TÍMIDO FULGOR
Mientras tanto, el
Rey del ejército de roedores de Nueva Maryland descubre el forzado de dos
puertas que suponían el encarcelamiento de Blackie y Tommy. Furioso, casi
salido de su asombro se pone en contacto con el Consejo Superior de Vigilancia.
Los dos guardianes de la planta debían haber controlado la fuga de los presos
tan inexplicable. El guardia de seguridad no sabe qué responder:
–No lo entiendo. Las
rejas estaban blindadas y sólo podían tener acceso a la abertura con un código
de seguridad que estaba habilitado por el puesto de control informático, en el que
únicamente las cámaras pueden ver la salida de cualquier penitenciario.
–Entonces, ¿Cómo se
explica esto? ¡Maldita sea Dios! Hemos perdido una pista crucial para acabar
con el felino que tiene el comando para seguir con la cadena de reproducción de
entes de la fauna salvaje, entes galantes y repulsivamente superiores en fuerza
para aplicar el proceso predatorio.
–No perdamos el norte –dice el vigilante
roedor joven –tiene que haber una manera de encontrar su posada.
–Ninguna, no hay ninguna –dice el Rey –Nueva
Maryland no tiene estructura territorial. Se ha extinguido por una explosión
masiva. La única explicación que puede tener cabida es que hayan emigrado.
Seguramente, están a varias millas de Canadá.
–Puede, pero debemos asegurarnos de que no
hayan revelado nuestras intenciones. El gato es muy cobarde pero astuto. Quizás
haya hallado coraje suficiente para trepar hasta llegar a un área protegida
–comenta el guardián mayor.
El Rey está
prácticamente sulfurado. Un radiotransmisor que lleva conectado en la parte del
pecho con audífonos para contactar con la central policial es utilizado. Por
mala suerte, él tiene dificultades para activar la sintonización, ya que parece
que la terminal no está disponible.
–¿Alguien puede
oírme? ¿Dónde os encontráis? El Jefe de Comisaria debería recoger las llamadas
salientes y tenerlas almacenadas en el servidor que pueda hacer posible una conexión
a distancia –se queja el Rey.
Repite la jugada de
nuevo. Casi sin esperarlo, después de pulsar varias veces el botón de encendido
y el propulsor que sirve para desviar llamadas, una voz muy entrecortada
contesta:
–¿Con quién hablo?
–dice el roedor que encabeza el Ministerio de Justicia.
–Necesito que me contacte con dos agentes –el
Rey responde –es una situación urgente, de vida o muerte.
–Los agentes están
decididos a dimitir en funciones. Alegan que el mocoso y su mascota han huido
por algún motivo que sobrepasa la razón.
–¿Quée? –vocifera el Rey –no pueden declararse
inactivos ni estar en huelga permanente en el cargo que yo les asigné. Son mi
escolta, la representación máxima de autoridad para agotar todas las supuestas
probabilidades de escape de dos presos para hacernos con el condado.
–Majestad, necesito que me autorice una orden
de búsqueda y captura por distintas localidades del país. El problema se
prolonga por el mero hecho de que necesitamos un localizador que esté
programado digitalmente para que pueda leer las millas en distancia real. En
caso contrario, no hay forma de rastrear los movimientos de los prófugos.
–Por supuesto que la autorizo. Es más, exijo
de inmediato que el Departamento Policial se incorpore de nuevo para que la misión
se vea totalmente realizada. Ahora no pueden abandonar.
–Está bien. No perdamos los estribos. La
situación es compleja porque muy seguro el felino se ha servido de los poderes
otorgados por Urano para hacer un recorrido difícil de seguir en un entorno
terrestre.
–Haga lo que quiera –contesta el Rey –usted es
la máxima fuerza que sigue un ordenamiento judicial normalmente protocolario.
Pero ahora el protocolo debe ser quebrantado. No podemos acatar con las normas,
ya que ellos han roto todos los esquemas de convencionalidad para desaparecer
inminentemente sin ser vistos a través de nuestra oficina computarizada.
–El plazo de estancia en la cárcel se ha
agotado –responde el juez –yo apliqué una sentencia para que fuesen raptados,
detenidos y puestos en prisión provisional hasta ser definitivamente liquidados
y han burlado un sistema, de antemano, muy bien implantado.
–Un momento –señala
Majestad el Rey –el director de este penitenciario es el Alcaide. Él debe
encargarse de perseguir a los fugitivos con un proceso de investigación llevado
a cabo. ¿Y dónde se encuentra? Hace unos días que no acude a las reuniones de
nuestro Consejo Superior de Justicia, no participa ni comparece frente a
ninguna incidencia que afecta el servicio que ofrecemos a los retenidos.
Debería estar aquí y acompañarnos en este enredona. Están brollando muchos
enigmas que hacen que me estremezca de enojo y exasperación.
El Alcaide, por su
parte, está a punto de presenciar el combate letal entre dos fuerzas
endemoniadas. Las espadas adoptan una forma secante. Parece que se cruzan
dibujando con el puntero una especie de constelación estelar. El Rey Midas sabe
que está presenciando una lucha, en el fondo, bautizada por Urano, su
instructor.
Suena muy paradójico,
pero, a medida que Ares y Tánatos están peleando para ganar un triunfo
guerrillero, Urano está concentrando la fuerza para que la vida venza a la
muerte...
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