viernes, 15 de mayo de 2026

EXPECTACIÓN


 

EXPECTACIÓN


Las estrellas, en civilizaciones antiguas, anunciaban nuevos nacimientos, nuevos estrenos, buenos augurios y una cadena de sucesos renovados y bien restaurados. Los trazos en el cielo, que solamente se aprecian por una visión casi virtual, en muchas épocas históricas, eran la senda que delimitaba el futuro incierto y el presente infinito; un conjunto de experiencia sucedidas, avenidas y atadas por un fin particular; un resultado caracterizado por la alegría y la tristeza, el triunfo o la derrota, el éxito o el fracaso.

Las entidades pugnantes se fusionan en tamaño y se igualan en fuerza torrencial. La llave, sin embargo, realiza el ritual de procurar reforzar a Zoe, escondida en un compartimento empotrado, recobrar el atrevimiento de Blackie y hacer brillar el renacer de vidas encorsetadas, prensadas, ceñidas por un dolor innecesario, como toda la fauna y habitantes humanos de Nueva Maryland.

Mientras los luchadores, con cuerpos deformes y blandurrios gimen cuando se atacan con las afiladas espadas, la lluvia de estrellas en la habitación sobreexcede el porcentaje de la normalidad. La lámpara desprende fogonazos, que tenderán seguramente a fundirla. De momento, no obstante, las estrellas comienzan, como un mosaico de purpurina, a rodear a los presentes.

La llave se vuelve sobrepasada de anchura. Va cambiando de forma a medida que las estrellas se van ensanchando y concentrando en las esquinas, los vértices que unen pared y techo. Ares y Tánatos enrojecen de aspecto. Sus cerebros, abultados, arden y estallan como calderas en el purgatorio infernal. Zoe presencia mentalmente todos los movimientos de los Dioses letales. Está pasmada por un pavor desbocado, pero al mismo tiempo fortalecida. Tiene la corazonada que Tánatos acabará liquidado porque su respiración empieza a normalizarse. Quizás es una farsa, quizás es una jugada engañosa que el cerebro procura proyectar, aunque lo que está claro es que siente los bronquios liberados de congestión. El armario es compacto y la deja encasillada, prácticamente inamovible. No obstante, como si una taladradora estuviese construyendo perforaciones en diferentes regiones de la puerta, un filtrado de luces desordenadas invade a Zoe. La llave no para de agrandar el tamaño, originalmente mediano. Ahora parece un árbitro que está regulando cada golpe de espada que se exhibe sin piedad en el área de combate.

Blackie está desconcertado pero esperanzado. Los cuerpos de los Dioses no cesan de deformarse. Da la falsa impresión que pudieran caer rendidos, casi malheridos y desangrados después de múltiples punzadas con el filo de unas espadas temerarias. Las cabezas están chocando frontalmente. El lóbulo delantero va adoptando una protuberancia espectacularmente destacable. Parecen dos boxeadores que en el rin están paralizados, con los cráneos rozándose para pensar en la maniobra final, que derrotará al contrincante más débil y desprevenido.

La llave sigue vigilante, moderando la lucha abierta sin oponerse ni abstenerse a participar. Como una figura testimonial, parece que haya adoptado cualidades humanas, en las que la capacidad de observación y dirección de esta batalla fatigante, jadeante y susceptible a conllevar una dosis de sufrimiento queda vigente, sin intención de menguar...


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