UNA LLAMADA DE SOCORRO
Varias vueltas de
campana tuvieron lugar hasta que el auto se estampó contra un suelo grabado de
sedimentos desgastados y salientes amortizados con prolongación.
El conductor de la
furgoneta, no obstante, pudo frenar y quedó empotrado contra el muro anverso
que soportaba una cordillera de montañas, dignas de rodaje filmográfico por la
vegetación exhumada tan alineada, elegante, renovada y fresca por una lluvia
bien acogida. Los padres llevaban el cinturón de seguridad, aunque
afortunadamente, después de que el coche quedara volcado hacia abajo, con el
parachoques frontal invertido y la plancha descubierta, permanecieron ilesos.
–Tim, Tim ¿Estás
ahí? Fue la pregunta de Katherine, que tenía moratones, pequeños rasguños y
heridas leves en el rostro y las extremidades. ¿Puedes oírme? Insistía la esposa
con una voz exhausta, inservible, ahogada.
Como pudo, la mujer
intentó enderezarse, ya que su cuerpo había quedado amarrado al asiento
delantero y descolocado con respecto a la posición lógica. Con las manos,
procuraba empujarse hasta localizar la cinta elástica que la mantenía
inmovilizada.
Tim había quedado
ladeado, con el cuerpo proyectado al dispositivo de sujeción y con las manos
temblorosas y un porte, accidentado por la debilidad y el aquejamiento de una
caída de índole mortal, se desató e intentó encontrar la puerta de salida más
próxima. Al despertar, después del choque insolente, comenzó a posicionarse
para rescatar a su esposa, hijo y mascota.
Mientras tanto, el conductor que manejaba la furgoneta, empotrado contra el muro macizo y rocoso, pudo salir con algunos cardenales y pequeñas hemorragias en las sienes, el tabique nasal y la barbilla. El impacto, tan veloz y descontrolado, le había provocado lesiones al darse de bruces contra el volante. En cambio, los daños producidos eran totalmente reversibles, sin necesidad de que un servicio de urgencias lo recogiera para ser hospitalizado de gravedad. Con un sangrado moderado, en el que pequeñas gotitas dejaban la tapicería del vehículo manchada, salió de la furgoneta con rayos, truenos y una lluvia voluntariosa, con su tarea a seguir revitalizando la flora. Se acercó al precipicio tímidamente. Andaba torciendo el tronco, como afectado por unos cuantos miligramos de alcohol en el torrente sanguíneo. Estaba aturdido, impregnado por un atontamiento justificado después de un accidente imprevisible. Sus pasos, bailaban al compás de una música insonora, enmudecida. Parecía un títere; un muñeco de trapo agitado por la mano de alguien que le otorga personalidad a partir de unos estrechos hilos pendidos. Su cuerpo, repercutido por los golpes sufridos iba, como por impulso involuntario, aproximándose hacia la frontera entre un abismo temerario y el sendero que pisaba con fuerza y empeño. Asomó la cabeza con muchísimo pavor, porque sabía que el coche contrario se había desprendido de una calzada y había sido víctima de un aterrizaje forzoso, en un plano de hendidura considerable. Efectivamente, unas nubes de humo dejaban expeler un hedor bastante asfixiante. El coche de los Johnson había deformado excesivamente el diseño original. El hombre vociferaba; dejaba propagar un griterío con llamadas de auxilio para asegurarse si quedaba algún viajero con vida. Desgraciadamente, desde el abismo no llegaba el resonar de una voz rota, desgarrada, como aquejada por una carraspera descomunal...
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