EL HADA ENCANTADA
Bellos atuendos
en mi cintura lucen;
brillantinas en mi rostro
presumen de encanto.
Lazos de amistad
acompañan mi velada.
Siento un pálpito fuerte,
un corazón sonriente
que me deja anonadada.
La fiesta celebra su victoria;
un disfraz se exhibe radiante.
Mi amiga y yo,
cogidas de la mano,
reinamos en el estrado del hogar
como diosas de un reino soberano.
Alzó la varita mágica;
un velo camufla la cabeza,
un vestido se despliega a los pies.
Olvidamos las penas,
el peso del antes y del después.
Como niña me siento triunfal;
las preocupaciones se arrinconan.
Un carnaval de pueriles estrellas
desfila ante mis ojos,
abriendo paso
a la divinidad mágica,
de un par de centellas.
Las quimeras parecen posibles;
los encantamientos cumplen su ley.
Almas gemelas se funden
como hadas pletóricas
que tararean el estribillo
de una pegadiza canción.
Rituales nos acogen,
unen lazos de por vida.
Nos recreamos en el hechizo hasta que la
magia,
rendida, se desploma.
Un surrealismo subyacente
se despierta de esos sueños
que el espíritu realza y sostiene.
Quizás el embrujo de las hadas
se aleje de madrugada
hacia lugares recónditos;
quizás una identidad disfrazada
parta hacia nuevos destinos.
Pero los recuerdos de una infancia sagrada
quedarán precintados,
en mi memoria prístina,
como destellos que, con furor,
avivan las imágenes
de una inocencia
indeleble y consagrada.
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