sábado, 16 de mayo de 2026

MUERTE EN VILO

 



MUERTE EN VILO

En aquellos instantes, Tim no podía bajar la guardia ni desconectar teniendo en cuenta el fatalista accidente. Con un andar muy tambaleante, que lo zarandeaba, lo sacudía sin piedad y hacía sentirlo como si un despertar, después de una muerte truculenta, tuviera permiso alguno, abrió la puerta trasera. En realidad, la puerta parecía una placa agrietada, agujereada, llena de hendiduras que ya no protegían el interior del vehículo.

Blacio no daba señales de vida. Tim gritaba y preguntaba a la vez a Tommy. Le tomaba el pulso y quería ver si palpitaba su corazón, a pesar de una toma de inconsciencia profunda. El padre le palpaba la frente, las sienes, el abdomen y sentía la respiración producirse.

Katherine procuraba reponerse a pesar del abrumar que deterioraba su calidad de percepción ante un incidente brutal. Arrastrándose como podía le pidió a su marido que le ayudara a desajustarse el cinturón. Ella tiene la cara ensangrentada, llena de hematomas leves que debían ser desinfectados con urgencia.

–Tim, dime como están Tommy y Blackie ¿Qué nos ha llevado hasta aquí?

–Tommy está como sumido a un estado en que sus párpados hundidos y una parálisis física, no le permiten responder frente a estímulos, pero respira y creo que quizás podrá salvarse si nos rescatan pronto.

Blackie estaba delante del asiento trasero, volcado hacia abajo dentro del receptáculo, como un trozo de pergamino encartonado, que ya ha apagado cualquier destello de vida. Tim intuía que el gato había perecido. Lo intentaba achuchar varias veces, pero sus constantes vitales no tenían existencia. Súbitamente, Tommy comenzó a temblar y a extraer espuma por la boca. Sus ojos se abrían y cerraban en un vaivén en que la mirada se volvía desquiciada, mayormente difuminada, que no percibía nada de lo que el exterior desplegaba. Los delirios iban en aumento. Todo el cuerpo del muchacho estaba sometido ante temblores casi parecidos a un ataque de epilepsia. Estaba viajando frente a un corredor que separaba vida y muerte en un tramo de ínfima distancia. Los padres, desesperados, buscaban el teléfono móvil para llamar a rescate. No sabían que la ambulancia estaba de camino. Había un equipo aéreo que se molestaba en acorralar la zona para localizar el paradero abismal de una familia que no podía socorrerse bajo medios particulares. Las hélices de los helicópteros parecían aproximarse al terreno ahondado que mantenía presos a la familia. Katherine elevó los ojos hacia un cielo que no dejaba de descargar agua en exuberancia. La lluvia y el estado desfallecido de los padres estaba dificultando la percatación de la proximidad de los vehículos. Sin embargo, cada vez los motores estaban más aproximados y tenían, gracias a la descripción del conductor de la furgoneta, más reconocido el lugar del siniestro provocado por un choque frontal de automóviles que circulaban en direcciones opuestas. Coches patrulla de seguridad vial se acercaron al hombre del furgón. Él temblaba de frío, pero sobre todo de pánico porque creía que iba a ser encarcelado por un delito que no pretendía provocar, a pesar de malherir vidas que circulaban en paralelo. Los agentes, todos equipados con uniformes impermeabilizados, desataron preguntas rutinarias que el hombre, sin ningún atisbo de resistencia, respondió.

–¿Qué ha presenciado usted mientras se disponía a realizar el trayecto por carretera?

–Bueno, yo iba conduciendo bastante concentrado y llevaba el alumbrado encendido. En cambio, el efecto de la tormenta no acompañó la posibilidad de ver un auto que se me acercaba con determinación. El hombre, mientras hablaba, temía que la policía descubriese que no llevaba las luces cortas para que el resto de los conductores pudiesen reconocer la carrocería acercarse. No se atrevió a confesar el descuido, ya que, en cierto modo, lo más imprescindible era salvar vidas que habían resultado indudablemente aquejadas.

Los agentes terrestres y aéreos llevaban transistores que, por megafonía, podían intercambiar señales para proceder al rescate de los Johnson. Había ocasiones en que las intercepciones eran inevitables. Las ardientes caídas de unas gotas que intimidaban por su aparición culminante provocaban que las palabras cruzadas por dichos dispositivos radioeléctricos tuviesen una calidad de conexión turbia, imprecisa, por instantes casi inaudible.

Tommy, a pesar de estar sometido a la respiración artificial que el padre le proporcionaba no tenía indicios de reacción lúcida. Su cuerpo, desplomado, vertido por un sangrado respetable y una presencia casi evadida del mundo de los mortales, no recibía bien el anhídrido carbónico que Tim intentaba hacerle llegar a los pulmones. El padre, cabe decir, que aún tenía fuerzas para procurar oxígeno a su hijo incluso con la fragilidad neurológica, anímica y mental que estaba experimentando...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL CORAJE EN EL NIDO

EL CORAJE EN EL NIDO Entre pájaros nulo vuelo mi plumaje no espanta la polvareda de un pasado, hostil y de sabor ahumado. Cielos obtusos, nu...