TERRENOS ESTÉRILES
En Nueva Maryland,
tantas noches compartidas con la madre acunándolo, canturreándole nanas con una
voz que parecía una suave melodía pegadiza y durmiendo abrazado a diferentes
peluches inanimados, que honoraban la riqueza de la diversidad animal del
territorio, ahora ya son producto de un recuerdo obsoleto. La obscuridad, tan
invasora y penetrante, tan llena de indiferencia, provoca en Tommy la necesidad
de ubicarse en el escenario que pisa sin posibilidad de escape. Necesita con
urgencia un temporizador, un reloj o algo que lo induzca a identificar el ciclo
de vida que está acogiendo el paso del tiempo. Podrían ser las cuatro de la
madrugada o las seis de la tarde. En el fondo, que más daría si no fuera que
necesita fugarse de inmediato antes de que Majestad el Rey se percate.
Todos los animales,
criados en pleno bosque, ahora no tienen forma de continuar con su proceso de
supervivencia. Están enterrados en un muro que tiene un hormigón tan
consistente que sella el contacto con el mundo exterior. No pueden jadear ni
lanzar señales de queja porque se encuentran sublimes y blandos, igual que la
espuma caída de una cordillera enmascarada por cúspides de nieve. Tommy imagina
la situación y se desespera. ¿Cómo ha sido utilizado para ser boicoteado y
torturado en una soledad desconsolada y entristecedora? Ahora, sin embargo, los
papeles de interpretación quedan invertidos y vuelcan sobre el niño el
compromiso de sabotear el personal comandado por un monarca insultante, tosco y
severamente desalmado.
Casi sin
reflexionar, se decanta hacia la puerta e inclina la cabeza para asegurarse que
el corredor esté libre de control. Las principales cabezas de guardia parecen
entumecidas en el grosor de una noche expectante, que no despierta, pero
tampoco muere. Está simplemente en vilo permanente, como la galardona de todos
los sucesos que se avecinan; una noche que no late ni se inmuta ante el
sufrimiento más obsceno y tórrido. Esa noche Tommy la percibe como el final de
una paciencia que antes parecía enarbolada; una noche que determinará el
destino dentro de una encrucijada, en la que el gato y el muchachillo pretenden
reavivar una población, dirigida hacia el olvido más penoso. Tommy desea
fervorosamente padecer narcolepsia para tener la oportunidad de contactar con
el Olimpo y entablar conversación con Venus. No obstante, se siente más
despierto que nunca, reanimado, vívido, imponente. Pero la ignorancia de un
tiempo que ya no parece rítmico, acompasado, que avance sin detención lo tiene
enloquecido, casi desquiciado.
Como por impulso
inconsciente, se acerca a la pared que separa las dos celdas. Pega el oído
contra el barrido de pintura, casi desteñida por el óxido y la humedad del
recinto, y capta los ronquidos de Blackie. No puede verlo, pero, a pesar de
ello, sabe que se encuentra en una fase en que el sueño lo empuja a abandonar
el control de una vida ya caducada. Los suspiros, en cambio, invocan una
liberación que la obscuridad, tan tenebrosa, no permite divisar. Se suceden
lapsus marcados por respiraciones que se interrumpen, se agitan y se
ralentizan. El felino se encuentra en un estado de estabilidad mientras Tommy promulga
las palabras mágicas con timidez.
El niño comienza el
proceso a pesar de estar sacudido por extraños temores que lo proyectan hacia
una muerte física. Los roedores no se compadecen ante nadie y cualquier
conducta que alborote la plantilla de vigilantes puede ser objeto de ejecución
en cadena. Por dicho motivo, la falta de cautela no puede traicionarlo.
Necesita respirar y concentrarse en las palabras que la Diosa le ofreció para
huir de un subterráneo mugriento, un lugar sin vida per con vidas que necesitan
de Blackie para reestructurar un hábitat que ha quedado arrasado, excluido de
un mundo rico en naciones, estados, poblaciones, distritos, contados y países
que engloban los cinco continentes.
Tommy, con toda la entrega posible, sigue lanzando las palabras que caracterizan poderío y maestría. Blackie, como si estuviera conectado a un marcapasos, tiene alteraciones en su corazón. El niño puede sentirlo. Animal y humano están dentro de una sincronía sensorial que es inevitable para la misión consumada a corto plazo...
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