sábado, 16 de mayo de 2026

MEMORIAS EN SOMBRA

 



MEMORIAS EN SOMBRA


Tommy había quedado gravemente herido y probablemente algunas secuelas arrastraría en su vida futura en caso de una milagrosa resurrección.

El traslado fue rápido, a pesar de que la tormenta no menguara. Los helicópteros llevaban los padres a bordo, mientras que los coches sanitarios, dos concretamente, circulaban por carretera. Las sacudidas del vehículo reanimaban al niño, pero en el fondo se trataba de una falsa ilusión. Tommy no podía mover ni una vértebra, ni un músculo, a pesar del ajetreo de un coche avanzando por una calzada escarpada, perforada por huecos y socavada por pedruscos adheridos a una superficie desdibujada, alejada de un aplanamiento y una simetría uniformes.

Blackie estaba en el receptáculo sin poder conectar con el mundo físico. Quizás había abandonado la faz de la tierra, quizás todavía la quedaban resquicios sombreados, que lo retenían a despegar de una órbita material.

Tommy había entrado en un estado de inconsciencia en el cual su mundo desfiguraba cualquier toma de realidad suprema. El cuerpo seguía inamovible, como si lo hubiesen exonerado de un peso horripilante, una carga ardua que lo había ya destituido de cualquier dolencia corporal. Podía tratarse de una falsa impresión, pero los médicos de urgencias, una vez en Toronto, detectaron un pulso ralentizado, un corazón casi gélido con palpitaciones que requerían la intervención de un desfibrilador. El cerebro, todavía, según el médico de plantilla que atendió el caso, estaba expuesto a pequeñas señales electroencefalográficas que no lo hacían abandonar drásticamente un estado de vida.

Los padres estaban en el pabellón de consultas externas, ya que no tenían desgarres, heridas graves ni ningún órgano paralizado por el choque de un vehículo volcado ante un abismo hondeado, imponente, entramado. Ellos relataron todo lo que recordaban antes de un súbito despertar: una lluvia tormentosa, unas ruedas que se desplazaban, despegándose de un suelo revuelto de charcos y litros de agua descendida de unas nubes borrascosas.

Finalmente, también Tim recordaba cómo un automóvil en sentido opuesto se había cruzado con ellos sin ser prácticamente identificado.

 El hombre que manejaba la furgoneta fue enviado a la comisaría local para tomarle declaración de los hechos. A efectos reales, era el único testigo cabal que podía determinar el proceso degenerativo hasta descarrilar y desenlazar un acontecimiento trágico. Estaba nervioso. El comisario podía ver sus ojos fuera de control. Él no quería llegar a conclusiones ni elaborar conjeturas o especulaciones que lo distanciasen de una realidad ordenada, antes de un dramático acontecer. Cabe decir, pero, que el agente estaba intrigado. El hombre que contaba lo que había presenciado dudaba, le temblaba el mentón mientras hablaba y las manos las tenía empañadas de humedad sudorípara. Él solamente podía revelar que una pequeña infracción había denotado a la familia Johnson a recurrir a un precipicio inmerecido, en el que sus vidas podían haber peligrado hasta el punto de generar un homicidio involuntario. ¡Dios! –se repetía el hombre mentalmente. No quiero ser encarcelado, ya que no pretendía asesinar a nadie. Pero ¿Cómo hacer referencia al asunto del alumbrado? Era el cabo perfecto que la policía necesitaba recabar para ser detenido y puesto en prisión preventiva. Una revelación tan consecuente debía ser ocultada, para poder el testimonio quedar absuelto ante cualquier reliquia de culpabilidad frente a un suceso tan enmarañado.

El interrogatorio seguía su curso, mientras el hombre de la furgoneta omitió parte de la verdad más axiomática. Él creía que el matrimonio tarde o temprano recuperaría la memoria al completo y contrapondría los hechos que el conductor procuraba rectificar con esmero, para autoconvencerse de su anhelada inocencia. El miedo le amanillaba antes de que una denuncia fuera interpuesta por la familia Johnson. El agenta daba vueltas por la oficina de comisaria a la vez que dos oficiales escoltaban el diálogo mantenido por ambas partes.

En el hospital, Tim y Katherine, en habitaciones contiguas, estaban siendo desinfectados. Antisépticos y antiinflamatorios les fueron prescritos para alivianarlos de los dolores provocados por la hinchazón en diferentes zonas del organismo. El padre de Tommy sufría pequeños lapsos de amnesia retrógrada. Se esforzaba en hablar y recordar qué los había conducido a estamparse contra un abismo que amenazaba, advertía con testarudez una muerte súbita en caso de ser acudido.

Su mente, desgraciadamente, no podía tener la claridad de pensamiento necesario para proseguir con el relato, que empezaba a contar a la plantilla de médicos que lo procuraban subsanar en el pabellón donde fue trasladado. A medida que hablaba, en cambio, veía una especie de marco, como precintado en un envase de lata en que, frente a un cristal delantero del coche, había perdido el sentido de la orientación por una obscuridad adestradora. Era incapaz de precisar cuántos segundos habían transcurrido desde que los neumáticos se desprendiesen de un pedregoso pavimento y los condujeran a extraviarse hasta ser arrojados frente a un hueco de 600 metros de profundidad. Pequeños atisbos, nociones inciertas ayudaban a Tim a escenificar todo el infortunio, que había desembocado unos resultados nefastos ante una familia que pretendía gozar de una temporada vacacional. Su nerviosismo estaba en pleno auge, pero sobre todo un sentimiento acusatorio lo atizaba con una fuerza abrumadora. Tim era el cabeza del clan familiar, el chófer de un vehículo que podía haberse retractado de una caída hacia un infinito sórdido, inmundo, lleno de factores en los que el riesgo de muerte presentaba garantía en estado afirmativo...

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