REGRESO A LA MORADA
La enfermera que lo
curaba veía que los ojos de Tim estaban desvanecidos, casi abstraídos, aislados
dentro de un contexto firme, palpable, que no lo invitaba a continuar
expresándose. Bien al contrario, casi le suplicaba que se tranquilizara porque
él y su esposa estaban casi inmunes ante cualquier afección contraída por un
funesto accidente. ¿Y Tommy? ¿Cómo estará? ¿Y la mascota? –mascullaba Tim una y
otra vez. ¿Hay algún destello de esperanza, algún destello de bengala que pueda
estabilizar el dolor tan desgarrador que experimento?
–¡Sss! –respondía la
enfermera de guardia. No debe esforzarse a recordar ni confesar todo lo que
quiere recuperar o teme haber perdido. Lo importante es que ahora usted y su
esposa se repongan de este trance tan desolador.
Katherine en la habitación contigua era un mar
de lágrimas desconsolado, bravo, atropellador. Ella recordaba que su hijo había
presagiado un terminar en tragedia. Mientras conducían, el muchachillo
reclamaba prudencia cuando los fallos motores del vehículo comenzaban a
desentonar del normal funcionamiento.
La enfermera le
colocaba un vendaje compresivo a lo largo del cráneo frontal y occipital, ya
que varios trompazos durante el vuelco le provocaron el vertido de un sangrado
por el desprendimiento de algunos tejidos celulares. Ella lloraba y lloraba. Su
grado de consciencia estaba más logrado que el de Tim, ya que era capaz de
evocar detalles bastante precisos antes del escabroso accidente. Tommy no
paraba de repetir que tenía un presentimiento y nadie escuchó sus súplicas, sus
ruegos, los reclamos que hacía persistir para que el padre estacionara en el
arcén o en alguna posada cercana, con la intención de que el clima pudiera
restablecerse. La enfermera no daba demasiado crédito al relato de Katherine
porque consideraba que el shock podía haber provocado una percepción de la
realidad más sobresaltada de lo común. Intentaba alentarla diciéndole que su
marido también se repondría con eficacia probada. ¿y Tommy? Por Dios, ¿Alguien
puede decirme como se encuentra y dónde se lo han llevado? –no paraba de decir.
–Su hijo ha sido enviado a cuidados intensivos.
Presentaba hemorragias severas y contusiones que han ocasionado coagulación en
el riego sanguíneo. Un equipo especial lo están observando rigurosamente
mientras sigue conectado a una bombona de oxígeno y a un electroencefalograma.
–¿O sea que no podrá
despertar por sus propios medios? ¿me está diciendo que está en coma?
–Sí, pero ha tenido
la suerte dentro del traumatismo generado, de que hay una esperanza al final
del fatigante camino de que una respuesta positiva pueda producirse. Las
constantes vitales recorren el cuerpo a una baja frecuencia vibratoria, pero el
cerebro parece reactivo ante minúsculos estímulos.
Por lo que respecta
a Blackie, había sido extraído del recipiente que lo mantenía atrapado, pero, a
pesar de parecer físicamente íntegro, su cuerpo ya no pertenecía al mundo
físico. Un túnel lleno de sombras marchitadas había recorrido sin posibilidad
de recobramiento. El gato, sin lugar a dudas, se acordaba de cuánto le gustaba
trepar, subirse por las ramas hasta alcanzar la copa más alta de los árboles
con altitud y, sobre todo, perseguir a los ratones más sagaces y vivarachos.
Sin embargo, por otra parte, fuera del tiempo biológico en una vida ya
abandonada, se sentía temeroso frente a las presas más frágiles del planeta.
Los roedores parecían más bien un atenuante amenazador que no lo dejaban
descansar en paz. Todo parecía un sueño que lo arrastraba a revivir escenarios
en que él era la víctima más indefensa y raquítica de la tierra.
Tommy, en la unidad
de cuidados intensivos, estaba delirando y podía apreciar a Blackie, como si
hubiese quedado ensoñado, casi sumido en un delirio improcedente pero verídico
y demostrable. El cuerpo del muchachillo era como un frágil espejo en el cual
se reflejaba los temores más atenazadores de un felino con el que había
establecido una unión inseparable. Él podía ver como Blackie había abandonado
la esfera terrenal a la vez que podía sentir la inclinación, dentro de un
estado de coma profundo, que deseaba acompañarlo en el viaje hacia las
tinieblas de la armonía y la paz más acogedoras.
–Por el amor de Dios, llamen al cirujano
responsable de la posible intervención cerebral. Este muchacho está delirando,
seguramente porque sufre ataques epilépticos –aseguraba la enfermera de guardia
que lo atendía.
Dos enfermeras más
del equipo médico estaban en la habitación de Tommy escoltando al niño,
comprobando su pulso cardíaco además de mirar las ondas eléctricas que
desfilaban a través del aparato, que tenía conectado con electrodos en un
cerebro afectado por un impacto de shock accidental. De inmediato, se dieron
cuenta de que la reacción del chiquillo no era la apropiada y estaban
atribuyendo los ataques a un posible desajuste coronario que podía arrastrarlo
hacia una muerte súbita.
–Tommy, me oyes
–preguntaba Blackie desde el limbo con voz nauseabunda –debes despertar porque
tu misión en este mundo debe continuar sin mí. Te agradezco todo lo que has
hecho. Tú me has dado la fuerza para retar a las presas que ahora, después de
traspasar la frontera, se convierten en los predadores más temibles. Tú me has
acogido en tu lecho sin preguntarme, sin cuestionarme ni acusarme. Has sido mi
amigo incondicional y te pido disculpas por este eterno sueño, en que yo no
tenía valor para atacar a los ratones más desquiciados y brutalmente
devoradores
–¿Queee me está
pasando? Se preguntaba Tommy desde el otro lado de la frontera. Blackie me
habla de que todo ha sido imaginario y ha formado parte del proceso de vuelta a
la vida.
De repente, un
diálogo muy corto entre ellos determinó la recuperación casi inviable de Tommy:
–Blackie, debes
volver, eres mi aliado. Me has dado vigorosidad para estar tendido con vida en
esta camilla de hospital tan aborrecedora. No me dejes solo, te lo suplico.
Somos compatriotas, vivimos en un mismo condado y compartimos momentos
inolvidables.
El silencio volvió a
reinar la habitación mientras Tommy hablaba desde un plano totalmente
inconsciente. Un eco muy estridente señalaba el encogimiento del gato devorado
por el ratón más longevo del distrito de Nueva Maryland, la tierra del ensueño.
Tommy podía
visualizar cómo su mascota le cedía el trono para que despertase sin necesidad
de una operación urgente. Parecía que había un vínculo que unía el
animal con el zagal más valiente y heroico del momento. Los dos, desde una
dimensión muy abstracta, llegaron a un consenso para que Tommy pudiera
proseguir con su vida antes de querer marcharse de vacaciones a Nueva Maryland.
Dos meses han
transcurrido desde que los padres y Tommy fueran ingresados en Toronto.
Katherine y Tim se repusieron con facilidad, ya que las lesiones eran leves y
no dejaron secuelas en el organismo que pudieran impedir seguir con sus
quehaceres cotidianos. Cada día iban al hospital a ver a su hijo en la UCI, muy
entristecidos por la muerte de la mascota, Blackie.
Katherine estaba en
la habitación recostada en el respaldo de una silla, cuando Tommy con voz casi
de ultratumba, como amortecido se despertó y dijo susurrando sin poder ser
descifrada la frase pronunciada: “Gracias
Blackie, perdóname, te quiero, hasta siempre, tu amigo Tommy”.
Katherine se
despertó súbitamente ante la voz desencajada de su hijo y llamó a la enfermera
con una alegría renacida, después de un trance que parecía interminable.
Tim estaba en la
cafetería y volvió al pabellón con el desayuno que había ido a comprar para él
y su mujer. Cuando entró vio a Katherine con los ojos chispeantes y se alegró
del rostro esperanzador que emitía.
El médico acudió
mientras Tommy se despertaba después de un sueño que podía haberlo conducido
hacia una cueva en que la vuelta a la vida fuera un imposible. Sin embargo,
Blackie debía morir para que Tommy regresara de nuevo, después de ver cómo
intentaban animal y persona ingeniárselas, en diferentes secuencias
fragmentadas ante un mismo sueño, como deshacerse de los fantasmas que los
aprisionaban y no permitían un reposo y una calidad de vida inmejorable, los
majestuosos ratones: una pesadilla proyectada dentro de una mente infantil,
poseedora de diferentes alternativas y recursos para poder sobreproteger la
vida que, en determinadas circunstancias, estaba quebrada por adversidades con
desenlaces irreparables.
En la habitación
Tommy abrazó a su madre diciéndole, casi titubeando, que se encontraba en
perfectas condiciones y que Blackie estaba bien.
–¿Cómo dices? –preguntó la madre –pero si ha
muerto clínicamente. Los médicos le han hecho pruebas y su corazón ha dejado de
latir.
–lo sé –afirmó Tommy convencido –pero gracias a
ese corazón sin vida ha podido concederme el privilegio de volver a empezar a
vivir sin miedo, tristeza y desolación. Mi corazón late más que nunca al compás
de una vida en la que los adversarios ya no me preocuparán jamás.
–¿Pero que estás
diciendo? Katherine estaba alucinando.
–La vida es una
rueda y este accidente me ha hecho comprender que a veces los corazones deben
separarse temporalmente, para emprender sendas distintas que los conducirán
finalmente hacia el mismo destino. Morir efímeramente me ha hecho volver a la
tierra con vosotros, mi familia. Ha sido el más preciado regalo, un galardón
que ya no merece desperdicio alguno.
Blackie,
siempre en la memoria como un talismán bendito. “Gracias por querer vivir y
morir a mi lado” –Piensa Tommy sobrio de energía.
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