MUERTE EN VILO
En aquellos
instantes, Tim no podía bajar la guardia ni desconectar teniendo en cuenta el
fatalista accidente. Con un andar muy tambaleante, que lo zarandeaba, lo sacudía
sin piedad y hacía sentirlo como si un despertar, después de una muerte
truculenta, tuviera permiso alguno, abrió la puerta trasera. En realidad, la
puerta parecía una placa agrietada, agujereada, llena de hendiduras que ya no
protegían el interior del vehículo.
Blacio no daba
señales de vida. Tim gritaba y preguntaba a la vez a Tommy. Le tomaba el pulso
y quería ver si palpitaba su corazón, a pesar de una toma de inconsciencia
profunda. El padre le palpaba la frente, las sienes, el abdomen y sentía la
respiración producirse.
Katherine procuraba
reponerse a pesar del abrumar que deterioraba su calidad de percepción ante un
incidente brutal. Arrastrándose como podía le pidió a su marido que le ayudara
a desajustarse el cinturón. Ella tiene la cara ensangrentada, llena de
hematomas leves que debían ser desinfectados con urgencia.
–Tim, dime como
están Tommy y Blackie ¿Qué nos ha llevado hasta aquí?
–Tommy está como
sumido a un estado en que sus párpados hundidos y una parálisis física, no le
permiten responder frente a estímulos, pero respira y creo que quizás podrá
salvarse si nos rescatan pronto.
Blackie estaba
delante del asiento trasero, volcado hacia abajo dentro del receptáculo, como
un trozo de pergamino encartonado, que ya ha apagado cualquier destello de
vida. Tim intuía que el gato había perecido. Lo intentaba achuchar varias
veces, pero sus constantes vitales no tenían existencia. Súbitamente, Tommy comenzó
a temblar y a extraer espuma por la boca. Sus ojos se abrían y cerraban en un
vaivén en que la mirada se volvía desquiciada, mayormente difuminada, que no
percibía nada de lo que el exterior desplegaba. Los delirios iban en aumento.
Todo el cuerpo del muchacho estaba sometido ante temblores casi parecidos a un
ataque de epilepsia. Estaba viajando frente a un corredor que separaba vida y
muerte en un tramo de ínfima distancia. Los padres, desesperados, buscaban el
teléfono móvil para llamar a rescate. No sabían que la ambulancia estaba de camino.
Había un equipo aéreo que se molestaba en acorralar la zona para localizar el
paradero abismal de una familia que no podía socorrerse bajo medios
particulares. Las hélices de los helicópteros parecían aproximarse al terreno
ahondado que mantenía presos a la familia. Katherine elevó los ojos hacia un
cielo que no dejaba de descargar agua en exuberancia. La lluvia y el estado
desfallecido de los padres estaba dificultando la percatación de la proximidad
de los vehículos. Sin embargo, cada vez los motores estaban más aproximados y tenían,
gracias a la descripción del conductor de la furgoneta, más reconocido el lugar
del siniestro provocado por un choque frontal de automóviles que circulaban en
direcciones opuestas. Coches patrulla de seguridad vial se acercaron al hombre
del furgón. Él temblaba de frío, pero sobre todo de pánico porque creía que iba
a ser encarcelado por un delito que no pretendía provocar, a pesar de malherir
vidas que circulaban en paralelo. Los agentes, todos equipados con uniformes impermeabilizados,
desataron preguntas rutinarias que el hombre, sin ningún atisbo de resistencia,
respondió.
–¿Qué ha presenciado
usted mientras se disponía a realizar el trayecto por carretera?
–Bueno, yo iba
conduciendo bastante concentrado y llevaba el alumbrado encendido. En cambio,
el efecto de la tormenta no acompañó la posibilidad de ver un auto que se me
acercaba con determinación. El hombre, mientras hablaba, temía que la policía
descubriese que no llevaba las luces cortas para que el resto de los
conductores pudiesen reconocer la carrocería acercarse. No se atrevió a
confesar el descuido, ya que, en cierto modo, lo más imprescindible era salvar
vidas que habían resultado indudablemente aquejadas.
Los agentes
terrestres y aéreos llevaban transistores que, por megafonía, podían
intercambiar señales para proceder al rescate de los Johnson. Había ocasiones
en que las intercepciones eran inevitables. Las ardientes caídas de unas gotas
que intimidaban por su aparición culminante provocaban que las palabras
cruzadas por dichos dispositivos radioeléctricos tuviesen una calidad de
conexión turbia, imprecisa, por instantes casi inaudible.
Tommy, a pesar de
estar sometido a la respiración artificial que el padre le proporcionaba no
tenía indicios de reacción lúcida. Su cuerpo, desplomado, vertido por un
sangrado respetable y una presencia casi evadida del mundo de los mortales, no
recibía bien el anhídrido carbónico que Tim intentaba hacerle llegar a los
pulmones. El padre, cabe decir, que aún tenía fuerzas para procurar oxígeno a
su hijo incluso con la fragilidad neurológica, anímica y mental que estaba
experimentando...
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