viernes, 15 de mayo de 2026

VIAJES REPTILIANOS


 VIAJES REPTILIANOS


Con imágenes siempre bajo un proceso de retroceso y avance, el niño se encuentra en un jardín completamente purificado con un bastón en la mano. En aquel momento piensa en la tierra prometida, Jerusalén, en que Moisés, el redentor más influido por los mandamientos de un Jesucristo condenado a una crucifixión inevitable, quería guiar a sus seguidores desde el Monte Sinaí a vivir una vida placentera, libre de procesos dolorosos y turbadores. Dicho bastón está bien apretado por las manos de Tommy que, al repiquetear de manera ociosa e inmotivada, un pulsador sobresale para transformarse en una especie de cobra peluda que hace de perro guía. Las huellas dactilares, que quedan en el instrumento de sujeción, son el punto de enclave para dar lugar a una criatura amorfa. 

La metamorfosis, en cambio, es totalmente probada y tiene una utilidad que parece un llamamiento para revelar algo que transciende de la razón y puede salvar un destino, cortado por un final mortal. El instrumento decide comportarse como un rastreador que resigue, con una nariz pegada al suelo, el trayecto de algún ser implicado en operaciones criminales, tráfico de drogas, contrabando o secuestros organizados por mafias bien estructuradas.

Es sorprendente que hechos que han quedado impresos en la memoria histórica, concretamente la que referencia a muchos mesías, bien preparados para corregir y provocar una rectificación ante un caos mundial, se está volviendo a producir después de milenios. ¿Quién es Tommy? ¿Por qué ahora debe atribuir un cargo de explorador de tierras que parecen estar afectadas por una migración social? Un éxodo generalizado que ha vaciado y convertido en soledad y esterilidad pueblos, en que la constitución de nuevas fuentes de progreso ya no puede contemplarse. 

Mientras estas preguntas se funden en su mente sigue los pasos de un objeto que se ha animado en una especie de esfinge; un perfil global de reptil con la superficie tan velluda como un perro labrador que presta sus ojos ante una ceguera sensorial. Se desliza como un niño bajando por un tobogán. La velocidad es colosal, ya que la criatura parece querer conducir a Tommy hacia un infinito, en el que podrá entender el porqué de ese sueño tan inexplicable. De momento, la serpiente, con un vello muy erecto, continua su marcha por un camino lleno de charcos en los que sapos, ranas y salamandras chapuzan y se enjuagan la piel en un agua amarronada por los poros de una arena polvorienta.  Todo lo que se puede ver durante el recorrido son jardines botánicos con una extensión majestuosa; plantas remolonas que parecen sonreír durante el marchar al ser expuestas a un roce inevitable. Tommy las toca sin querer y todas las flores parecen abanicarlo con un balanceo placentero.

El valle sigue despojado de cabañas, chozas o casuchas. El único lugar que el niño recuerda más definido es el caserón, en el que intentó acceder por una obscuridad impulsiva a descubrir habitantes humanos. Ahora, pero, sólo tiene un guía que está siendo persistente frente a su caminar. El muchacho cierra los ojos, aprieta las sienes y frunce el entrecejo, ya que no puede mirar con claridad el paradero que lo envuelve como si fuera un papel de regalo.  Prefiere dejarse seducir por esa esfinge que no rechista, que no se expresa ni emite ninguna señal que pueda ser captada de manera acústica. En la más temible obscuridad, con la duda de poder estrellarse, obedece sumiso a esa fuerza de apoyo que ha transformado su imagen de origen. A oscuras, parece más sencillo avanzar. 

Como un platillo volante, Tommy siente que despega el cuerpo de un suelo encharcado y revestido de arena arcillosa. Su corazón está notando un vacío que lo emblandece, lo ahueca y le transmite la impresión de estar abalanzado hacia un barranco que tiene un hundimiento temerario, de tal profundidad que los latidos acabarán siendo víctimas de un ataque...

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