EXPECTACIÓN
Las estrellas, en
civilizaciones antiguas, anunciaban nuevos nacimientos, nuevos estrenos, buenos
augurios y una cadena de sucesos renovados y bien restaurados. Los trazos en el
cielo, que solamente se aprecian por una visión casi virtual, en muchas épocas
históricas, eran la senda que delimitaba el futuro incierto y el presente
infinito; un conjunto de experiencia sucedidas, avenidas y atadas por un fin
particular; un resultado caracterizado por la alegría y la tristeza, el triunfo
o la derrota, el éxito o el fracaso.
Las entidades
pugnantes se fusionan en tamaño y se igualan en fuerza torrencial. La llave,
sin embargo, realiza el ritual de procurar reforzar a Zoe, escondida en un
compartimento empotrado, recobrar el atrevimiento de Blackie y hacer brillar el
renacer de vidas encorsetadas, prensadas, ceñidas por un dolor innecesario,
como toda la fauna y habitantes humanos de Nueva Maryland.
Mientras los
luchadores, con cuerpos deformes y blandurrios gimen cuando se atacan con las
afiladas espadas, la lluvia de estrellas en la habitación sobreexcede el
porcentaje de la normalidad. La lámpara desprende fogonazos, que tenderán seguramente
a fundirla. De momento, no obstante, las estrellas comienzan, como un mosaico
de purpurina, a rodear a los presentes.
La llave se vuelve
sobrepasada de anchura. Va cambiando de forma a medida que las estrellas se van
ensanchando y concentrando en las esquinas, los vértices que unen pared y
techo. Ares y Tánatos enrojecen de aspecto. Sus cerebros, abultados, arden y
estallan como calderas en el purgatorio infernal. Zoe presencia mentalmente
todos los movimientos de los Dioses letales. Está pasmada por un pavor desbocado,
pero al mismo tiempo fortalecida. Tiene la corazonada que Tánatos acabará
liquidado porque su respiración empieza a normalizarse. Quizás es una farsa,
quizás es una jugada engañosa que el cerebro procura proyectar, aunque lo que
está claro es que siente los bronquios liberados de congestión. El armario es
compacto y la deja encasillada, prácticamente inamovible. No obstante, como si
una taladradora estuviese construyendo perforaciones en diferentes regiones de
la puerta, un filtrado de luces desordenadas invade a Zoe. La llave no para de
agrandar el tamaño, originalmente mediano. Ahora parece un árbitro que está
regulando cada golpe de espada que se exhibe sin piedad en el área de combate.
Blackie está
desconcertado pero esperanzado. Los cuerpos de los Dioses no cesan de
deformarse. Da la falsa impresión que pudieran caer rendidos, casi malheridos y
desangrados después de múltiples punzadas con el filo de unas espadas
temerarias. Las cabezas están chocando frontalmente. El lóbulo delantero va
adoptando una protuberancia espectacularmente destacable. Parecen dos
boxeadores que en el rin están paralizados, con los cráneos rozándose para
pensar en la maniobra final, que derrotará al contrincante más débil y
desprevenido.
La llave sigue vigilante,
moderando la lucha abierta sin oponerse ni abstenerse a participar. Como una
figura testimonial, parece que haya adoptado cualidades humanas, en las que la
capacidad de observación y dirección de esta batalla fatigante, jadeante y
susceptible a conllevar una dosis de sufrimiento queda vigente, sin intención
de menguar...
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