MISTERIOSA APARICIÓN
El altar sigue desvestido, solamente hay guarnidos, ornamentos, una decoración sánscrita que resalta en exceso. Tommy ha subido el primer escalón. Poco a poco se acerca a la mesa en la que la copa más bonita que ha visto jamás galantea su visible guapura y brillantez. Tommy está frente a ella. La examina con unos ojos inquisitivos, juiciosos, escrutadores. Parece vacía. El fondo deja reflejar la cabeza del niño que asoma a mirar el interior del recipiente de bebida. Unos segundos escasos permiten una nueva aparición.
Una mantilla incolora empieza a dar un revuelo dentro de la copa que hace exhalar a Tommy con impulso. Se revuelca, hace torsiones, volteretas dentro de un espacio ridículo en proporciones. Parece una bailarina egipcia que actúa frente un imperio faraónico, en el que el cuerpo se somete a movimientos impetuosos. Es como si un despertar de madrugada provocara que la mantilla abriese las extremidades en señal de una salutación de buen recibimiento. Tommy, de pronto, ve cómo va creciendo, como si estuviese sometido a una escalada, en la que los brazos se alían para empujarse hacia el pico de una montaña escarpada. Tommy se ve obligado a retirarse a pocos centímetros porque, sin preverlo, la diva no identificada sale espitosa de la copa y se convierte en “una dama de alma pura”, sin complexión carnosa, sin una silueta materializada. “¡No puede ser! “exclama Tommy. “¿Quién es? “se pregunta. ¿Está viviendo nuevos capítulos de delirio, alucinatorios o está en realidad testificando un hecho que parece fabulado?
La realidad vuelve nuevamente a dejar recaer una solidez que no puede ser cuestionada. La veracidad de un fenómeno que, en un primer encuentro podría ser fantasmagórico, tiene un carácter realístico y confirmador ante los ojos de otros presentes. Tommy, a pesar de saber que está hundido en un sueño profundo, con imágenes muy definitorias, reconoce que todo el encadenado de experiencias tendrá un utilitarismo que no será desposeído. Además, cabe decir que el chiquillo está persuadido por cada contexto aparecido en el que debe llevar a cabo, con heroicidad y supremacía, acciones difíciles de afrontar en el día a día transcurrido.
Ahora tiene de frente una presencia que parece endiosada. La cara se va cristalizando, ya que se iguala al reflejo de una posada delante de un espejo. Tommy alza la cabecita, sintiendo cómo sus cervicales quedan cubiertas por el cráneo occipital. Estira todos los tendones para observar hacia arriba cómo la figura va adoptando una altitud que casi alcanza el domo de la catedral. Toda la mantilla se modifica, va consiguiendo un embalaje grueso como un felpudo. La cara de la dama está emergiendo bienestar, tiene una placidez que se asemeja al retrato de Mona Lisa de Da Vinci. Toda ella emana chispas de misterio, como si escondiera una serie de principios dogmáticos que deberían ser pronunciados. La mirada refleja aquella fragilidad, una sensación de rotura que queda reparada por una serenidad y un auto equilibrio que casi se contagian.
De momento, no habla. Tommy intenta no ser grosero ni adelantarse a ser el inductor de un diálogo que, quizás, no llegue a concederse entre ambos. El cuerpo no es osudo, a pesar de haberse engrosado y alargado desproporcionalmente. Solamente un rostro, que podría quedar perfectamente volatizado por esa imprecisión que deja resurgir, mira el niño de frente. Tommy nota como los efectos de una osadía, que antes no apreciaba, ahora están más encasillados, ya que tienen una etiqueta de consistencia de la cual nunca había tenido la percepción convincente...
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