sábado, 16 de mayo de 2026

REGRESO A LA MORADA




REGRESO A LA MORADA 


La enfermera que lo curaba veía que los ojos de Tim estaban desvanecidos, casi abstraídos, aislados dentro de un contexto firme, palpable, que no lo invitaba a continuar expresándose. Bien al contrario, casi le suplicaba que se tranquilizara porque él y su esposa estaban casi inmunes ante cualquier afección contraída por un funesto accidente. ¿Y Tommy? ¿Cómo estará? ¿Y la mascota? –mascullaba Tim una y otra vez. ¿Hay algún destello de esperanza, algún destello de bengala que pueda estabilizar el dolor tan desgarrador que experimento?

–¡Sss! –respondía la enfermera de guardia. No debe esforzarse a recordar ni confesar todo lo que quiere recuperar o teme haber perdido. Lo importante es que ahora usted y su esposa se repongan de este trance tan desolador.

 Katherine en la habitación contigua era un mar de lágrimas desconsolado, bravo, atropellador. Ella recordaba que su hijo había presagiado un terminar en tragedia. Mientras conducían, el muchachillo reclamaba prudencia cuando los fallos motores del vehículo comenzaban a desentonar del normal funcionamiento.

La enfermera le colocaba un vendaje compresivo a lo largo del cráneo frontal y occipital, ya que varios trompazos durante el vuelco le provocaron el vertido de un sangrado por el desprendimiento de algunos tejidos celulares. Ella lloraba y lloraba. Su grado de consciencia estaba más logrado que el de Tim, ya que era capaz de evocar detalles bastante precisos antes del escabroso accidente. Tommy no paraba de repetir que tenía un presentimiento y nadie escuchó sus súplicas, sus ruegos, los reclamos que hacía persistir para que el padre estacionara en el arcén o en alguna posada cercana, con la intención de que el clima pudiera restablecerse. La enfermera no daba demasiado crédito al relato de Katherine porque consideraba que el shock podía haber provocado una percepción de la realidad más sobresaltada de lo común. Intentaba alentarla diciéndole que su marido también se repondría con eficacia probada. ¿y Tommy? Por Dios, ¿Alguien puede decirme como se encuentra y dónde se lo han llevado? –no paraba de decir.

 –Su hijo ha sido enviado a cuidados intensivos. Presentaba hemorragias severas y contusiones que han ocasionado coagulación en el riego sanguíneo. Un equipo especial lo están observando rigurosamente mientras sigue conectado a una bombona de oxígeno y a un electroencefalograma.

–¿O sea que no podrá despertar por sus propios medios? ¿me está diciendo que está en coma?

–Sí, pero ha tenido la suerte dentro del traumatismo generado, de que hay una esperanza al final del fatigante camino de que una respuesta positiva pueda producirse. Las constantes vitales recorren el cuerpo a una baja frecuencia vibratoria, pero el cerebro parece reactivo ante minúsculos estímulos.

Por lo que respecta a Blackie, había sido extraído del recipiente que lo mantenía atrapado, pero, a pesar de parecer físicamente íntegro, su cuerpo ya no pertenecía al mundo físico. Un túnel lleno de sombras marchitadas había recorrido sin posibilidad de recobramiento. El gato, sin lugar a dudas, se acordaba de cuánto le gustaba trepar, subirse por las ramas hasta alcanzar la copa más alta de los árboles con altitud y, sobre todo, perseguir a los ratones más sagaces y vivarachos. Sin embargo, por otra parte, fuera del tiempo biológico en una vida ya abandonada, se sentía temeroso frente a las presas más frágiles del planeta. Los roedores parecían más bien un atenuante amenazador que no lo dejaban descansar en paz. Todo parecía un sueño que lo arrastraba a revivir escenarios en que él era la víctima más indefensa y raquítica de la tierra.

Tommy, en la unidad de cuidados intensivos, estaba delirando y podía apreciar a Blackie, como si hubiese quedado ensoñado, casi sumido en un delirio improcedente pero verídico y demostrable. El cuerpo del muchachillo era como un frágil espejo en el cual se reflejaba los temores más atenazadores de un felino con el que había establecido una unión inseparable. Él podía ver como Blackie había abandonado la esfera terrenal a la vez que podía sentir la inclinación, dentro de un estado de coma profundo, que deseaba acompañarlo en el viaje hacia las tinieblas de la armonía y la paz más acogedoras.

 –Por el amor de Dios, llamen al cirujano responsable de la posible intervención cerebral. Este muchacho está delirando, seguramente porque sufre ataques epilépticos –aseguraba la enfermera de guardia que lo atendía.

Dos enfermeras más del equipo médico estaban en la habitación de Tommy escoltando al niño, comprobando su pulso cardíaco además de mirar las ondas eléctricas que desfilaban a través del aparato, que tenía conectado con electrodos en un cerebro afectado por un impacto de shock accidental. De inmediato, se dieron cuenta de que la reacción del chiquillo no era la apropiada y estaban atribuyendo los ataques a un posible desajuste coronario que podía arrastrarlo hacia una muerte súbita.

–Tommy, me oyes –preguntaba Blackie desde el limbo con voz nauseabunda –debes despertar porque tu misión en este mundo debe continuar sin mí. Te agradezco todo lo que has hecho. Tú me has dado la fuerza para retar a las presas que ahora, después de traspasar la frontera, se convierten en los predadores más temibles. Tú me has acogido en tu lecho sin preguntarme, sin cuestionarme ni acusarme. Has sido mi amigo incondicional y te pido disculpas por este eterno sueño, en que yo no tenía valor para atacar a los ratones más desquiciados y brutalmente devoradores

–¿Queee me está pasando? Se preguntaba Tommy desde el otro lado de la frontera. Blackie me habla de que todo ha sido imaginario y ha formado parte del proceso de vuelta a la vida. 

De repente, un diálogo muy corto entre ellos determinó la recuperación casi inviable de Tommy:

–Blackie, debes volver, eres mi aliado. Me has dado vigorosidad para estar tendido con vida en esta camilla de hospital tan aborrecedora. No me dejes solo, te lo suplico. Somos compatriotas, vivimos en un mismo condado y compartimos momentos inolvidables.

El silencio volvió a reinar la habitación mientras Tommy hablaba desde un plano totalmente inconsciente. Un eco muy estridente señalaba el encogimiento del gato devorado por el ratón más longevo del distrito de Nueva Maryland, la tierra del ensueño.

Tommy podía visualizar cómo su mascota le cedía el trono para que despertase sin necesidad de una operación urgente. Parecía que había un vínculo que unía el animal con el zagal más valiente y heroico del momento. Los dos, desde una dimensión muy abstracta, llegaron a un consenso para que Tommy pudiera proseguir con su vida antes de querer marcharse de vacaciones a Nueva Maryland.

Dos meses han transcurrido desde que los padres y Tommy fueran ingresados en Toronto. Katherine y Tim se repusieron con facilidad, ya que las lesiones eran leves y no dejaron secuelas en el organismo que pudieran impedir seguir con sus quehaceres cotidianos. Cada día iban al hospital a ver a su hijo en la UCI, muy entristecidos por la muerte de la mascota, Blackie.

Katherine estaba en la habitación recostada en el respaldo de una silla, cuando Tommy con voz casi de ultratumba, como amortecido se despertó y dijo susurrando sin poder ser descifrada la frase pronunciada: “Gracias Blackie, perdóname, te quiero, hasta siempre, tu amigo Tommy”.

Katherine se despertó súbitamente ante la voz desencajada de su hijo y llamó a la enfermera con una alegría renacida, después de un trance que parecía interminable.

Tim estaba en la cafetería y volvió al pabellón con el desayuno que había ido a comprar para él y su mujer. Cuando entró vio a Katherine con los ojos chispeantes y se alegró del rostro esperanzador que emitía.

El médico acudió mientras Tommy se despertaba después de un sueño que podía haberlo conducido hacia una cueva en que la vuelta a la vida fuera un imposible. Sin embargo, Blackie debía morir para que Tommy regresara de nuevo, después de ver cómo intentaban animal y persona ingeniárselas, en diferentes secuencias fragmentadas ante un mismo sueño, como deshacerse de los fantasmas que los aprisionaban y no permitían un reposo y una calidad de vida inmejorable, los majestuosos ratones: una pesadilla proyectada dentro de una mente infantil, poseedora de diferentes alternativas y recursos para poder sobreproteger la vida que, en determinadas circunstancias, estaba quebrada por adversidades con desenlaces irreparables.

En la habitación Tommy abrazó a su madre diciéndole, casi titubeando, que se encontraba en perfectas condiciones y que Blackie estaba bien.

 –¿Cómo dices? –preguntó la madre –pero si ha muerto clínicamente. Los médicos le han hecho pruebas y su corazón ha dejado de latir.

 –lo sé –afirmó Tommy convencido –pero gracias a ese corazón sin vida ha podido concederme el privilegio de volver a empezar a vivir sin miedo, tristeza y desolación. Mi corazón late más que nunca al compás de una vida en la que los adversarios ya no me preocuparán jamás.

–¿Pero que estás diciendo? Katherine estaba alucinando.

–La vida es una rueda y este accidente me ha hecho comprender que a veces los corazones deben separarse temporalmente, para emprender sendas distintas que los conducirán finalmente hacia el mismo destino. Morir efímeramente me ha hecho volver a la tierra con vosotros, mi familia. Ha sido el más preciado regalo, un galardón que ya no merece desperdicio alguno.

Blackie, siempre en la memoria como un talismán bendito. “Gracias por querer vivir y morir a mi lado” –Piensa Tommy sobrio de energía.

 

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