VÍNCULOS EN DISPERSIÓN
Los vehículos aéreos
acordonaban la zona. Los padres a la vez miraban el cielo lacrimoso, calcinado
por unas brumas que denotaban imponencia y una invisibilidad casi incalculable,
para divisar la llegada del equipo de refuerzos, que podía llevarlos de regreso
a Toronto y ser ingresados en una clínica de cuidados intensivos.
El proceso de
espera, no obstante, parecía eternizarse. Los motores de varios helicópteros cada
vez más estaban acercándose al núcleo en que los Johnson se habían estrellado y
se encontraban en un estado de salud denigrante, entorpecedor. La tempestad,
por su lado, se oponía a que los pilotos aéreos pudieran acertar con el lugar
exacto en el que Katherine y Tim, después de un despertar agitado y repentino,
alzaran las manos reclamando ser divisados con facilidad. Estaban completamente
empapados por una lluvia que se acompañaba de un granito compacto, condensado,
que sacudía con golpes cualquier superficie en el que el choque pudiese
acontecer. Después de que ya casi daban por perdido el rescate, el matrimonio
se percató de unas luces que iban emergiendo con intermitencia y casi deslumbraban
la mirada de los Johnson marchita, perdida, sin esperanza ni consuelo alguno.
La climatología, tan estremecedora, no permitía que la familia viera el
descenso de los helicópteros con demasiada claridad, aunque oían el retumbamiento
de un sonido que podía detectar la zona de estacionamiento que la pareja ocupaba.
Tres coches de rescate aterrizaron en la zona de aprisionamiento de los
Johnson.
–¡Aquí, aquí! Gritaba
Katherine sollozando, pero en realidad no hacía falta su voz ser identificada,
ya que los agentes habían monitorizado el área que cubría el despeñadero y,
gracias a los radares, sabían cuál era el punto concreto que los mantenía sin
ser salvados eficientemente. El alumbrado de los helicópteros hacía parpadeos
con la intención de dar respuesta de que ya habían visto la profundidad del desfiladero
que mantenía a las víctimas en vilo permanente. A pesar del viento tormentoso,
casi invasivo y acaparador y unas precipitaciones descaradas, impertinentes,
que denotaban indiscreción, enojo y exacerbación, los conductores pilotos por
fin aterrizaron en la zona que los Johnson habían quedado cercados, ante
cualquier posibilidad de escapatoria.
Fueron rescatados
uno por uno hasta ser puestos en libertad después de un atrapamiento, en
primera instancia, inevitable. Blackie seguía dormido. El agente quiso dar con
el hospital central de Toronto para que el chiquillo y mascota fueran
trasladados. Tommy salió del helicóptero, como un vagabundo sin asilo,
merodeando, deambulando en un espacio abierto que no le provocaba familiaridad.
Una camilla fue tendida delicadamente.
Arriba, en la
calzada, la ambulancia los esperaba para ser expuestos y regresados hacia la
unidad de cuidados intensivos. Katherine y Tim estaban débiles, pero no
presentaban síntomas de rotura ni malogramiento. Sus cuerpos no estaban despedazados,
a primera vista, irreversibles. Únicamente, sentían todo su envoltorio volátil,
flotante, inestable, inseguro. El impacto había dejado una opacidad visual, que
no permitía que unas chispas de lucidez mental pudieran protagonizar sus vidas
en aquellos instantes tan melodramáticos.
No obstante, sabían
que un accidente había seccionado el lazo común que los unía como una familia
ejemplar. Ya nunca podrían volver a sentirse héroes de una velada, en que las
lesiones o los posibles incidentes fatales dejaran de tener consecuencias
extremadamente caóticas. Los padres podían andar por sus propios medios, aunque
las pupilas parecían contraídas. Miraban vagamente hacia un horizonte nuboso,
acometido por una masa nebulosa que impedía que la perspectiva de los Johnson
adquiriese nitidez. La mirada ya no denotaba buenaventura...
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