MEMORIAS EN SOMBRA
Tommy había quedado
gravemente herido y probablemente algunas secuelas arrastraría en su vida
futura en caso de una milagrosa resurrección.
El traslado fue
rápido, a pesar de que la tormenta no menguara. Los helicópteros llevaban los
padres a bordo, mientras que los coches sanitarios, dos concretamente,
circulaban por carretera. Las sacudidas del vehículo reanimaban al niño, pero
en el fondo se trataba de una falsa ilusión. Tommy no podía mover ni una
vértebra, ni un músculo, a pesar del ajetreo de un coche avanzando por una
calzada escarpada, perforada por huecos y socavada por pedruscos adheridos a
una superficie desdibujada, alejada de un aplanamiento y una simetría
uniformes.
Blackie estaba en el
receptáculo sin poder conectar con el mundo físico. Quizás había abandonado la
faz de la tierra, quizás todavía la quedaban resquicios sombreados, que lo
retenían a despegar de una órbita material.
Tommy había entrado
en un estado de inconsciencia en el cual su mundo desfiguraba cualquier toma de
realidad suprema. El cuerpo seguía inamovible, como si lo hubiesen exonerado de
un peso horripilante, una carga ardua que lo había ya destituido de cualquier
dolencia corporal. Podía tratarse de una falsa impresión, pero los médicos de
urgencias, una vez en Toronto, detectaron un pulso ralentizado, un corazón casi
gélido con palpitaciones que requerían la intervención de un desfibrilador. El
cerebro, todavía, según el médico de plantilla que atendió el caso, estaba
expuesto a pequeñas señales electroencefalográficas que no lo hacían abandonar
drásticamente un estado de vida.
Los padres estaban
en el pabellón de consultas externas, ya que no tenían desgarres, heridas
graves ni ningún órgano paralizado por el choque de un vehículo volcado ante un
abismo hondeado, imponente, entramado. Ellos relataron todo lo que recordaban
antes de un súbito despertar: una lluvia tormentosa, unas ruedas que se
desplazaban, despegándose de un suelo revuelto de charcos y litros de agua
descendida de unas nubes borrascosas.
Finalmente, también
Tim recordaba cómo un automóvil en sentido opuesto se había cruzado con ellos
sin ser prácticamente identificado.
El hombre que manejaba la furgoneta fue
enviado a la comisaría local para tomarle declaración de los hechos. A efectos
reales, era el único testigo cabal que podía determinar el proceso degenerativo
hasta descarrilar y desenlazar un acontecimiento trágico. Estaba nervioso. El
comisario podía ver sus ojos fuera de control. Él no quería llegar a
conclusiones ni elaborar conjeturas o especulaciones que lo distanciasen de una
realidad ordenada, antes de un dramático acontecer. Cabe decir, pero, que el
agente estaba intrigado. El hombre que contaba lo que había presenciado dudaba,
le temblaba el mentón mientras hablaba y las manos las tenía empañadas de
humedad sudorípara. Él solamente podía revelar que una pequeña infracción había
denotado a la familia Johnson a recurrir a un precipicio inmerecido, en el que
sus vidas podían haber peligrado hasta el punto de generar un homicidio
involuntario. ¡Dios! –se repetía el
hombre mentalmente. No quiero ser
encarcelado, ya que no pretendía
asesinar a nadie. Pero ¿Cómo hacer referencia al asunto del alumbrado? Era
el cabo perfecto que la policía necesitaba recabar para ser detenido y puesto
en prisión preventiva. Una revelación tan consecuente debía ser ocultada, para
poder el testimonio quedar absuelto ante cualquier reliquia de culpabilidad
frente a un suceso tan enmarañado.
El interrogatorio
seguía su curso, mientras el hombre de la furgoneta omitió parte de la verdad
más axiomática. Él creía que el matrimonio tarde o temprano recuperaría la
memoria al completo y contrapondría los hechos que el conductor procuraba rectificar
con esmero, para autoconvencerse de su anhelada inocencia. El miedo le
amanillaba antes de que una denuncia fuera interpuesta por la familia Johnson.
El agenta daba vueltas por la oficina de comisaria a la vez que dos oficiales
escoltaban el diálogo mantenido por ambas partes.
En el hospital, Tim
y Katherine, en habitaciones contiguas, estaban siendo desinfectados.
Antisépticos y antiinflamatorios les fueron prescritos para alivianarlos de los
dolores provocados por la hinchazón en diferentes zonas del organismo. El padre
de Tommy sufría pequeños lapsos de amnesia retrógrada. Se esforzaba en hablar y
recordar qué los había conducido a estamparse contra un abismo que amenazaba,
advertía con testarudez una muerte súbita en caso de ser acudido.
Su mente,
desgraciadamente, no podía tener la claridad de pensamiento necesario para
proseguir con el relato, que empezaba a contar a la plantilla de médicos que lo
procuraban subsanar en el pabellón donde fue trasladado. A medida que hablaba,
en cambio, veía una especie de marco, como precintado en un envase de lata en
que, frente a un cristal delantero del coche, había perdido el sentido de la
orientación por una obscuridad adestradora. Era incapaz de precisar cuántos
segundos habían transcurrido desde que los neumáticos se desprendiesen de un
pedregoso pavimento y los condujeran a extraviarse hasta ser arrojados frente a
un hueco de 600 metros de profundidad. Pequeños atisbos, nociones inciertas
ayudaban a Tim a escenificar todo el infortunio, que había desembocado unos
resultados nefastos ante una familia que pretendía gozar de una temporada
vacacional. Su nerviosismo estaba en pleno auge, pero sobre todo un sentimiento
acusatorio lo atizaba con una fuerza abrumadora. Tim era el cabeza del clan
familiar, el chófer de un vehículo que podía haberse retractado de una caída
hacia un infinito sórdido, inmundo, lleno de factores en los que el riesgo de
muerte presentaba garantía en estado afirmativo...
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