que
la situación merecía ser socorrida por helicópteros que pudiesen planear y dar
con el volcado de un coche en el que la integridad de una familia se veía
atentada. Casi a ciegas, con todo el cuerpo, de cabeza a pies, chorreando por
el goteo de una lluvia escandalosa, precipitada y estremecedora, pudo sacar el
juego de llaves para encender las luces de contacto del vehículo y desactivar
el cierre que había quedado centralizado. “Menos
mal” pensó el buen hombre. “No
recuerdo haber cogido el mando de encendido, pero seguro que inconscientemente
lo he introducido en el bolsillo lateral de mi cazadora impermeable”.
Gracias a dicho recurso comenzó a palpar, con sombras frente a sus ojos, provocadas por una luz penumbrosa, ennegrecida por el gris de un cielo tupido de niebla, para encontrar el teléfono y llamar en busca de socorro. No era de extrañar que varios minutos, quizás más de un cuarto de hora, pelease consigo mismo gruñendo y renegando ante la desaparición de un dispositivo configurado para realizar llamadas, en dicho caso, apremiantes. Buscaba con desgana, desesperanzado, asqueado y enojado hasta que dio en el blanco con la guantera situada frente al asiento del copiloto. La abrió casi sin mirar y, por sorpresa, pudo reconocer por el tacto una linterna que todavía disponía de pilas amortizables y se apresuró a darle al pulsador para poder alumbrar el interior del receptáculo. Al fondo, casi tocando los extremos, entre cartas, certificados, facturas, recibos, folletos de publicidad, telegramas y libretas minúsculas con anotaciones anexas que pertenecían a antaño, encontró la funda con el teléfono al lado. Lo cogió como si un fogonazo hubiera hechos reaccionar al hombre que daba por perdida la hazaña heroica de poder salvar a una familia sucumbida, en apariencia, ante un abismo malevolente, traicionero e infame. Marcó los dígitos correspondientes con una respiración entrecortada por unos sofocos espasmódicos, surgidos por la tensión tan desbordada por el shock padecido. “Espero que funcione”, se repetía una y otra vez mientras manipulaba el teclado.
–Oiga, por favor,
¿Me puede escuchar? –dijo balbuceando. Estamos cruzando el estado de
Pensilvania, en el territorio de Clinton. Hay un desvío que puede cruzar
diferentes bahías en que los vertederos son espeluznantes. Un accidente ha
provocado que alguien haya quedado probablemente malherido.
–Unidad, 1244. Ok,
recibido. Enviaremos una patrulla de fuerzas aéreas para poder escrutar el
lugar. No se preocupe. ¿Usted cómo se encuentra? Preguntó el oficial.
–Bueno, tengo
algunas lesiones en el cuerpo, pero no necesitan una extremada atención clínica.
–En cuestión de
media hora como máximo venimos con el equipo salvavidas para proceder a la
operación.
–Perfecto, aunque
preferiría que fuese antes. En la lejanía, desde un espacio de altitud
diferenciable puedo apreciar un coche que ha perdido la simetría de sus piezas
engranadas. Solo veo un punto en el espacio, pero no puedo saber cuántas
víctimas han resultado aquejadas –dijo el hombre con voz alterada y preso por
un estado anímico ajetreado.
–Tranquilo
–respondió el agente de seguridad – les trasladaremos al hospital del lugar de
residencia de dónde procedan.
–Gracias.
La llamada quedó postergada
por si las autoridades volvían a localizar al único superviviente que estaba en
disposición de informar sobre el trágico accidente.
–Tim, ¿Sigues ahí?
Katherine había recuperado el habla después de
superar el trance que la había mantenido en pura inconsciencia durante un largo
rato.
–Si, aquí estoy mi
amor. ¿Y Tommy y Blackie? ¿Los puedes ver? ¿En qué condiciones se encuentran?
–preguntaba Tim.
Una abalanza de
pensamientos bombardeantes atenazaban a Katherine sin cesar. Tim tomó la
palanca que aseguraba el asiento y, con un golpazo bastante costoso de ejecutar,
rompió la ventanilla delantera medio rajada, cuyos cristales desmenuzados
cayeron como perlas diseminadas por todo el interior del auto.
Tommy tenía contusiones por todo el cuerpo. En su estado convulso, casi rozando una incerteza profunda intentó parpadear. Su rostro, menguado de esplendor por un impacto aterrador, no podía resituar el espacio en que el cuerpo se encontraba posicionado. Su padre, después de romper la ventanilla y abandonar la sujeción de un cinturón de seguridad totalmente tensado, pudo abrir la puerta para salir y comprobar los daños que hijo y mascota habían sufrido. Mientras se incorporaba, los pies parecían dos peanas resbaladizas, casi insostenibles ante un grabado pavimento de eslabones, llenos de piedras calizas y rocas bien apegadas. Sentía la cabeza casi estallar, con pequeñas insinuaciones de tambaleo que lo hacían luchar para no derrumbarse plomizo...
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